Thursday, October 19, 2017

¡Carajo, NO! ¿No entiendes?

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pues estaban Arce, dicen que inteligente pero creo que solo cabezón, y la Montaño, Gabrielita, de quien las malas voces hablan tanto en el mal sentido -bueno para alguno- que ya ni escucho. Podríamos vender textos a lo loco si diéramos rienda suelta al chisme plurinacional. El primo hermano de Evo Morales, Donald Trump, tal vez lo supera, cierto, aunque los platos suyos carecen de picante y la carne tiene color de pollo.

Estos dos seres, los enviados de Evo, afirmaría que extraterrestres pero aún no se ha comprobado el gusto de los marcianos por el oro, aparecieron en la OEA con criterios inverosímiles. Resabios de El señor presidente de Asturias, pero también de la jocosa, aunque trágica, novela brasilera de hace mucho, El Bienamado. Morales no puede elegirse otra vez, está prohibido, pero… Resulta que hoy, en la Bolivia del faro del fin del mundo, todo es posible y a todo se le halla justificación. ¿Cuál ésta en el caso concreto de los representantes tratando de convencer a Almagro y los países de que Evo, bienamado señor presidente, tiene derecho a una y otras reelecciones? Que es un derecho humano… (Aquí tiene que haber un espacio para el asombro, y porque boquiabiertos vemos que necesitamos cepillar los dientes en este sucio planeta).

Derecho humano. El indiecito que apenas cortó sus abarcas de llantas usadas y cuya trilla no es muy profunda y son más bien modestas, piensa que si no se lo permiten estarán realizando un acto racista porque es aymara, y, pobrecito él, solo en el mundo, castigado por la eternidad, con bolsita de chuño y hojitas sagradas para matar el hambre, sufrirá, llorará, borracho estaba pero me acuerdo. No, no puede ser posible, qué se creen estos agentes de la CIA, si el pueblo boliviano, recua dolorosa según la presentan, alza a gritos su demanda de este para siempre y ningún otro. ¡Belzu ha muerto! ¿Quién vive ahora? Además, inconcebible que estos letrados al servicio de los Estados Unidos no entiendan que sobre la tierra hay algo nuevo, nunca visto (ahora está Trump para competir por el puesto). Asuntos como lo de la Zapata, las acusaciones de pedofilia, de paternidad cobarde y etcéteras son difamaciones, y, si ciertas fueran, es como leíamos en Ricardo Palma acerca del marino Juan de la Cosa: “niño bonito, con pajarito”.

“La princesa está triste ¿qué tendrá la princesa?” El presidente, cabizbajo, pensaríamos que sube a su vieja bicicleta Hércules y pedalea por las soledades del altiplano. Pero, no, ¿cómo?, para él avión, la Hércules para la indiada, porque el señor Morales es cacique tan colonialista como los virreyes y tan feroz como Morillo o Boves, gachupines, durante la independencia. Ser Inca implica estar por encima de los demás, disfrutar de la mejor chicha (whisky etiqueta azul en su caso), de los mejores culos (ñustas y ñustos), de strogonoff y filet mignon, que el thimpu lo coman los daneses, carajo.

Tal vez Morales está en serio inaugurando otra era donde cualquier cosa es derecho humano. Reclamar, por ejemplo, sexo con las senadoras masistas (cosa que no haría ni ebrio) de manera natural. Si el gobierno no lo permite estará atentando contra mi derecho humano. La cantaleta puede ser larga: es mi derecho humano meter mano en el dinero fiscal; derecho humano desvestirse en la plaza Murillo y poner a orear el miembro recién utilizado. Derecho humano enseñar sin título en la universidad, dar misa, extramaunción y hasta acostarse con el muerto. Ni hablar de dar o quitar vida sin ton ni son. O solo el presidente es cromagnon y nosotros neandertales. Cuestiones básicas y vitales para saber si permitimos espacio a la locura o la contenemos.

