Friday, December 30, 2011

Una película de Fernando Solanas


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

"Los hijos de Fierro" (1972), del director argentino Fernando Solanas no es un filme más sino un documento que antecede -y predice- los atroces años de la dictadura. Mucho se ha dicho de la época y lo hallado excede los límites de la imaginación respecto a la crueldad del hombre. Bastan unas páginas del informe "Nunca más" para acabar con el mito del buen ser humano.

Dos creaciones artísticas referidas al momento me han erizado la piel. Quizá porque joven me ligué por sentimientos, alguna ideología, el sufrimiento directo de parientes y amigos, los viajes regulares a la Argentina, con lo que ocurrió. Observo el horizonte de la hermosa Córdoba, desde un balcón sobre bulevar Chacabuco, cuando miembros de la juventud peronista, Montoneros, arrojan un par de bombas proselitistas en la esquina con San Martín. Bomba proselitista digo del aparato que explota y produce leve fuego a tiempo de lanzar al aire panfletos políticos. Un libro, una película: "La novela de Perón", de Tomás Eloy Martínez y "Los hijos de Fierro", de Solanas.

Ambos se sitúan entre la caída de Onganía, el gobierno de Lanusse, aquel interregno que significó Cámpora y el retorno del líder, general Juan Domingo Perón, desde el exilio español. Para precisar sin embargo, aunque se puede jugar con los límites cronológicos, Tomás Eloy Martínez comienza su libro, los augures del retorno y el hecho consumado, donde lo deja Solanas, en la mítica espera del gaucho Martín Fierro, alter ego de Perón en la cinta, y sus hijos y correligionarios que lo anhelan como a Mesías.

El novelista quebranta el aura seudo revolucionaria del general. La masacre de Ezeiza, momentos antes del aterrizaje que lo traía de vuelta, los pormenores del nacimiento del peor escuadrón de la muerte en la historia argentina, la Triple A, y la candidez con que los jóvenes ideólogos e idealistas van al matadero, representan acontecimientos que develando ya de entrada la falsía que habría de montarse, hablan de un dramático cálculo que costó la vida a decenas de miles.

Hay en la hora y media de imágenes de Solanas, angurria cuasi religiosa; extraña mezcla de doctrina social, orfandad de los hombres y de la nación, iconografía popular que convierte, en fugaces segundos cinematográficos, a Evita en santa y a Perón (Fierro) en la solitaria posibilidad de redención. Ello en un marco que presupone teoría marxista y revolución. Dos mundos extrapolares ligados en una trágica amalgama que delineó la debacle de la cual Argentina apenas se levanta.

El director toma el poema de José Hernández como lineamiento de su nueva "épica". Claro que Perón nunca podría ser Martín Fierro, le faltaban la rebeldía y los huevos. Tal vez Eva Duarte representaría mejor al itinerante gaucho. Pero Eva era el resultado catártico de la nación argentina, mezcla de ambiciones encontradas, deseo de aferrarse al pasado y, paradójicamente, de inventarse un futuro para redecorar su faz. Así Eva Perón encarna el papel de la "chinita" aldeana que ha alcanzado sus sueños, tanto como el de la princesa, la Sissy emperatriz que habría deseado ser, imagen que transmite a sus descamisadas que la veneran bajo el halo de hermana y de patrona, de inquisidora y confidente. Fierro era simple, humilde, nativo, lo opuesto a los Perón.

Excelente técnica la de Solanas. "Los hijos de Fierro" transcurre en blanco y negro para concentrarse en el tono histórico así como el profético. Martín Fierro, el eterno perseguido, vaga por las desiertas latitudes de América, ora sube colinas en su caballo, atraviesa un río, o casi se escurre de la escena perdiéndose en la distancia de magníficos paisajes cuya muestra no puede ser más que esperanzadora. Se divide el filme en capítulos titulados, a la usanza de Eisenstein. Sobrecoge porque es casi un epitafio de la revolución argentina. Solanas apuesta por el peronismo y su arte es agitprop convincente. Para un público que recordase los tiempos demagógicos de Perón, el populismo de los trenes de regalos, la idea de identidad nacional, la cinta cumple su objetivo. Pero no hay más que la esquematización local de un proceso revolucionario. Quizá Solanas no supiera que el peronismo nacido de una síntesis de ideas fascistas y resabios cristianos jamás lograría establecerse como un digno emblema de la rebelión mundial. Por ello recurre erróneamente a Martín Fierro, lo materializa en un único espacio desde el que, y ya en el campo de las elucubraciones, pueda expandirse hacia afuera.

Volviendo a Tomás Eloy Martínez, el relato del principio de la desintegración de una juventud ávida de justicia y libertad supera el epitafio, alcanza ribetes de infierno. Duele, enerva, enoja, produciendo la desazón que tuve al leer las "Actas tupamaras", valientes y peligrosas actividades infantiles cuyo destino eran la tortura y la muerte. Falta de organización, de seriedad en la práctica revolucionaria, de profesionalismo militar... no sé a qué atribuir el fracaso. Pienso en Michael Collins, del Ejército Republicano Irlandés, en la sistemática aplicación del terror, en la férrea voluntad, en la base popular necesaria para la actividad subversiva. Y la gran falta de creer, por encima de cualquier otro desliz, en la actitud progresista de un general viejo, cobarde y cornudo, en olvidar que al traerlo, su esposa, "Isabelita", arrastraba consigo al brujo José López Rega.

