Wednesday, April 26, 2017

¡Viva Zapata!

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Bolivia ha roto con el mito que creara un gran campesino, que, a su vez y dado el conflicto armado, fue también general. Lo recuerdan los corridos, lo cantan los ciegos en Cuautla, y parecía que eterna sería la gloria y que el ¡viva Zapata! jamás tendría posibilidad de confundirse.

Eso hasta que aparecieron unos businessman chinos convocados por Evaristo Morales, profeta inmoral y avariento esperpento de los Andes antiguos. Adonde van los chinos es porque hay dinero, y fácil. El presidente tiene tantos palos blancos que parece ya un álamo real (apenas se ven las florecillas en copo que caen y que hacen que en el hemisferio norte se los llame “árboles de algodón”). Pues, ese algodón es la única presencia de la fronda inmensa y retorcida. No aparece la savia. Si Evo, o Bem Amado, ha superado ya la lista de los 100 mayores millonarios del mundo no lo sabemos. Fidel murió con 900 millones, este, que está y es más vivo, lo superará con creces.

The Guardian, el excelente periódico británico que sin embargo es renuente de poner culpas sobre los autócratas latinoamericanos, describió el affaire Gabriela Zapata/Evo Morales como “A real-life telenovela of sex, lies and paternity.” Describámosla en general porque el escándalo tiene tanta popularidad como la Virgen de Urkupiña o al menos la de Cotoca. Este asunto de la parición sin contacto, privativo otrora de las santas de la iglesia, se hizo carne de nuevo en esta tierra de milagros, bendecida, según otra Gabrielita famosa, por la presencia del líder bajacalzones: Evaristo I de Orinoca, señor de Andamarca y de los Carangas todos.

Gabriela Zapata, dicen que entonces menor de edad, cayó bajo el hechizo irresistible del Can Mutante, el diablo en términos medievales, Evo en contemporáneo. Se embarazó, parió, asegura ahora que fue amante de chino y no sabemos a ciencia cierta si parió chino o achinado. Da igual, porque el engendro que en un momento dado incluso ya iba a la escuela, desapareció. Murió, no murió, nonato, neonato, en la primaria con mochilita de cuero y pantalones cortos, etcétera, etcétera. Hasta tiró unas lágrimas el presidente y esas valen como perlas de rocío. Hoy se involucraron todos, Doria Medina, los periodistas que hablaron de más huyen para evitar la cárcel. Grave asunto de mucho dinero, 600, afirman, en millones verdes y quién sabe qué más. Los chinos se mimetizaron con otros chinos y encontrar un chino entre chinos supera astucia y oficio, sin ánimo racista de decir que entre ellos se parecen sin ser bienparecidos. Resulta que en el fondo no hay nada. Circo romano de Alasitas. Se la detuvo, aparecieron fotos de la muchacha semidesnuda, otras como gran cortesana en ambientes kitsch como suelen utilizar nuevos ricos, narcos y demás ignorantes. ¿El pueblo boliviano? Bien gracias. La clase media escandalizada del tupé de la “imilla” porque la raza no puede faltar en la discusión boliviana y crecer, así sea trepando, no puede superar las diferencias de clase y color. Según las damas ya no hay respeto, como si eso importara en un universo local que ha decaído y muere sin esplendor.

Siempre pensé que Virgo era mujer, pero, escuchando a ministros, diputados, acólitos y alcohólicos del proceso de cambio, se diría evidente que Evo no tuvo coito con la señorita. Lo tuvo pero no en la manera formal y pecaminoso-deliciosa a la que estamos acostumbrados. Fue más bien casi divino, un haz de luz que se filtra en la entrepierna y listo. Si chino o achinado el resultado, no hay confirmación, si lo hubo. Se pidieron pruebas, adeenes como si se pudiese investigar fantasmas; mientras tanto el dinero se esfumó, tal vez la sacerdotisa Achacollo, hábil en prestidigitación, tomó parte activa por experiencia. Quedamos en la solitud del yermo donde los que pueden hacen lo que quieren y se reeligen sin fin. Que habrá otros niños, que los hay, que la Primera Verga dispara o carga fogueo será algo que dirima la historia. Por ahora es literatura y fiesta de chivo. ¡Qué viva Zapata!