Mejor, más fácil, más sobrio, además de elemental en cuanto a pluralidad y legalidad, decirle que no, que lo sentimos pero que este preciso derecho humano suyo lo puede convertir en cucurucho y… embolsillarlo. Esta vez no hay derecho ni izquierdo, ni humano ni inhumano. Simplemente ¡NO! Carajo, ¿cuánto te cuesta entenderlo?
12/10/17

_____
Publicado en INMEDIACIONES, 16/10/2017

Fotografía: Agencia AP 

Wednesday, October 18, 2017

CARRASCAL BOCA ABAJO, de Claudio Rodríguez Morales

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cuando leí por primera vez, en su versión digital, Carrascal boca abajo del escritor chileno Claudio Rodríguez Morales, sentí ese pequeño demonio de la envidia que salta en la literatura rusa del XIX. Tuve que decírselo, peor el orín que corroe el fierro que una sana profilaxis. Pues, bien, afirmé entonces, y lo repito ahora que tengo en mano el libro impreso, que esta novela era (es) con mucho superior a todo lo que yo había escrito en 30 años de intentos. Y unas pocas cosas más, elogiosas para él, que mejor callarlas por temor a irritar a los damnificados.

Un libro que denota al lado de un furioso talento, la calma del investigador, para dar como resultado un notable trabajo de ficción, de periodismo, de historia, junto a la lección que significa para el futuro indagar en el pasado y desenmascararlo.

2017

Tuesday, October 17, 2017

García Linera, de yapa/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me cuenta un amigo por correo abierto que compró libros de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, a buen precio; bonita colección. Pero, de “yapa”, envueltos en papel bond, le entregaron “dos bodrios del sunchuluminaria Qananchiri”, a decir: Álvaro García Linera, el Demóstenes de la avenida Atenas, Cicerón del mercado Calatayud, la esencia de la razón sumada a la fortaleza de la letra.

Ni pregunté qué eran, porque si los introdujeron subrepticiamente, incluso evitando que el cliente se diera cuenta, no valía la pena. No es lo mismo decir que le añadimos esta tesis política de gran interés, o el detalle de algún retorcido asunto constitucional.  Uno pensaría en un aditamento de llajua para saborear el libro,  o “aserrín”, como se llama el hueso desechado cuando se corta la carne y que sirve de alimento alto proteínico para perros. Cierto, no habría lógica, pero tampoco la hay en que un gobierno promocione la intelectualidad de uno de sus miembros en un “combo” silencioso. Inteligente sería, o lo pensaríamos tal, si se callara, porque de opiniones suyas, embelesadas y tontas ya nos cansamos. Alguna vez, y de casualidad porque no es nombre de mi archivo, leí, y retomo la misiva enviada, un bodrio que se apodaba poema. De amor, para colmo. Me dije que de yo escribir así, madre y padre me habrían preparado la mochila y enviado a la Legión Extranjera. Si no eres poeta, no creas que sí, a pesar de que en tierra de ciegos los discapacitados rebuznan lo que se desee oír.

Probablemente en un país donde la “noticia falsa” (Era de Trump) es alimento común, GL asegurará que sus textos tuvieron extraordinaria difusión; no aclarará que los envolvieron en papel de acuerdo a la teoría de envolvimiento de emparedados, su último aporte al pensamiento “marxisto”. Mejor, digo yo, si en serio regalaban un trozo de pan. Al menos, el más soso de ellos, tendría un sabor imposible de hallar en la textualidad del vicepresidente que es moto, romo, partido, cortado en su personalidad. Su obra semeja un muñón de mal gusto y ni la venda más alba, ni el alba más pura, arreglarán el desperdicio. Lo que supura, hiede.

Qué tal, y voy a la economía, un dólar de yapa, un billetito del sonriente George Washington: In God We Trust, de aquellos que sobran en palacio, ahí sí, con justificación se podría asegurar que su letra corrió por la multitud y ni siquiera tendrían que esconderlo.

Consideremos por el lado bueno en que es el señor García un tímido literato, que tiene terror de que las hienas del gremio lo asalten y destrocen antes de haber parido pasable engendro. Pero hay maneras de lograrlo, de hacerse un espacio con dulzura y decencia, con solidaridad que no es lo mismo que obligación del poder. Reconozcamos que han ido por lo bajo, porque bien podría la autocracia de Evo Morales inventarse una Feria Álvaro García Linera, a cuya entrada habría en mármol un busto pensativo del poeta, con el infaltable flequillo que hace susurrar al hembraje que es lindo y elegante. Imposible, sin embargo, porque implicaría que el vate anda peldaños arriba del profeta, y Morales no lo permitirá. Mientras la cerviz de los sirvientes se mantenga baja, está bien. Pueden escribir, cantar, danzar, ponerse polleras o el sinfín de extrañas viñetas que son la hostia diaria de esta administración mientras no tropiecen con el halo bienhechor del Zeus de Orinoca. Lo siento, hasta en ello hay límites.