Filme importante, histórica y artísticamente; el arte-expresión política, Solanas como "intelectual orgánico" en términos gramscianos según leí por allí. Hermosa fotografía a cargo de Juan Carlos Desanzo (dirigiría en 1996 una brillante "Eva Perón"); música de Zitarrosa. Remembranzas personales de una noche del 76 cuando encapuchados de la Alianza Anticomunista Argentina buscaban a "Ferrufino" (mi hermano). Recuerdo a mi padre, ya con Armando a salvo en casa, diciéndonos con su profunda voz que si algo le hubiera pasado habría perecido de inmediato, en Cochabamba, la Misión Militar Argentina, incluidas las mascotas.
18/04/06

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Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), mayo, 2006

Imagen: Poster del filme


Entrevista para La Ramona (Sergio de la Zerda)


-Diario secreto comienza con un hecho muy violento, que sin embargo es apenas una antesala de las atrocidades que se narrarán a continuación. Tal vez algo cercana a Fantasmas asesinos (Wilmer Urrelo), su obra es mucho muy distinta a las que ganaron el Premio Nacional de Novela. ¿Eligió el tema de la violencia pensando también en plantear una ruptura con la actual literatura boliviana?

Creo que el planteamiento de ruptura con una, o una cierta tradición, es importante. No el fin en sí, pero vale como búsqueda. Hay mucha violencia en la literatura boliviana, sobre todo de tipo social. Pero no se han hecho introspecciones al respecto, algo que al menos intento en Diario secreto.

-Asesinatos, violaciones, torturas y maltrato de humanos y animales conforman buena parte de su novela, misma que -se afirma en contratapa- quiere reflexionar sobre los límites del bien y el mal, de la locura y la cordura. ¿Le ha sido imprescindible contar tales crímenes para lograr su propósito?

Creo que sí. Se presenta un retrato y se quiere dar la peor imagen de él. Implica contravenir las reglas, perturbar, molestar, insultar, provocar, hasta el punto que el personaje sea insoportable y, como tal, de pronto hacerse real, excediendo para el lector los límites de lo que denominamos ficción.

-¿De qué modo pesaron más influencias de la literatura, el cine y el cómic negro antes que disciplinas como la psicología y la psiquiatría para decir desde la perspectiva de un psicópata, y por qué el recurso de no nombrar a su personaje?

El cine y el cómic negro, mucho. Y la literatura universal que explora, de lleno o de soslayo, el asunto del Bien y el Mal, del crimen, cinismo, pasión, sevicia. Desde el Raskolnikov de Dostoievski a El perfume, pasando por Kafka, Meyrink, Nerval, Bataille, José Eustacio Rivera, Scorza, Solzhenitsin, Böll, Amin Maalouf, y tantos otros que tocan el tema en mayor o menor grado. ¿La anonimidad del personaje? A partir de la idea de que todos podemos ser él.

-Un fragmento de muchos otros similares de su libro dice: “(Las mujeres) Eligen al mejor (hombre), por herencia animal, sin rastro de análisis y menos de sentimiento. Este último se manifiesta como si fuese primario, no siéndolo, y allí comienza -si sucumbes- tu declive, hasta quedar como pasto inútil de complicaciones, objeto del manipuleo artero y endemoniado que les legó Satán en el árbol de la higuera”. Desde luego que lo que dicen los personajes literarios puede ser compartido o no por su autor, pero ¿no teme que el Ministerio de Culturas u ONG “feministas” como el IFFI empiecen a hacer cartas exigiendo se le quite el Premio y se le bote del país, sanciones que -sabemos- ya pidió una persona en particular luego de leer su libro?

Se pueden hacer muchas lecturas, y muy diversas. Entre ellas puede caber la que mencionas. No me sorprendería. Los casos de libros que han sido atacados y vilipendiados por el status quo son innúmeros. Baste recordar El concilio de amor, de Oskar Panizza, que derivó finalmente a su autor en un asilo psiquiátrico, quizá su último refugio. No es el caso mío por razones largas de explicar, porque no cuestiona, como lo hacía Panizza, el rol de la iglesia en la sociedad de entonces. En mi libro no se cuestionan instituciones ni el poder. Es un cuestionamiento íntimo, que claro puede despertar sospechas y enojos en ciertos grupos. Pero hay que leer las cosas en contexto.

-En anteriores entrevistas negó que su novela pretenda ilustrar la decadencia de una sociedad. En ese sentido, manifestó que es indiferente que su historia transcurra en Estados Unidos o Bolivia. Pero, ¿profundizar en las disfunciones de un individuo como el personaje de su novela no implica también criticar a la sociedad de la que éste es parte?

Es criticar a la sociedad como tal. Si alguien quiere entenderla como una ilustración de la sociedad capitalista, vale. O de la boliviana, también. Lo que trato en la novela es inherente al ser humano y lo ha sido en todas las épocas y lugares. ¿Qué hacía de Reinhard Heydrich, bestia asesina, un hombre cariñoso con los niños y amante de los animales? ¿Por qué el cochabambino Armando Normand, supuestamente respetado miembro de la sociedad local se convertía en el monstruo del Putumayo? La eterna paradoja de Jekyll y Hyde, del maestro Stevenson.

-El escritor Edmundo Paz Soldán reside en Estados Unidos y, desde ahí y otros países, actuó como una suerte de “padrino” de jóvenes escritores nacionales, a partir también de su éxito personal. En varias de sus notas usted -que igualmente vive en el país del norte- menciona a literatos nacionales como Darwin Pinto y otros. ¿Se siente asimismo como un promotor de otra camada de escritores? ¿De qué línea de escritores?

No me siento ni me creo promotor de nadie. Soy un tipo solitario que aborrece los cenáculos, partidos políticos, sociedades benéficas, y asociaciones de fútbol. Escribo de algo o alguien si me siento impactado por lo que leo, veo, escucho. No creo en las roscas, y pienso que la tradición rosquera de nuestra literatura nos hace mucho mal. Con Darwin, a quien conocí por unos siete minutos hace un año en el aeropuerto de Santa Cruz, me liga una aproximación común a lo literario. Es un gran escritor, con mayor número de libros publicados que yo y a quien mal podría promover. Gracias a la tecnología y las llamadas redes sociales que penetraron mi cueva intacta por treinta años, estoy –felizmente- conociendo autores nuevos y otras perspectivas de la literatura boliviana, escondida aún. Eso me hace feliz, interrelacionarme y aprender, y si algo pueden sacar de mí, bienvenidos.