20/04/17

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Publicado en ADELANTE BOLIVIA, 04/2017

Fotografía: David Mercado-Reuters

Tuesday, April 25, 2017

La aberración revolucionaria/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hace mucho que esta retórica de la revolución debía haberse perdido, en los términos en que se creó en el siglo XX latinoamericano. Vimos México engullido con sus muertos. Carlos Fuentes supo ponerlo en ficción: la transformación del arado en el oro de las finanzas, no para todos. Igual sucedió en Rusia donde hoy los nuevos Romanov no son los príncipes de sangre que por ahí arañan ancianas “glorias”, sino los descendientes de aquellos que sobrevivieron a Stalin, que crecieron a su sombra, además. Así se fundó la nueva aristocracia rusa. China, ni qué decirlo. El mar de sangre de las fatídicas guerra y revolución cultural se redujo a Ferraris de cien mil dólares para los hijos de la nomenklatura comunista. Aun así el pueblo cree, el que calza zapatos normales o no tiene para comprarlos. Sueña, sueña con los líderes que iluminen el camino; hay algo estúpidamente religioso en ello. La búsqueda del macho alfa, el eterno retorno a la animalidad de cópula salvaje y dominio por la fuerza. En vano la poesía, el arte, pinceles y tinta y música e imágenes. Pasto solo para irredentos, individualistas, locos y criminales.

Hoy Donald Trump  es la imagen perfecta del “comunismo”, líder de los trabajadores, pastor que guía el rebaño, flautista de Hamelin. Comunista porque el vocablo carece ya de explicación coherente como para catalogarlo de importante. Comunista es cualquiera, desde el orate de Corea del Norte a los billonarios chinos, desde el voluminoso tonto Maduro hasta los narcos bolivianos, y, claro, Putin y Marine Le Pen. Cómo se revolcarán en la tumba los tontos útiles. Si hubiéramos sabido que el dolor serviría para encumbrar riqueza personal y aristocracia, mejor nos quedábamos como estábamos. Los pelados en México siguen siendo pelados y emigran al norte, y los pelones, pelones, aunque en Zacatecas se vistieran por corto período de tiempo de mujeres para escapar la ira popular.

Diosdado Cabello es el heredero de Marx, miren hasta dónde hemos caído, y el sietemesino Ortega el nuevo Emiliano. Hora del tango de Discépolo, del Cambalache que debiera ser himno universal. Si hasta el verdugo-cornudo Perón, seguido de las crías kirchneristas, se convirtió en rosario de la rebelión. Cuando en la masacre argentina asesinaron a Rucci, que merecía morir igual que López Rega, no nos imaginábamos que se moldeaban en yeso otros santos. Hasta la señora Hebe, de las Madres de Mayo que quisimos muchos, le halló la vuelta al negocio de los mártires, sus hijos en este caso.

Que Nicolás Maduro fuera chofer de bus no viene al caso, o que homosexual, tampoco. Detalles que no interesan, ni si Chávez fue su amante, pero sí que eran socios del más rentable negocio del mundo junto a la droga, el poder. Resulta que hoy Caracas, llena de protestas, incluso desde los riscos de los barrios pobres, clama porque se vaya, y algunos porque se lo cuelgue de un palo alto, muy alto, sin pensar que su desaparición tampoco traerá bonanza sino un cambio de mando y un traspaso del dinero. La recua engorda al amo, no cabe duda, y los pueblos marchan como asnos coloreados ante el silbido capataz. Nada se puede hacer, porque el individualismo ha perecido, es tan nimio que no cuenta. El alma tribal se impone, lo gregario cuenta como lo único posible. Hasta en un país llamado Estados Unidos que se preciaba de su individualidad, la gente marcha al son de los pífanos de un orangután violento y vulgar.

Encender el televisor trae un trillado novelón de encendida retórica y falsedades, perfecto para la chusma, mísera o adinerada, que gusta seguir por detrás, pegado a la cola, el olor almizclado de las esencias gástricas del profeta de turno. Animales.
24/04/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 25/04/2017


Imagen: Saludem el nou Líder Mundial del Proletariat! (Rumania)

Sunday, April 23, 2017

Novela que se escribe de noche

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

No puedo decir qué es, ni qué se llama, o por dónde va, pero que no viene de la pestaña sino de ojos bien abiertos, acostumbrados por décadas a luces de neón, de helio, blancas, verdes, naranjas, de foco de 25W afuera en sillpancheras ya muertas en el Kullku o rojos de mancebía atolondrada y varia.

Que la escribo, lo único, y con dificultad, no porque no tenga memoria ni voz ni sobre todo oídos, sino porque nos guían los relojes, los que encierran la noche (que debiera ser eterna) en algunas horas breves, no suficientes para imaginar y convertir en reales los mundos que aprehendo.