Al menos hubo control, de entregarse estos librillos solo con la compra de obras de la famosa Biblioteca. Porque imagínense si lo adjuntamos a Roa Bastos, A Borges, a Gonzo: estaríamos al borde de un conflicto internacional. ¿Imaginación masista? Porque ni hasta a Trump se le ha ocurrido propagar su voz mediante este sistema. O simples pillos que conocen bien su delito y que añoran llegar a ser un día como el enano de Corea del Norte: implacables y divinos.
16/10/17

_____
Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 17/10/2017



Monday, October 16, 2017

Balada de la cárcel de Leadville

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Dos libros, dos, me traje cuando dejé todo lo demás: la poesía completa de Emily Dickinson y las Obras Completas de Jorge Luis Borges; incompletas, estas, porque vivió todavía.

Pero hasta los dos perdí, cuando tuve que salir corriendo, acompañado de un policía, luego de un día y una noche de cárcel que siempre merecí pero que siempre dolió. Desde entonces no he leído a Emily Dickinson, aunque mi hija mayor carga su tremendo, pesado, nombre. Al ciego sí, a ellos que son Milton y Homero. Y Borges.

En la celda leí a Marco Polo.

El piso olía a jabón. Un preso mexicano me pasó el volumen por las rejas. Que alguien lo dejó, dijo, en el mundo perdido que eran las minas de plata muertas de Leadville, Colorado.

Mi mujer dormía en una buhardilla amarilla. Desde allí se veía el Saloon. Caminé por la tarde con un telescopio recién comprado. Doscientos dólares en billetes de a veinte por la venta del ají de fideo que mis manos ofrecían en el New West Café. Se llamaba. Por tres meses, su nombre y dos socios. Luego el socio rubio puso en la cárcel al moreno.

Leí a Marco Polo. Cuando me arrastraron, las ollas con fideo y chile todavía humeaban. En la prisión, de noche, o anochecido, las luces rojas impedían dormir pero no leer. Color de puta, escribí veinte años atrás.

Miré cómo se alejaba la montaña. Observa el futuro aconsejó alguien. Adelante. E íbamos de bajada. Adelante era el abismo.

Aderecé el fideo con pimienta negra y sal de mar. Rocié el achiote y la cúrcuma por partes iguales para que entre el rojo y el amarillo la comida tuviese color naranja. Naranja de Valencia, no de Chapare, que la cáscara blanda de esta la hace práctica y sin embargo menos dulce. Trozos de carne de res, chorizo. No quería imitar el uchu cochabambino pero también. Y gustó. Leadville tiene montaña y frío. Le presté ají.

Humeaba la olla cuando pusieron las esposas y tiraron mi rostro contra el piso. Aplastado el ojo izquierdo observé la temperatura de la hornilla (si la dejaban así se quemaría el guiso). Quise avisar, dar consejo culinario y con la punta del bastón me dieron un golpe fuerte en la columna. Me aquietó.

Subimos las escaleras, como en la música charra, y presté mi declaración. Inocente no soy pero de este pecado sí. Culpable, entonces, y adentro, hasta que los hermanos manejaran apresurados desde Denver con dos mil dólares de fianza y paños para tristeza.

He conocido las celdas de Cochabamba, de Denver, de Aurora, de Littleton, de lo que hoy es Centennial. Centros de detención y el condado. Me pregunto si de haberme quedado allí, años, me habría tatuado como mi amigo Gabriel, en el brazo, honguitos de Puebla, de esos que alucinan a los inditos al sur. Quizá hubiera escrito algo que valiera la pena, que alegrara los ojos de mi Emily que miraban por la ventana las luces blancas, rojas y azules del coche policial, sin entenderlo.

El telescopio quedó por allí. Pasó de una mano a otra y nunca, ni mis hijas ni yo, miramos estrellas porque no hubo tiempo. La astronomía fue fugaz deicidio.

Emily Dickinson, Jorge Luis Borges. Ellos y cuatrocientos dólares en el bolsillo. Gasté el primer día de mi llegada, 1989, doscientos en putas. Al tercer día no tenía uno. Alguien querido, desde Canadá, mandó por correo cien para el pan. Historia de atrás, vieja, muy anterior a la cárcel de Leadville, a las hijas, el matrimonio.