-El exilio voluntario, su anterior e internacionalmente premiado trabajo, tiene un componente político muy evidente que, a la sazón, podría ser calificado como “de izquierda”. Sin embargo, en sus textos de opinión política, usted se alinea en una postura altamente contestataria a regimenes -por ejemplo el boliviano y el venezolano- que se identifican con tal corriente política. ¿Una cosa es la literatura y otra los textos de opinión?

Soy contestatario de lo que creo fraudulento, no me importa de qué lado. Tan de izquierda es El exilio voluntario que cuando un amigo norteamericano me ofreció trabajar con él como asesor financiero, declinó su oferta luego de leer la novela. Me dijo que era imposible “que un socialista como yo” trabajase en su proyecto, que demostraba en las páginas del Exilio mi posición respecto del capital. No hay contradicción entre ese libro, por ejemplo, y mis textos de opinión. Es falsa y errada la lectura que se hace de estos últimos. Nadie, en el país, fue tan despiadado con el gobierno de George Bush, público y en prensa, como lo fui yo. Las críticas de Evo Morales al “imperio” son flores de tocador al lado de mis diatribas, desde aquí y arriesgando un control, como se me hizo, en plena “guerra contra el terror”. Felizmente todo está archivado y compilado y verá su publicación en libro en un futuro.

-En su discurso de recepción del Premio, ha dado una pista de que en el futuro apuntará a otros certámenes literarios de prestigio internacional. ¿Qué cree que debe hacer un escritor boliviano para ganar reconocimientos internacionales de altísimo vuelo?

Creo en el talento, pero mucho en el trabajo. A veces, para escribir una columna, leo un par de libros, más artículos, más entrevistas, videos, etc. Detrás de la obra concreta se esconde un mundo gigantesco de fundamentos, apoyos, horas, correcciones, borrones, intervalos de años entre una página y otra, lecturas, aprendizajes que van estructurando un trasfondo útil. Mi primera novela, El señor don Rómulo, tiene seis versiones en mi ordenador. Seis novelas que se consolidaron en una. Eso es trabajo. Y lo aconsejo. Y autocrítica. Respecto de los premios, como dije antes, son la manera más sencilla de publicar sin arrebatos. Y en una mísera sociedad editora como la nuestra (ha mejorado mucho), tal vez la única, por ahora, de hacerlo. Me gustaría uno de los premios de gran prestigio. No son imposibles. Soñar no cuesta. Intentarlo sí, pero, de todos modos, si no se gana, ya se tiene otra obra en mano.

PING PONG
Por favor, responda lo primero que se le viene a la mente cuando escucha las palabras:

-Cine:
David Lynch

-Amor:
Juno y Júpiter

-Fútbol:
Pedro Rocha, Norberto Alonso

-Estados Unidos:
Mark Twain

-Bolivia:
claroscura

-Premio futuro:
Herralde

Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Aurora, diciembre 2011

Publicado en La Ramona (Opinión/Cochabamba), 25/12/2011

Diario secreto: poética de lo macabro


Por: Mijail Miranda Zapata


Semanas después de conocerse el fallo del jurado del Premio Nacional de Novela, se habló mucho de las cualidades narrativas de Claudio Ferrufino-Coqueugniot (CFC). No obstante, el debate centrado en los recursos formales y estilísticos del oficio corrió en desmedro del análisis de contenido y sus diversas interpretaciones. A partir de este espacio se propone reencausar el curso de las discusiones.

No resultará extraño que la novela desate polémica. Si bien esto derivaría positivamente en la apertura de renovados espacios de diálogo, deben evitarse las lecturas apresuradas que degenerarían la complejidad de la obra en prejuicios pacatos y tendenciosos, capaces de provocar su censura.

A primera vista el libro ofrece un personaje sórdido, impregnado de fetiches y hábitos psiquiátricamente patológicos. Aun así nos resulta atractivo, siendo esta confrontación de emociones el anzuelo usado por el novelista para envolver al desprevenido lector que, con el transcurrir de las páginas, se convertirá en cómplice y autor de crímenes espantosos. Los límites de la imaginación y la decadencia son tan cercanos como imperceptibles.

Los capítulos iniciales parecen proponer un manifiesto ético y estético, denotando la ambición del autor respecto a los alcances de su obra. A su vez una serie de secuencias anecdóticas devienen en la diagramación milimétrica del universo total de Diario Secreto. Muestra clara de la fortaleza narrativa de CFC, ya demostrada en trabajos anteriores (El señor don Rómulo, Segunda Mención Premio de Novela Casa de las Américas 2002; El exilio voluntario, Premio de Novela Casa de las Américas 2009).

Llegado este punto conviene reconsiderar la lectura. Si enfilar el dedo índice hacia el prójimo más cercano y azuzar el fuego del veto son nuestros pasatiempo preferidos, no valdrá la pena desperdiciar las vísperas navideñas para adentrarnos en el sombrío territorio esbozado por CFC. Oscuridad que, por cierto, no es ajena a ninguno de nosotros. De esta última afirmación puede deducirse que la novela es una interpelación directa al lector, mediante la visibilización de sus pulsiones más básicas y ecuménicas, que estremecido en el banquillo de los acusados no podrá hacer más que admitir la culpa de su violencia y sus depravaciones.