Y la lengua, objeto animado y voraz, caníbal que no respeta reglas ni academias, que vive y husmea sin fatiga como las escondidas musarañas. Cuando creí dominar un idioma supe al primer día que había fracasado. Nada está dicho, por escrito que esté, y menos santificado; lengua, idioma, jerga, variantes, orígenes, desviaciones, neologismos, arcaísmos. Leo a un admirado amigo que dice que nos pasamos repitiendo, reescribiendo lo ya trillado, tal vez lo único que tuvimos que decir. Pero, y esto en calidad de emigrante/inmigrante, descubro que no, lo que me alivia, porque lo peor, creo, sería cansarse de uno mismo. De la mujer, quizá, pero inventaron la expresión “amor” cuyas connotaciones esotéricas maldicen a los creyentes que desoyen los gritos de lealtad. Se comete falsía, se es infiel, y luego de retorno a la redada, al gremio de los cariacontecidos, los buenos y los tontos. Quizá los afortunados. Pero en cuanto al habla, luego alumbrada en escritura, es la geografía la que mortifica, al revés del cansancio, de no tener tiempo para captar sutilezas y sinuosidades, averías y desdenes que nos renovarían por siempre y para siempre. La clepsidra se vuelca a principio y fin, pero solo para lo efímero y carnal que somos, para el lomo y muslo animal que poseemos a pesar de cualquier pretensión. La de escribientes, verbigracia.

¿A qué va esto? A que luego de más de treinta años de hacer borrones, manipulando un escueto número de miles de vocablos, matizándolos con emociones a veces afortunadas o jodiendo la palabra con jerigonzas, me gusta advertir que cada página me está costando una noche, un precio muy caro si retornamos al asunto de la escasez y de la luz que mata vampiros; es posible que con tanta muerte salga un engendro jugoso que valga pizca más que los treinta denarios del Cristo. Lo vamos a saber, un día, si los búhos gigantescos que pueblan las ramas de la ciudad de Centennial no secuestran los ánimos y los destrozan como a ratones, o me ahogue yo en el dique penumbral por el que atravieso manejando el auto a velocidad dado lo invisible que soy, y que me siento entonces.

Hay un dolor que supera el crujir de las rodillas de cincuenta años, lo cegato de estos anteojos comprados en Walmart a dos dólares, y es saber que tienes a mano una pepita de oro, un carbón dicho diamante y que quizá no tengas la destreza de manejarlo, de pulir aristas y añadir quilates. Hay que intentarlo, sin embargo, con las limitaciones de tu talento, felizmente sin ninguna (¡vade retro!) ofuscación de fama y por encima de la ruidosa manifestación de los relojes. Al menos no hay campanas de iglesia que suenen en estos pueblos infieles, aunque… a decir verdad, me encantaba esperar el mediodía en la vieja plaza 14 de Septiembre, no la nueva, y escuchar las campanadas de la Compañía. Recuerdo, tengo que registrarlo, en el magnífico Los ríos profundos, el ronco tintinar de la María Angola…

Pues heme de nuevo sentado en silla africana de madera parda, acomodando hojas, cuartillas, servilletas y listas de compras con notas que vienen al caso de producir una novela. Más fácil me sería hacer cine, que las imágenes quitan el desasosiego de querer explicar sin posibilidad de hacerlo. Igual con los colores, porque cómo describo sin acuarela el paso de la sombra total a un sepia con tintes amarillos y naranjas sin ton ni son. No hay cine, cámara, o Ava Gardner; tendré que conformarme con lo prosaico del diecisiete de abril del año diecisiete, con el café con leche enfriado y una dura mitad de galleta con chocolate chips.

La luz interior del Honda parpadea, la batería muere a las doscientas mil millas. El resto de la página lo escribo a oscuras, con letras grandes según corresponde a la grafía de un novel analfabeto.
04/20/17

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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 23/04/2017

Tuesday, April 18, 2017

Las veleidades del vicepresidente/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

¡No debatiré con uno sino con todos!, afirma desafiante Álvaro García. Si los designados contendientes, posibles candidatos para una posible instancia electoral, temen no sé si lo harán bien. Resulta que se creó en Bolivia el mito del vice sabio, con veintena de miles de volúmenes leídos en sus extensas espaldas de estegosaurio, aquel monstruo de púas alargadas y pequeña cabeza, pero… este bicho era herbívoro y GL tiene fama de antropófago. Será entonces híbrido pero no muy difícil de sobrellevar. Ánimo.