Oscar Wilde pasó por las minas de plata del pueblo. Había opulencia, imagínense, traer a Wilde. Meses antes de la emigración leí El ruiseñor y la rosa, en una compilación de cuentos que hizo Sábato. Les digo que la celda no tenía la belleza de sus páginas. Me trajeron la cena, no recuerdo. Huevos y algo. Una manzana de postre, de cáscara roja. Me pregunté si el uchu se habría vendido y en cuánto. En recepción me quitaron todo, documentos, llaves, dinero, y me pusieron traje no fabricado con sastre, perteneciente a otro, con sello de propiedad del estado. ¿Azul?, entonces, porque los he tenido naranja, de felón, y cadena en tobillos, muñecas, cintura. De qué me quejo si de igual manera llevamos animales al matadero para devorarlos. Al menos sigo vivo. Solo se comieron, por dos días, mi alma, y perdí mis libros, los compañeros de un viaje que pareció divertido y no terminó. Llegamos tres a los Estados Unidos y quedé yo.
16/09/17

_____
Publicado en PUÑO Y LETRA (CORREO DEL SUR/Chuquisaca), 16/10/2017

Imagen: Oscar Wilde


Sunday, October 15, 2017

El día que India Summer vino a verme

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La soledad es mala consejera, dicen, pero buena amante. Se presenta con el abandono, o no. De improviso, con adiós de mano de mujer que crees tener entre tus dedos, atrapada en encantos subjetivos sin peso específico.

Mala consejera, pero ardiente.

Encendí el auto. Se sospechaba invierno. Uno sueña con atardeceres fríos, que luego de un café y torta de chocolate, incitan a continuar el placer. Desnúdate, le dices, mientras dejas un rastro oscuro que la servilleta atrapa de tus labios. Camina desde la cocina, lentamente, y déjame ver tus vellos. Acaríciate las tetas; muestra tu culo. Luego te inclinas, me abres el cierre, la camisa, bajas la cabeza y hundes tu rostro mientras aprovecho una última mirada al partido de Barcelona-La Coruña. No era gol, claro que no, la pelota rebotó fuera de la línea. Árbitro cabrón…

Para entonces ya te frotas, nos frotamos. Llevas los pezones endurecidos como canicas pardas. Estiro la mano hacia tus piernas, entre tus piernas. Los cabellos allí, mojados, se enroscan en el índice, el anular, el corazón y el meñique. Mi pulgar va de atrás hacia adelante y gentilmente te rasca el clítoris con la uña. Alguna vez, una, muy poca, los bañaste de líquido caliente. No te habías orinado, según creí; se trataba de un fenómeno femenino orgásmico. Casi un vaso de agua diría, o una pinta irlandesa, un montón, vamos, un montón de agua tibia con textura de jabón.

Nada dura. A pesar de las cataratas, de los senos puntiagudos, del pubis mojado y tembleque, de la cueva mágica de paredes semejantes a cartones mal prensados, hay un fin. Se acabó. Aquella vez te pedía que me relatases tus experiencias de motel. ¿Cómo te mirabas en el espejo, cómo te penetraba? Cuéntame otra vez lo del sofá, él de rodillas y tú con las piernas (ni te imaginas) abiertas. Tenía mucho pelo, entonces, comentas, y a él le gustaba hacerlo fuerte y sacarlo, y volverlo a poner, y sacarlo y mecerlo como pincel. Luego ya no sentía nada: su miembro flotaba en un mar interior, yellow submarine.

En el suelo, solo con falda, negra por si fuera poco, me acariciaba el sexo, metía dos dedos por vez y los sacaba llenos de jugo. El hombre de pie, frente a mí, agarrando su sexo a manera de revólver, ya desesperado. Se tiró al piso con la lengua afuera, trató de ponerla entre mis muslos mientras lo rechazaba con los pies. Se encabritó y me estiró. Me puso de rodillas e hicimos el amor como animales, cuadrúpedos, montado sobre mí obligándome a caminar por el piso de madera seca.

Eso contabas antes de irte. A las siete y media el auto se calentaba. Detrás de la puerta con malla milimétrica enviaste un beso y agitaste la mano. No te volví a ver. Años después, nunca te perdí el rastro, te vi paseando por el parque Colón, de corte garzón y vaqueros. Decían que tenías dos hombres, hasta tres y yo sabía bien por qué. Nadie más lo sabía. Tonto consuelo.