Adentrándonos en la historia, impresiona un capítulo en especial. En éste uno de los personajes secundarios nos introduce a su relación con el principal. Quizás el minucioso relato de ese microcosmos propicie la certeza de saber que somos víctimas de un cruel prestidigitador que no hace más que proporcionarnos sufrimiento. Una extraña metáfora que nos concibe dioses y mártires a la vez, una elaborada forma de oxímoron. En todo caso nada más impresionante que esta revelación. Habiendo abordado los develamientos, quizás el más triste sea el de saber que este psicópata no es un personaje ficticio, sino la humanidad entera. No será difícil reconocer frases cotidianas que, en este caso, son presentadas como las de un demente. Triste constatación de nuestras miserias.

De igual forma los personajes exponen una racionalización exacerbada, casi a modo de justificación, de comportamientos malsanos y sin embargo inherentes al ser humano. Rotunda contradicción en la que nos sumerge CFC. Es así que asumir la humanidad desde la sangrienta experiencia de la memoria se constituye en una actitud frente al mundo. Reconstruirnos desde nuestro morbo por el sufrimiento y el dolor ajenos para prescindir luego de estos rústicos pastiches de humanidad. Ir aún más allá de la realidad expuesta, transgredirla, penetrarla, traspasarla. Asesinar el tiempo y sus evocaciones, quedar suspendidos en las insondables praderas de lo eterno, la divinidad hecha carne. Entonces entra en escena la sexualidad entendida como ritual. Resulta necesaria la revalorización del sexo como elemento esencial de transgresión, en tiempos en los que pululan manuales de felación y cunnilingus. Una enajenación de la sexualidad a las huestes del desparpajo moralizante y sublimante. Una vez más la exaltación de las pulsiones primarias. ¿Desenfreno y perversión para vaciar de maldades el mundo? Una alternativa más.

Por otra parte, Diario Secreto de alguna forma rememora el film francés Mártires, en el que una secta científico-religiosa mistifica la trashumación de la vida a la muerte. Algo debe encerrar este viaje que los genios de Pascal Laugier y CFC se ocuparon de él desde perspectivas apenas distintas. Tampoco puede obviarse la cercanía de este trabajo a La naranja mecánica, más a la de Kubrick que a la de Burgess, las obras del Marqués de Sade o las de la austriaca Elfriede Jelinek. En cualquiera de los casos la violencia y la sexualidad explícitos no son gratuitos y responden más bien a una tradición literaria y cinematográfica que sabe provocar, cuestionar, indisponer y catalizar sus contenidos a un terreno propicio para una introspección cabal y diáfana, sin los vicios de la moralina y los tabúes. El acercamiento a Sade llega incluso más lejos, siendo ambas obras artísticas un solo imaginario capaz de concentrar las vertientes de alguna forma nueva de religiosidad. Una extravagante y lúcida manera de pensar el mundo prosaico, entendiéndolo simplemente como elemento secundario de un cáliz distinto, complementario, vital y eternizante.

Diario Secreto es, también, una obra poética en todas sus proporciones. De alto contenido metafórico, con una construcción de imágenes indelebles, tan violentas como surreales, en algunos casos, y un ritmo trepidante, envolvente, incisivo. El conjunto de la novela reúne cualidades dignas de un gran poema. Poética de lo macabro podría decirse. Un frente a frente, creador y espectador. Una sucesión de imágenes, sonidos, olores, texturas y un sinfín de sensaciones en extremo viscerales. Un devenir certero de reproches, culpas y verdades. Así, esta poética de lo macabro concluye siendo un severo cuestionamiento a la cultura de la violencia y la guerra que envuelven el desarrollo de nuestra civilización. Así, también, concluye la novela. Desafiándonos a encarar el mundo de nuevo, repensar nuestras acciones cotidianas, las nimiedades que propician nuestra autodestrucción.

Para finalizar cabe hacer una última advertencia a los posibles lectores. Inhóspitos parajes aguardan en esas páginas, terrenos lodosos, oscuros y húmedos recovecos. Nada más cercano a nuestra intimidad. Cuidado, podría ser descubierto en su goce más insano o sus secretos más grotescos.

revolucionkbx@gmail.com

Publicado en La Ramona (Opinión/Cochabamba), 25/12/2011

Imagen: Portada de la novela

Thursday, December 29, 2011

Síntomas/MIRANDO DE ABAJO


Triste el destino opositor en América Latina. Se espera, país por país, prácticamente la intervención de la providencia para descartar a los líderes actuales, populistas y corruptos. No hay unidad, menos proyectos que opongan alternativa.

Argentina, donde ya se ha fundado una sucesión que puede durar cincuenta años, se sustenta con un auge económico sin precedentes en las últimas décadas. Eso ve el “pueblo”, lo siente, y lo apañan los intelectuales para quienes revolución puede bien significar un entarimado de drama televisivo, con llanto y fastuosas perlas, donde Cristina Cenicienta materializa el sueño escondido de la masa argentina del retorno de la gran cabrona, Evita, arrojando regalos desde un tren de lujo. De eso gusta la chusma, de la dádiva y el novelón. No pide otra cosa. No hay secreto. ¿Qué oponer a ello? Aguardar por algún fortuito incidente que vuelque la tortilla.

En Venezuela se sigue con ansiedad el embate del general cáncer. El coronel Chávez jura y rejura haberlo derrotado. Ha requerido el embrujo de los demonios originales, las sombras traídas del África, las supervivientes indias, sumadas a la parafernalia católica para lograrlo. Escondió los tratados del judío de Tréveris, Marx, para no ofender a los espectros, y en lugar de combatir con la espada de Bolívar se hace limpias con ramas encantadas, manejadas por inmundas manos, y pasará de rodillas, como niño al lado de cama, demandando al destino el por qué le quita la gloria de ser eterno y bocón. La oposición en Venezuela es la muerte. Voto único y decisivo.