Qué oportunidad, me digo, para que los imputados, porque el solo hecho de cuestionar los condena, masacren en buen y limpio sentido al filósofo del siglo XXI, lazarillo de la revolución y posible candidato a beato. Hay que partir del punto que enfrente no estará Baruch Spinoza, que el racionalismo garcilinerista está forjado en glosas, tallado en citas ajenas y escaso en razón. Basta seguir con ni siquiera rigurosa pulcritud las declaraciones hechas a lo largo de estos años. Que el hombre intenta “culturizarse” es posible, incluso que en medio de devaneos logre algún orden matemático en sus ideas que lo empuje de cuando en cuando a ciertos logros, también. Pero, no nos engañemos, aquello que brilla en Bolivia puede en general carecer de lustre, porque la invención, el mito, el embuste a los que nos hemos acostumbrado han usurpado el rincón de lo real. Pululan por las oficinas y los partidos, no solo el presente y actual sino de antiguo, recuas que se imaginan ilustradas y cuyas togas apenas sirven para limpiar desechos esparcidos por la calle. Hasta tenemos caporales mayores en diputados que juran y rejuran haber nacido inteligentes cuando en el espejo reflejan crudos rostros de pollino.

Pues, ventaja, y en montón, para sacrificar en aras de una manoseada verdad el mito vicepresidencial. Dudo que el señor se exponga; por lo general los burgueses de su clase, de banqueros, usureros y demás, evitan el estrado cuando les es desfavorable. Pero, supongamos que sí, entonces a agarrar el mazo, tan alabado y usado por Diosdado Cabello en el narcoestado venezolano y utilizarlo de manera metafórica en hacer añicos la dulce imagen del político de marras, que de querubín se presenta a ratos y de doctor Mengele las más.

Leo que está dispuesto a debatir a los otros señores, que no alabo porque desconozco y a otros porque conozco bien, en un amplio rango de conocimiento, de la matemática a la literatura, que si seguimos los pasos de Dostoievski, Sábato y otros, no están tan peleadas entre sí. Excelente, nos hace falta algo de espíritu renacentista o, si no vamos tan lejos, al menos victoriano en la senda de Richard Francis Burton.

En cuanto a lo literario poco sé de las actividades líricas del increpado, solo de una hace poco apología del matrimonio (por el estilo) que haría que Paul Celan se arrojase de nuevo, y de cabeza, en el Sena; hasta ese extremo. Pero, no se puede juzgar a un hombre por sus yerros sino por sus victorias, y aunque no he visto estas supongo que existirán o estarán por procrearse. Rienda suelta pues al conocimiento, la inteligencia, la argucia y también la maña. Vale todo como en chorro morro, el brutal y languidecente en melancolía juego juvenil. Piernas, brazos, codos, rodillas e incluso cabezazos. No necesita ser reunión de señoritas. Creo que nos gustaría ver políticos vehementes y dispuestos en las áreas de discusión. En otras, álgebra y logaritmos por ejemplo, no tanto, pero en verso y prosa vamos desde Bécquer hasta Bataille, de doncella a puta, y con el resto lo mismo. Lo disfrutaremos en platea y mejor en galería.
17/04/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 18/04/2017

Imagen: Goya/Duendecitos (de los Caprichos)

Monday, April 17, 2017

Alejandro Suárez, por el punk, en la revolución

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ya años idos, la primera vez que leí a Alejandro Suárez, escritor cubano-boliviano, en su novela El perro en el año del perro, supe que allí había algo más que oficio: arte. Es raro encontrar en la literatura boliviana, tímida, un manejo de humor tan febril y fluido. Como si al autor no le importara tanto sentirse, saber que es escritor, sino contar una historia a su manera porque desea hacerlo. Eso lo aliviana de la insoportable carga de una actividad con connotaciones ajenas al simple hecho de escribir en sociedades semejantes. Partimos, entonces, de un punto vital -que también toca el argumento-, el de la libertad.

Por nuestra Perestroika, novela (Editorial 3600, 2016), sigue la línea humorosa de aquella, a pesar de una narrativa diferente, tal vez más asentada, y en un espacio físico distinto. El perro… se situaba en Santa Cruz de la Sierra; Por nuestra… vive sus páginas en Nueva Atlántida, que es nombre sugerente para Cuba, la isla pronta a desaparecer. Por un lado existe la mítica casi divina de la sociedad atlante, la infalibilidad de los líderes, la pureza de su revolución, y por otro la condena anciana del fin del mundo, ese mundo.

En medio de la tragedia, estos jóvenes estudian en el Instituto Tesla; representan la base del brillante futuro para el cual se han cambiado las reglas y se ha hecho tábula rasa, a medias, con las diferencias de clase, origen, color y etcéteras, con la salvedad de que alguien tiene que manejar esa guillotina que pule de aristas la imperfección de los hombres. Poco se puede hacer cuando la senda está marcada. Bien dice Guillermo Ruiz Plaza en la contratapa que “(…) esta novela chispeante y rica en matices, nos lleva de la mano por el aprendizaje de la vida, que es también -parece decirnos Suárez- el de la rebeldía”.