Actualizado por sobrinos veinteañeros me inicié en la pornografía digital. Incluí un léxico preciso, divertido, insano y en inglés, en mi verbo de avezado lingüista. “Cream pie” era cuando se quitaba el miembro de la vagina y se terminaba en la entrada. Para cualquiera vendría a ser una asquerosidad, pero hay una fascinación única, extrema, en asesinar la vida así. No significa que cada coito acabe en alumbramiento: sería la destrucción del gozo. Pero observar el orgasmo a puertas del cielo, quitándole el refugio de su cubículo ancestral, tiene sabor a dulce desgracia y también a total posesión… depende del punto de vista.

Naughtie Allie tirada en el piso, completamente desnuda y con las rodillas abiertas. Semen casi transparente sobre el sexo afeitado, alrededor del orificio anal.

Sunny Leone observando el pene de su amante ocasional justo afuera de la vulva, temblando, deshidratado, mientras el líquido se escurre y cae igual a lluvia ácida encima de las sábanas color crema.

La soledad trajo mujeres bellas y no tan bellas, altas, petites, culonas, tetonas, artificiales, naturales, peludas, velludas, calvas. Un autor boliviano en el preámbulo de una historia innoble mencionaba a Austin Kincaid. Hacia ella fui, y le fui fiel por al menos un año. No hubo paja donde no me sonriera, donde susurrara con una voz desprovista de talento: fuck me, baby; fuck me, oh yeah, yeah…

Ya para entonces dejé de ser un hombre abandonado y me convertí en uno soltero. Visité las tiendas Fascinations, donde un gran cartel de entrada anunciaba que esto, la pornografía, era más barata que una cita real. Verdad. Rentar un video original y usufructuarlo por tres, cuatro días, hasta cinco si aceptaba la multa de un dólar no tenía parangón. No necesitaba peinarme, bañarme, decorarme, afinar la voz, ejercitar interés literario, cultural, cinematográfico en mi charla. Ni su nombre preguntaba y nunca di el mío. Placer en su esencia íntima, de uno, en uno y para uno (casi se asemeja al discurso de Lincoln a la nación norteamericana). Austin… te fui fiel, lo sabes, te conocí en cada uno de tus rincones y adoré amarte mientras llevabas anteojos, o bajabas el sostén un poco y dejabas que te sostuviera las tetas que chupaba hecho un empedernido bebé.

Pasó el tiempo, los años pasaron, los inviernos, los barros. Hubo un cometa y tres eclipses. Clinton dejó de ser presidente y vino Bush, la guerra, las marismas iraquíes de Basora donde creció la humanidad; donde moría. Llegó Obama, que de negro guardaba el color… Crecí. Me hastié. Las divas porno envejecieron, se retiraron. A ratos visitaba la tienda vintage y alquilaba porno de mi juventud: Seka, la rubia húngara que elogió la verga gigantesca de John Holmes cuando todos lo vilipendiaron por drogo, por marica. Christy Canyon y las tetas monumentales, con mucho vello púbico, como se acostumbraba entonces. Un par de ellas murió de cáncer, una con la que hacía el amor a diario por una temporada y que ni se despidió de mí. Sus videos son ahora de colección, imposibles de encontrar. La muerte le trajo redención, de puta se hizo monjita; de monjita santa, aunque recuerdo su sexo con un clítoris mayúsculo. Parecía que se había adosado a la piel un camarón pistola: rojo, largo, barbado.

Decía que ya no eran ellas las mismas y yo seguía siéndolo. Sabía a traición pero estaba acostumbrado. Recorrí los estantes. Una tras otra desfilaron delante de mí, sentado en frente del ordenador, desnudo, acariciando el revólver y los cargadores, dispuesto a matar y al rato morir. Ninguna hacía mella: no se quedaban. Hasta que conocí a India Summer, una morocha alta, medio delgada, de senos naturales y de vellos decentemente recortados. Me recordó a alguien, a dos de mis amores para ser sincero; hasta a tres si exigía el recuerdo. India estaba perfecta, treintona, no con impudicia juvenil. Esta era una dama. E iniciamos una relación, un amor. Cuando salía para el trabajo me despedía de ella y la despertaba al llegar. Incluso pensé en matrimoniarla. Lo conversamos pero nunca se decidía. Lo único que conocía de su voz era lo mismo que con Austin, oh, yeah, fuck me, oh God, baby, fuck me. Estaba bien, no necesitaba mucho más.