Ecuador, qué decir, cuando el individuo que preside representa una mezcla extraña de machito audaz y mariquita sollozante. El pobre es víctima de todos. Nadie comprende el altruismo inconmensurable de su gobierno, sólo el pueblo humilde, a quien controla, como sus iguales afuera, con la falacia de los bonos que son soborno de la inteligencia, insulto de la dignidad. Cómo, y quién, puede revertir las cosas: el Niño, la Niña, alguna bala perdida, un milagro, un meteorito.

Y podríamos seguir subiendo por el continente, cruzando el Darién donde en algún momento también alguien se creyó intocable e imprescindible: Manuel Antonio Noriega, pero el azar dispuso mareas de helicópteros y marines que acabaron con el oprobio que habían contribuido a fundar, y convirtieron al amo en un número de celda, al vindicador en presidiario al arbitrio del vicio de los reclusos antiguos.

Preferimos no avanzar ya, quedarnos donde estamos. Al encender el televisor, Marco Tinelli, showman rioplatense, demuestra por qué un lugar que dio a Borges y creció entre caudillos y cuchilleros, tiene visión tan escasa. El día en que Tinelli invite a bailar a la viuda en cueros, habrá roto para siempre el rating. Ni la Difunta Correa traería más audiencia que la llorona echándose un tango kirchneriano.

Nos quedamos en Bolivia, país donde el que preside huye cada vez que amenaza tormenta. O tiene miedo y es cagón, o necesitan proteger a ojos vista de la ignorancia popular su aura de profeta lampiño. La oposición anda dejándose cazar como conejos. Si no fuera por la patriada de los indígenas del TIPNIS, que ahora quiere desmerecer otra marcha de comprados, poco habría para preciarse. Los ambiciosos de siempre debieran entender que es ese núcleo de la CIDOB y el CONAMAQ por donde pasa la derrota masista. Lo demás son balbuceos partidarios, mínimos, inocuos. Al oriente le rompieron el espinazo. Una cosa es bravuconear con pistolas y bandas de música en las calles y otra el valor de enfrentar a quien quiere destrozarte. Ya no sirven fachadas en la hora actual. Ahora es tiempo de valientes o no queda tiempo. Si no estamos como los otros, los vecinos, rogando porque Obama se dé cuenta del peligro narco boliviano y actúe, o que se caiga el cielo sobre la cabeza de la hidra.

El segundo de Evo, o su jefe, prepara medidas abusivas y la gente reaccionará. Pero dónde están los previsores de tal alzamiento, sus catalizadores y guías. La masa ciega inunda, incendia, destruye, y de ahí qué.
25/12/11

Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 29/12/2011
Publicado en Semanario Uno 442 (Santa Cruz de la Sierra), 30/12/2011

Imagen: Louise Bourgeois/Storm at Saint Honoré, 1994

Friday, December 23, 2011

Nueve vidas de un gato/MONÓCULO


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Hasta un aura mítica se va creando alrededor de la capacidad de supervivencia del presidente. Ha capeado conflictos que hubieran destronado a otros, e incluso se ha burlado de ellos después. ¿Responde a especiales cualidades políticas o a circunstancias? ¿Características que tengan que ver con lo boliviano, nacional o pluri, por igual?

En Bolivia, siempre, incluso en incipiente democracia, lo que prima son los intereses de los poderosos. Se me dirá que eso es extensivo a cualquier país y cualquier época. Cierto, pero no en vano ha avanzado la historia para permitir realidades de bienestar colectivo sin caer en la falacia “socialista” donde un amo y su corte piensan y deciden por los demás. No es el caso nuestro, donde maquillajes sociales usurpan el pleno derecho de las gentes a elegir sus pasos. Eso sin considerar un aspecto importante de tipo subjetivo, que se anota en el plus del gobierno masista, quizá a través del miedo a los otrora patrones, haber logrado vencer barreras insalvables de diferenciación étnico-social. Subjetivo porque las masas sienten que alcanzaron un espacio negado por demasiado tiempo y lo hacen saber con orgullo, como debió haber sido desde un principio. Si el indio hubiese participado como sujeto del quehacer nacional, otro sería el cuento. Los errores se pagan, y esa queja, la del “indio” como culpable y enemigo es obsoleta.

Pros y contras superestructurales, como decían en la universidad, y digresión necesaria para aclarar que ese punto no es el pivote sobre el cual debe basarse la oposición, y sí en el que se apoya y sostiene el gobierno de tinte popular. Lo concreto es que el pobre no ha cambiado de estado. Políticas de limosna, usuales en gobiernos similares, doran la píldora, crean espejismos de falsa comodidad, pero no fundan bases para ningún progreso posterior. La dependencia de la masa hacia el poder garantiza en primera instancia su popularidad, pero suele ser arma de doble filo si la economía no crea recursos para sustentarlos indefinidamente.

Con unos pesos se tapa la boca del hambriento, en cualquier lado. Se eterniza la abyección del limosnero, camino que no conduce a fin, que en algún momento va a explotar y revertirse en contra de los domadores-amansadores. Esa masa, pueblo, plebe, idolatra a Morales por ahora, mientras pueda mamar así fueren miserias, sin esfuerzo. Pero, y volvemos al principio del texto, no son sólo los desarrapados y menesterosos la base que sostiene al gobierno, sino gente poderosa, escondida, cuyos intereses se han visto beneficiados sobre todo por la relajada política de la coca, y que, aunque por origen debiesen contarse en el grupo opuesto, por ganancias se sitúan del otro lado. Hemos vuelto a los años de las dictaduras militares, donde una casta delincuencial, que se ha ampliado al altiplano y los valles esta vez, continúa lucrando con el negro negocio del narcotráfico. Hay puntales, en El Alto o Rurrenabaque, para quienes mantener el status quo actual es vital, y que, dados los enormes réditos, impedirán el cambio, abogarán por la destrucción de los parques nacionales, y más.