En ese lánguido yermo, liso y pálido, de la revolución, en medio de la matemática, la física, la horticultura y el deporte que es como el síndrome socialista, Martín y un grupo de amigos descubren el sexo; hasta el lote baldío de la uniformidad tiene vulvas cantarinas. En el sexo de la mujer vive, está, perdura y se procrea, otra, tal vez la única, la verdadera y aromática revolución. Carne y sentidos, táctiles, palpables, tetas que arrasan con retóricas. Un cometa atraviesa el cielo y trae consigo tempestades. Las nalgas sobrepasan la Historia, emergen de ella e inventan una nueva. Ante la disyuntiva de estudiar en el Tesla y servir a “la causa” (podría ser “el proceso”) o marchar de combatiente al África (en la tremenda y a veces inmensa patriada cubana allí), este grupo de adolescentes tiene necesidad de otro norte que suele pasar por la entrepierna o también, o junto, por la música.

Fundan el grupo neopunk, nutrido de rock argentino, Por nuestra Perestroika. Todavía el hecho social del glasnost parece estar en pañales porque Gorbachov lidera el camino de los países satélites, pero solo la mención de dos palabras rusas amenaza ya con cambiar el panorama. El nombre elegido se olfatea de esperanza.

Vuelvo a Ruiz Plaza y su estupendo texto de tapa para describir la novela como inserta en el desarrollo lógico y normal de un muchacho sito en un cambiante momento histórico, de luz para unos y de decaimiento en Nueva Atlántida. Los acordes a ratos sin ritmo del punk se convierten en amenaza para los burócratas ávidos de preservar un monumento de naipes que cae alrededor. La gran hipocresía es que ellos, los furibundos, serán los primeros en dar espalda a la “verdad” y huir en bote hacia la mentira del capital.

Perceptivo, sin elementos de comparación, Martín sabe que algo no funciona, que falla, y no es el yerro personal de algún oscuro director de lo que sea en el instituto sino que la movida llega como fatal terremoto desde fuera y para bien. Se entera que su amigo ha desaparecido en una balsa en el mar, al menos no hay noticias suyas, perdido en esa flamante argonáutica que sitúa el vellocino de oro en la costa de Miami.

Todos, al crecer, nos embarcamos en un automóvil flotante, sobre neumáticos de camión, y nos lanzamos al agua. Negro océano que puede, no suele, convertirse en azul.

“Yo estaba ahí sentada. Vino un chico, me pidió que bailara. Yo le dije déjate de chorradas, solamente quiero follar” (canción punk).
12/04/17

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Publicado en PUÑO Y LETRA (Correo del Sur/Chuquisaca), 17/04/2017

La noche/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Un turril lleno de fuego, maderos y basura, ilumina una esquina de cuatro calles en el mercado, en ilusoria fiesta. Los negros se calientan alrededor mientras el humo de patatas no cocidas se cuelga del cielo.

Secamos los guantes, mojados por el último cargamento de bróccoli. El frío tienta los dedos de la mano, los quiere para sí. Ese fuego de turril de noche lo impide, es amigo.

Cada uno alimenta las llamas como puede. Recojo rotas etiquetas de cerveza Michelob y las arrojo dentro. Houston canta a Jimmy Cotton…

La noche es la madre de los negros, los acoge y oculta. Ellos esperan la suerte en esta África de cemento y basura, donde los tenderos son coreanos, los patrones blancos y los negros pobres. En la oscuridad, con la luna de Washington encima, parecen hombres. La sombra es su reino, los callejones de moho, las botellas vacías, las flacas muchachas que toman las calles como dormidas ninfas negras.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 01/05/1992

Fotografía: Mendigo

Sunday, April 16, 2017

Desayuno en Rockville/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Viví tres meses en Rockville, Maryland, en una calle de árboles, sin autos ni peatones.

Rutina de lunes a sábado. De la casa al trabajo, a comer y a la casa. La noche del sábado era libre; dormía tranquilo, normalmente. El domingo salía temprano. A un kilómetro estaba el almacén. Compraba tortas, galletas, un galón de leche de chocolate y me iba a una hondonada en la cual había una mesa y un banco. En la pared los graffitis hablaban de revolución. Los pintaba “Black Flag”.

Pocas veces he tenido tanto placer. Desayunar en silencio, abrigado en la brisa de otoño. Maryland alrededor todavía verde. Un libro conmigo. Solos yo y la mañana.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 09/02/1992

Imagen: Honoré Daumier/Hombre leyendo en jardín