Eran tantas mis visitas a su sitio web que encontré unos sorteos inesperados. Rezaba el anuncio que uno de los habituales de India en las redes tendría la suerte de recibirla en su casa para una sesión de sexo, sin cargo alguno, como premio a la constancia que se marcaba en el número de visitas a su muro. Anoté el nombre, mayor de 18 para no burlar la ley y lo olvidé. Un miércoles recibo un correo donde aseguran que gané, que India estaría en casa el 19 de septiembre, a las diez de la mañana, que si tenía patio mejor para filmar con luz natural. Casi me desmayo. Le puse una vela en la iglesia católica al primer santo que apareció.

El 19 tocaron el timbre. Llegaron técnicos que pusieron quitasoles en el jardín, papel celofán y otros adminículos. Apenas saludaron. Me había puesto mi mejor camisa francesa, de color azul con interior rojo cuadriculado.

Llegó India. Ni saludó. Luego, cuando las máquinas estuvieron en ON, sí, fue cariñosa, se juntó, me besó. Tornó el rostro para preguntar si estaba okey. Antes me habían escrito que necesitaban un comprobante médico demostrando que no tenía Sida ni etcéteras. Yo no demandé comprobantes.

Me desvistió. Puso mi sexo en su boca y no se fijó en los calzoncillos Gucci que me había prestado para la ocasión. Yo estaba encandilado, ni pensaba que varias personas me observaban como a un conejo. India se recostó; obligó a mi cabeza a meterse en ella, casi me ahogo. Luego me montó encima y repitió como en una grabación: fuck me, baby, yeah, yeah. No recuerdo el orgasmo, cuánto duré, si eyaculé gran cantidad o poca. Un asistente me hizo a un lado. Mi sexo iba desinflándose. Con un pincel especial le puso sobre el vientre algo que parecía leche condensada. Se me acercó y dejó caer unas gotas también en el glande. “Lo demás será edición”, entendí. India me dio un beso en la mejilla: thanks, baby.

Un mes después apareció la filmación del premiado, el afortunado cliente que había tenido a India en su poder por una mañana. Ajusté la flecha que iniciaba el video y lo que vi fue insulso, sarcástico, triste. No me reconocí, no era yo.
07/16

_____
Publicado en ERÓTICA, Antología de cuentos (Selección y prólogo de Ernesto Calizaya), PLURAL, 2017




Saturday, October 14, 2017

Aderezar un presidente para la cena funeraria

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hay costumbres y costumbres. La muerte entre los pueblos llamados primitivos es solo extensión de la vida, a diferencia de la modernidad occidental que digiere la pena, la transforma en recuerdo y la empuja hacia el olvido.

Luego de que el Tezcatlipoca azteca engañara al monstruo de la tierra, Cipactli, quiso que en el futuro se hicieran ofrendas humanas para resarcirlo del daño. En alguna revista de mitología y epopeya que publicaba la editorial Novaro hace décadas, leí que el mismo Tezcatlipoca se ofreció en sacrificio para (siempre) salvar su pueblo. Esperaríamos actuación similar de los que dicen seguir y amar al pueblo, escucharlo y aprender de él. Que dónde están esos líderes hoy que no existen ya tiempos heroicos, no sé. Supongo que aparecen cuando los rezagados, humillados, pospuestos, arriban a la cumbre al llegarles el momento de mandar. Así se habría cumplido un ciclo justo de dolor e igualitario. Que amerita una inmolación, la de agradecimiento y reforzamiento de vínculos, seguro.