En Bolivia el asunto no es de tipo étnico, ni siquiera partidario; esa es la fachada, manipulando una larga historia de racismo y abuso. Aquí hay un fabuloso negocio donde participan quién sabe cuántos, dónde y a qué niveles. Así es fácil sobrevivir cualquier andanada coyuntural. Que tal vez ocurra un descalabro, nadie duda. Las explosiones populares son ciegas y se guían a oscuras; son imponderables. La pregunta es simple: ¿conviene a cuántos la situación, y cuán serios son en querer transformarla?
21/12/2011

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Publicado en Puntos de vista (Los Tiempos/Cochabamba), 23/12/2011

Tuesday, December 20, 2011

Lectura para el Premio Nacional de Novela 2011


Como corresponde, me toca agradecer a los auspiciadores del Premio Nacional de Novela, que alcanza hoy su treceava versión. Al Estado de Bolivia, por medio del Ministerio de Culturas, a la embajada de España, al Grupo Santillana y su firma Alfaguara, a los jurados y, sobre todo, a los escritores, sin cuyo concurso no habría premios que repartir.

¡Trece premios! Impresionante logro en una sociedad como la nuestra en la que siempre ha sido tan difícil acceder a la lectura y a la información, y peor a la remota posibilidad de que la obra de uno alcanzase reconocimiento. E impresionante también el empeño del escritor boliviano de superar escollos al parecer insalvables y que nos han siempre puesto en situación de desventaja ante nuestros pares latinoamericanos, ni qué decir del mundo. Cuando repetimos, porque nos gusta repetir lo poco que pensamos que somos por un lado, y mitificar por el otro, hay que considerar que nunca estuvimos en igualdad de condiciones con los demás. Y que si la literatura boliviana todavía no ha dado grandes nombres no se debe a cierta discapacitación física o idiosincrásica, sino a un conjunto de circunstancias ajenas al devenir literario. El Premio Alfaguara de Novela vino a aliviar esa suerte de desamparo en el que trabajamos los artistas de la palabra en el país. Encomiable pero jamás suficiente. Mientras no se desarrollen políticas al respecto y se comprenda que el oficio de escritor es tan válido y tan duro como cualquier otro, no podremos acercarnos a la idea de una sólida literatura nacional, plurinacional, o como quiera llamársela, un espacio normal y colectivo de creación y no una cueva de alucinados, nihilistas, favoritos, apadrinados, que trabajan solos y se escudan detrás de torres de marfil o de un ostracista silencio.

No quiero con esto implicar que hay que crear escuelas de escritores. No se aprende a escribir en la academia. Se aprende en la vida, y si algo tenemos en Bolivia que nos puede ayudar a hacerlo, tal vez lo único que tenemos, es una dramática experiencia de vida que arrastramos por centurias. El caldo de cultivo está, también los artistas, pero se necesita la infraestructura para desarrollarlo, maestros, bibliotecas, libros, becas, incentivos, clubes literarios, revistas, diarios, centros de estudio, con igual afición a la que ponemos para presentar campos deportivos, estadios, que también son bienvenidos ¿O no tenemos nada para contar? Creo que no nos alcanzarían muchas existencias, ni perpetuidades, para terminar de narrar lo que es Bolivia, en la forma en que se desee, en estilo tradicional o de vanguardia, histórico, surreal o metafísico, con la soltura y genialidad de cualquiera. ¿Que Bolivia no tiene tradición literaria? Falso, no quizá en la cronológica descripción de grandes hombres de letras que tendría una Francia, pero sí en la fantástica tradición colectiva no escrita que habita en nuestra diversidad, nuestros dolor y alegría.

Me he sorprendido, con la explosión tecnológica, y el contacto hecho con jóvenes a través de ella, de cuánta esperanza late en las letras bolivianas, y cuánto trabajo hay, del número cada vez mayor, y obstinado, de gente que escribe a pesar de. En Bolivia son muy pocos, entre los autores, los que tienen oportunidad de subirse al micrófono y decir lo que piensan –como lo hago yo en este instante- Que ese lunar se expanda. El premio nacional de novela tiene que ser un punto de partida y no un final. Suena demagógico, pero no lo es, no puede serlo. Si un país no escucha sus voces, es el país el que pierde.
El sueño de todo escritor es ser reconocido en la tierra donde nació. Hay hasta algo de filial en ello. Es normal y es precioso. Por eso la significancia para mí al obtener este premio supera otras que podría quizá tener. Es un poco devolverle a la tierra lo que nos ha dado; a los padres, hermanos, amigos, parejas e hijos, a los días y años sin fin en que se trashumó por sus calles, pesares, desdenes y fiestas, también. Porque uno no puede evitar, y en mi caso no quiere, saber de dónde vino y dónde va a morir, por encima de cualquier infaltable patraña que el tiempo trae a bien o mal venir.

Tal vez suene como huero discurso político, sin serlo. En mí, ahora, deseo creer que se premia la ardua labor de los que escriben, los de antes, los contemporáneos, pero sobre todo los jóvenes. No se premia conmigo a la élite, de eso pueden estar seguros, yo vengo del montón y del trabajo, de esa Bolivia multifacética y dispersa que todavía se busca a sí misma. Pero, antes de terminar, una observación que creo pertinente ya que dio en controversia. El arte de escribir es también la penuria de escribir. Y como para tallar el carpintero una mesa suda y se hiere las manos, lo mismo el que escribe. Retorno siempre al viejo y sustancioso Wilde y su mayor consejo: escribir se logra con un diez por ciento de inspiración y noventa por ciento de trabajo. O algo por ahí cerca, que tampoco es matemática.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot
La Paz, diciembre 2011

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Leído en la premiación del Premio Nacional de Novela Alfaguara 2011, 06/12/2011
Publicado en La Ramona (Opinión/Cochabamba), 10/12/2011

Imagen: Portada de Diario secreto, Alfaguara, 2011

Las muertes/MIRANDO DE ABAJO


Me entristeció el fallecimiento de Cesária Évora hace dos días. Artista de humilde origen crecida a diva por méritos artísticos y un particular estilo que puso a su isla madre, Sao Vicente (Cabo Verde), en el panorama musical del mundo. Recordada sea.

