Tuesday, April 27, 2010

Palabras, palabras/MIRANDO DE ARRIBA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me preguntan qué opino del discurso del presidente en Tiquipaya. Respondo que Tiquipaya es muy linda y que debieran darle el Nobel de literatura... a Tiquipaya.

¿Y los Colorados de Bolivia? Lindos trajes, obsoletos, me recuerdan un álbum que coleccionábamos con Armando sobre la independencia americana. Sí, ¿pero y su silencio?, arguye de nuevo el preguntón. Cómo no van a ser silenciosos si hace ciento treinta años que no existen.

Entre la guerra de Ecuador y Venezuela contra Colombia, casi diría un partido de fútbol. En Colombia hay una tradición tan remota como los goles del Charro Moreno en los cuarentas, una victoria aplastante enfrentando a Argentina en el Monumental, el club Millonarios, algunos cracks, el impertinente arquero Higuita. De los contrarios no sé mucho, sólo lo que me dice un astuto y viejo conocedor: crudos. Y poco importa, tanto en fútbol como en guerra, lo que sucede allí. No ahora que los halos de la infancia se pasean por mi cerebro con la voz de mi madre y los pasos de mi padre.

Dicen que por fin Bolivia ha alcanzado un sitial de privilegio en el orbe. Lo dice entre líneas Carlos Mesa. Pero satélites y misses universo en bikinis de aguayo no implican más que arrebatos folkloristas para mí, incluso si gobernantes participan. Cuando Bolivia pueda preciarse de grandes científicos, notables artistas, Dostoievskis vallunos y Van Goghs aymaras, o hasta de un gran saltador de garrocha, un delantero, un nadador, podremos conversar. De qué sirven, me pregunto, aviones chinos y misiles rusos si se carece del material humano para manejarlos. Y que los militares bolivianos, y los hombres bolivianos, son los más machos del mundo, mentira. Miren nomás como traen a los temibles orientales, como quinceañeras del ruedo del vestido.

Hay que considerar muchas cosas antes de lanzar arriesgadas apreciaciones de elogio. Si el pueblo rebuzna, es porque le dieron heno. Y si lo hacen los intelectuales es porque plata quieren o plata reciben. La desconfianza construye sólidos castillos; de arena los levantados con mentiras e idiosincráticos espejismos como viene al caso.

Si contemplo Tiquipaya veo cuánto ha cambiado. Sigue verde, porque este color tiene fama de persistente, pero no es lo que yo viera los domingos cuando en familia caminábamos de arriba abajo aquel fantástico valle, más que el de Richard Llewellyn como nos leía mamá. Ahora es aún precioso mas con un tenue tinte y aroma de mierda, del ánimo de la población que se les va por el culo a tiempo de evacuar comidas y sentimientos, como los de los "activistas" del mundo que vinieron a asimilar un efímero paraíso de droga y sexo mientras se despotrica (con razón) acerca de aquellos que destruyen el planeta, y que no son -vamos- peores que éstos.

No queda tiempo ya para cancioncillas revolucionarias, de bombo y sonaja. Los años sesenta se pudren con los últimos acordes del Sargento Pimienta. Hoy el beatle Mc Cartney cuesta setecientos millones de dólares. El verano del amor es un invierno bajo cero. Por San Francisco se pasean los yuppies ajenos a cualquier efluvio de revolución, y los revolucionarios bolivianos se arrodillan en Washington pidiendo inversiones para continuar su chillido. Eduardo Galeano lo sabía cuando escribió "Patas arriba", la misma posición en la que él, iluso, se encuentra cuando habla de Bolivia.
26/04/2010

Publicado en Opinión (Cochabamba), 27/04/2010

_____
Imagen: Ryan Larkin/Male Nude Walking on Pebbles, 1967-1976

No comments:

Post a Comment