Pues, quinientos años pasaron y llegó ese instante. En Bolivia cambiaron las cosas y los de abajo quedaron encima; un volcarse la tortilla inesperado pero que responde a un proceso histórico. Dejando de lado las pautas de la historia y las explicaciones sociológicas, aceptemos que la hora está dada para agradecer a los achachilas. Ellos no han de conformarse con modestas ovejas que desdicen el grandor que inauguró el magnánimo Tupac Yupanqui. El rito no puede ser ni sencillo ni burdo. Ha muerto una era y nacido otra. Los representantes de esta, la última, la postrera, deben comprender que son actores de una visión colectiva que los excede como individuos, que su labor mientras estén presentes radica en alabar y pregonar el definitivo estado de cosas, la ya indiscutible presencia del paraíso en tierra y de la eterna felicidad, expresada para unos en mocochinche de durazno o en cachondeos voluptuosos de la papalisa. El hombre está por debajo del durazno o de la papa que son la carne de Dios, y debe entenderlo. Para festejar a los dioses, aquellos que se han encumbrado, deben bajar con humildad la cabeza y entregarse a la muerte ritual para bien común. Solo así se estaría siguiendo las no escritas reglas por las que la gente alcanza eternidad. Mucho se ha esperado y el cambio al parecer ha tomado contextura de concreto. Inamovible. Se cumplió con el trabajo y ahora hay que cumplir con las promesas.

Lo ideal sería que el sacrificio fuera voluntario y al más alto nivel. Significaría en Bolivia que el Presidente Evo decidiera una fecha, acorde con el calendario andino, para entregar su cuerpo al festín de los dioses. Puede elegir el amauta que ha de degollarlo, las vestiduras de púrpura y oro que recordarían el imperio del sol. Donar el carmesí de su sangre a la oscura greda que fabricó adobes por un milenio. Notable entrega que borraría para siempre las huellas de los advenedizos, los confundirá y enviará por sendas fuera de nuestro dominio. Un acto de grandeza que se perpetuará en piedra en la montaña. Evo quedará como un apu, un tata imponente y la mejor lección.

A él que le gusta el baile, se podría hacer lo que hacen las etnias de Madagascar, de vestir los huesos y sacarlos a bailar en los festejos. Evo disfrutaría ya sin tiempo del carnaval y las bandas; podría danzar en el regazo de las más hermosas, oler las piernas, presentir la vida detrás de los calzones. Sin horario ni esquema, porvenir más porvenir, sin límite.

El primer paso para la iluminación es la ejecución ritual. Luego el devorar la carne en un churrasco majestuoso y popular, para todos (y todas), de puertas (y puertos) abiertos sin restricción. Dicen que los Fores papuanos se comían sus difuntos, la carne para los guerreros y el cerebro para las mujeres. Lástima que en su caso salió mal, porque debido a un bicho incrustado en la cabeza, cisticerco o como se llamare allí, ellas comenzaron a enfermar y perecer. No fue dichoso el rito de los ancestros.

Esperemos que no suceda en el Collasuyo. Se puede, ya que es presidente, hacerle minuciosos exámenes para que no disminuya la población femenina, u, otra opción, preservar su majestuoso cerebro y depositarlo junto a otros inteligentes, como el de Trotsky, peso pesado de cuatro kilos.

Hay discrepancia en si conservar o no los huesos del cuasi santo. De hacerlo, como dijimos, podría participar de la danza y de los cueros. Si se los crema tendrían que ser las cenizas parte del menú, extender la grandeza del mártir a la mayor cantidad de comensales. El libro de recetas Yanomami, de Venezuela y Brasil, sugiere mezclarlas con puré de bananas. Diría que hasta apetitoso suena.

No faltarán elementos ladrones, esos que cargan el hambre por generaciones y que defecan sobre divinidades y épocas, que intentarán sustraer un pedazo de nalga, un dedo, para satisfacer la gula primaria. Así lo hacen en la ciudad santa de Varanasi los santones Aghori Sadhus. Puede que incluso alcance para ellos sin necesidad de delito. Tenemos informes secretos del sastre del presidente que afirman que el cuerpito creció bastante en palacio, fue engordando adrede para el momento trascendente.  

Ahora, la parte culinaria de cómo aderezarlo, y la estética de la decoración. Si habrá filigranas de mayonesa sobre sus reforzados pómulos o lo pondremos de barriga y tendremos más superficie de creatividad. Frotarlo con sal y pimienta primero, remojarlo en chicha para el ablande, pizca de airampo para el color y quinuas desperdigadas por su gruesa humanidad. Se duda si en la boca llevará una manzana al estilo filipino o chirimoya que lo congraciaría con los tropicales. Si atrás, en el nefando agujero que ha complicado la historia de las religiones, se pondrá un manojo de culantro, cabellos de maíz o hasta musuru, el hongo alimenticio. O ramitas de molle que darían impresión de fuente viva y moviente. Luego, tenedor y cuchillo. O las manos. Provecho. Viva la revolución. Jallalla.