Pero esta noche una alegría iluminó la tristeza, demostrando que la muerte es paradójica, que dispensa pena y contento por igual. Nadie se alegró por la muerte de la gran cantante negra, pero muchísimos festejamos el fin del tirano feo, Kim Jong Il, de Corea del Norte, a causa de sospechosa “fatiga física”. Como fuere, fatigado o asesinado, nos libramos de la detestable y criminal figura de este individuo que tiene al hacendoso e industrial pueblo coreano comiendo raíces por décadas. Lo sigue de seguro su hijo, lombrosiano como el padre, y hay temor por lo que pudiere hacer. Pero confiemos en que el aura de su padre y abuelo no lo sigan y que algunos, o alguien, sean expeditivos con él. Saben a qué me refiero.

Funcionarios culturales cubanos me contaban en La Habana sus experiencias de Corea del Norte, la pesadez de ser constantemente observado, el espionaje y la denuncia como modo de vida. Hubo un episodio risible, en el cual un estudiante isleño, apurado por necesidades físicas, tropezó con el problema de falta de papel higiénico. Agarró lo que tenía a mano, un diario oficial, y se limpió el culo con el rostro del tirano. A tanto llegaba el control que se armó la grande. Los esbirros del régimen revisaban incluso los desechos y encontraron la mancillada fotografía del líder, evidencia presentada en contra del transgresor que no había respetado lo sacrosanto de Kim Jong Il. Minuciosidad comunista.

Dejemos la escatología de lado para pasar a la afrenta que significan estas dinastías de la izquierda, iguales o peores que las de derecha y monárquicas porque se basan sobre la mentira de defensa del pobre. Un amigo periodista apuesta en Facebook en quién será el primero en comparar a Morales y Correa con el coreano. ¿Para qué? Sobran las comparaciones. Tres andróginos que sueñan, o soñaron, con eternidad, como aquel al que pronto arrastrará la muerte de los pies, el bufón de Venezuela, quien por más que se cubra de mantones de virgen y brujerías caribes ya huele a estiércol.

Nadie es imprescindible, y nadie debe quedarse en el poder más que el limitado mandato que por votación se le asigne. Si se da el caso de haberse hecho del poder por revolución o golpe, no significa que por ello deba eternizarse en el trono, y menos fundar dinastías donde la familia se adueña del bien colectivo. El que lo hace es tirano, y a juicio de San Agustín es legítimo deshacerse de él. Con la muerte de la cosilla esta que torturó a Corea del Norte, se abre la posibilidad de cortar por lo sano y mandar al heredero a trabajar (recuérdese el filme El último emperador), o mandarlo a mejor vida, que es cruel manera de decir lo contrario.

Mal les pese a algunos, también le llegará el tiempo a Latinoamérica. Ya basta del experimento popular entre comillas que embobó a intelectuales de izquierda y supo arrear la recua como cualquier patrón. No implica echarse de nuevo en las faldas de la estúpida política exterior norteamericana, pero tampoco caer en la fábula de navidades coqueras, con panetón de coca y una élite embolsillándose los réditos de haber vendido y destrozado al país. Basta de lloriqueos de la Fernández, heredera de ladrón notable, que va preparando el terreno para que la suceda su hijito, fundador de la Cámpora, fraudulento y vil como resultaron todos estos experimentados delincuentes que al término revolución le pusieron significado de robo.
18/12/11

Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 20/12/2011

Imagen: Hambre en Corea del Norte

Sunday, December 18, 2011

Aeropuertos


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me pregunto si cuando una persona deja de sentir nostalgia por la cocina de casa, de la tierra, la patria, tantos nombres para decir el origen, significa que el recuerdo, vago aunque real, del pretérito va dando lugar a nuevos paradigmas. Me vuelvo a preguntar si a pesar de todavía existir una mirada melancólica hacia los humeantes platos de ayer el gusto cambia, cuando ya no queda en el paladar el sabor que dentro de oréganos y cominos arrastraba otros espacios que incluían sírvete, y choclos, y papas para hacerle homenaje a Vallejo.

Creo que no. Tal vez, digo en silencio, me cansé. ¿O será que idealizamos tanto que la memoria comete fraude? Puede ser, porque las salteñas y las pukacapas no sabían lo mismo, y el chorizo valluno de arraigue tan viejo como cuando mis antepasados movían a pistola a Melgarejo, guarda un dejo dulzón del que no me acuerdo. Será senilidad, aguzamiento, diversidad, experimentación de opciones distintas. O tal vez que cuando a uno se le muere la madre, con ella mueren los sabores. No lo sé.

Afuera, en la Florida de este Miami que jamás me ha gustado, hace calor. Dentro del aeropuerto está fresco. Ya son las ocho y todavía no me he comprado un café. Espero conexión a Atlanta para seguir a Denver, donde el frío construye el hogar en términos idílicos. Idilio que se rompe con los gritos de los limpiadores cubanos. Hablan como si perecieran, en estertores agudos, chocantes para mi timidez andina. No puedo imaginarlos en medio de la nieve de Colorado, con los pies entumecidos y los bigotes con cascadas de hielo. Pueblo caliente este, que de pronto me hace apoyarme en la baranda del muelle de Cienfuegos, en la bahía, viendo pasar peces aguja de intenso color azul, después de un opíparo desayuno de veintena de cosas, y una horma de roquefort europeo que me gusta comer en trozos, aunque después sufra quemazones al interior de la boca. Jagua y queso roquefort, paradojas de esta vida, en una Cuba donde una mujer vieja tapa el sol del que me apodero y dice amar a Fidel pero que si no tengo una camisa para regalar al hijo, y mira, chico, mis zapatos, y sus zapatos no lo son, simples plásticos amarrados con hilos de colores. Gritan los trabajadores de Cuba, tantos, hombres y mujeres vestidos de azul, en este grande espacio, y limpio, de una deleznable ciudad.