10/10/17

_____
Publicado en ADEANTE BOLIVIA, 11/10/2017 

Tuesday, October 10, 2017

Los huesos útiles de Ernesto Guevara, Che/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ni me acuerdo cómo quería empezar el texto esta mañana. No suelo anotar las ideas y, escasas como son, se evaporan con el rastro de la primera nevada.

Parafraseo a medias a un amigo y reconozco, no tardíamente, que muchos se están enriqueciendo con la memoria de este hombre. Controversial o no, obligado o no, al menos tuvo la decencia –torpe- de morir por lo que creemos creía. Dicen que previa a su desaparición de Cuba, cuando se lanzó a la guerra eterna, Raúl Castro, el eterno segundón, agitó una pistola. A Che no le gustaban los rusos.

En Cuba venden su rostro en las calles; la mayor exportación, junto con el ron. Y nosotros crecimos con él, su sombra nutrió y formó la infancia de mi generación. Razonar y desmitificar no implica destruir lo íntimo. Fuera de fusilamientos, vanidad, argentinismo, todo lo que pueda echarse encima de un individuo muerto, fue presencia. Regresando de Madrid a Asunción, Paraguay, vi a los esbirros de Stroessner demandar a un joven por qué traía una colección de pins con la imagen de Guevara. Yo seguí la línea de la aduana con la columna vertebral helada porque esa ciudad en tales circunstancias daba miedo. Todavía entonces, 1986, Che significaba algo, y osadía era mostrarlo en público.

Hoy, ayer, Evo Morales, capitalista de cuño aymara, ricachón empedernido, peroraba sobre imperialismo y revolución. Preparó un espectáculo mediático por el cincuenta aniversario de la muerte del guerrillero para festejarse a sí mismo, para hablar de sí, y nutrirse de los muertos como el carroñero que es. Invitado -de deshonor, diría- el vicepresidente de Venezuela, notorio y señalado narco. ¿Era el festejo una cita de negocios de los cárteles de la coca? Bien serviría para este malentretenido oficio de ricos esconderse detrás de los llamados y vilipendiados ojos tristes del difunto.

Que parecía Cristo… Si estos comunistas tienen de secta religiosa tanto que solo les falta vestir casulla y juntar las manos. Pero, no, no podemos calificarlos así, de comunistas, porque estaríamos insultando a la historia, las luchas sociales, los sacrificados, los mártires, los bienaventurados tontos. Evo Morales es un cocalero, nada más, y se beneficia de ello, como del poder, en todo sentido. Su abuso desmedido de la situación, y la orgía perpetua que espera alcanzar con la reelección, lo sitúan no en el panteón de los héroes, con los peros que pongo, y expongo, ante este vocablo por lo general mal utilizado, sino con gamonales, reyes, dictadores, tiranos, pedófilos y violadores. No olvidemos que Idi Amin se reconocía como instrumento de la lucha revolucionaria. Morales es Mugabe pero aparenta ser el Dalai Lama, el Panchen Lama de las tierras altas del sur, con un discurso salvador para la humanidad entera.

Che le cae al pelo. No puede quejarse, moverse, sacar sus notas juveniles de la mochila y mostrar que escribió acerca de la hoja de coca en términos cataclísmicos. Esa hoja que destrozaba y destrozaría al pueblo. Para qué preocuparse siquiera. El panzón Morales camina entre abrojos imagino que en el Yuro buscando el mítico espacio de la rendición.

Luego, ya entre notables, con Linerita y Gabrielita Montaño, harán brindis por el cubano-argentino con whisky de etiqueta azul. Azul el mar, la bandera del MAS y el whisky que consumen.

Qué solos se quedan los muertos, versificaba algún poeta. Y la soledad del comandante Guevara, con los perros disputándose las mejores presas, los buitres devorando el hígado incansable de la multitud, debe ser tremenda, sino horrible. En momentos semejantes hace falta alguien de huevos como el Nazareno para agarrar el látigo y flagelar a los comerciantes del templo. Como si del cuero del “guerrillero heroico” hubiesen hecho tambores donde los patrones, los mismos que combatía aquel, arrojan los dados repartiéndose dólares y meretrices. ¿Victoria? ¿O Muerte?
09/10/17

_____
Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 10/10/2017