Siempre tengo un libro a mano en los aeropuertos y nunca leo. Salí de Aurora con un dietario de Patxi Irurzun y no he pasado de la página diez. Nada que ver con el autor, sino con mi manía de observar la gente, formas de caminar, ropas, caderas, medias, cabellos, colores y etnias. Narración, la del frenesí humano, que corre sus páginas como herido por el simún, cien mil historias, ninguna respuesta, sin moraleja y no destino. Así vuelan los pasantes por los aeropuertos, mirándonos un instante, un cruce de pupilas y después el nunca más. Algo de misterioso y mágico en ello. Algo de terrible.

En un Starbucks compré un delicioso mocha, tanto que no necesitó azúcar para estar dulce. Lo acompañé con queque de limón cubierto de blanco frosting. Me senté ante un ventanal y tuve mi desayuno, solo en el país de los individuales, observando los ires y recorreres de la gente aerófila, por gusto u obligación, y me sentí en paz, a pesar de los que nunca faltan, los de inmigración, demandando que cuántos días, por qué y con quién. Les dije que fui a recibir el Nobel, el Nobel de qué, preguntaron. El de literatura. Ah, adelante entonces. Pensé en líneas del poeta sueco, Tranströmer, las repetí mientras alternaba verso con torta limonada. Y me asumió la calma. Ya no la premura, más bien la conciencia, de que en unas horas estaría en casa, con mi mujer y quizá mis hijas, en nuestra cueva con máscaras punu robadas de rostros de mujeres muertas, con los sabores que hemos ido creando, nosotros, únicos, cercanos pero también ajenos a los eucaliptares de Cochabamba y las colinas de Nossa Senhora de Socorro. ¿Es esa la frágil línea que cruzamos cuando nos hacemos adultos? ¿La de inventores de un nuevo círculo, con elegías y desdenes, con comidas y olfatos que perdurarán hasta que los vástagos lleguen al punto en que fundarán los propios?

Llaman para el avión a Atlanta. Por allí me detuve ha mucho, con María Renée, y nos asombró una ciudad de negros, bien negros que no nos querían. Pero esa es historia aparte, del extenso mundo de racismos y razas, de política, economía y la distribución del poder, incluso entre los de abajo: los feudos pobres. Fila 39, asiento A, ventanilla; he de ver los manchones de los Everglades, sin mirar que a los caimanes nativos los devoran las pitones burmesas, libradas al monte por los pet lovers, los amantes de mascotas… todos.

Dieciséis horas después comienzo a ver los mantos de nieve sobre la alta pradera. Colorado, lugar donde vivo hace ya casi veinte años. Sé que en casa se dora en el horno un pernil que saldrá anaranjado, y las patatas amarillo oro. Pienso en las calles de mi vieja ciudad, la del valle y chicharrones, de las escasas salidas de estas noches con amigos. Y rescato, no tanto las comidas que supieron diferentes ahora, pero unas canciones de Piero y Raphael que cantaban ebrios sobre un estrado.

Estamos hechos de nostalgia. Y me parece bien, mientras no incomode el desarrollo, la expectativa del futuro. No hay que olvidar. Nunca olvidar. De ahí, de la conjunción de lo contemporáneo y lo polvoso, se nutre parte de mi literatura. Y en mi cocina se mezclan los ardides del pueblo indio con la sofisticación de los gourmets de las metrópolis.

Por hoy se terminó el aeropuerto. Me gusta ver la gente caminando, corriendo, conversando. Las madres que alimentan a sus bebés con botellas porque amamantarlos acá casi equivaldría a pecado. Pero me agoto cada vez más. Y los sueños de lugares ignotos, ancianos, ya los busco en las páginas de los autores y no en tickets de vuelos. La ficción cubre de un soplo la realidad, como si arrojasen un velo islámico ante mis ojos.
13/12/11

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Publicado en Ideas (Página Siete/La Paz), 18/12/2011
Publicado en Semanario Uno (Santa Cruz de la Sierra), 10/01/2012

Imagen: Jacques Moiroud/Once I Wanted to Travel the World 

Saturday, December 17, 2011

Detalles y voces incongruentes/MONÓCULO


Tuve que renovar mi cédula de identificación. Eso me tenía con los cabellos erizados, porque la experiencia de entrar al antro oscuro y pesado de la oficina aquella se escondía en el lugar de las peores memorias. Sacar el documento equivalía a descender al abismo del abuso, la glotonería policial, el favoritismo, la coima. Incluso pagando por servicios extraordinarios para acelerar el proceso, el ciudadano se hallaba a merced de oficialillos que crecían su triste imagen hasta la omnipotencia. Kafkiano es buen adjetivo, pero mejor es dantesco.

Con esos miedos royéndome el estómago comencé una fila que para gran sorpresa se movió. Montón de jóvenes, con ceños adustos igual a sus antecesores, supervisaba, vigilaba, informaba, y hacía expedito el paso al nivel siguiente, en el mismo antro oscuro y pesado que no lo pareció tanto porque, evidente, la espera no era muy larga y llevaba término. El asunto duró entre una y dos horas y salí con un flamante carnet y el mismo rostro, asombrado y diciéndome que al menos algo se había hecho bien.

Que cuánto dure, no sabemos, y cabe entre las posibilidades que el partido de gobierno penetrando los archivos de identificación manipule votaciones futuras teniendo las manos en la masa. De todos modos eso podía suceder con los otros dentro de una institución fraudulenta. Matar el ogro voraz que fue el manejo policial allí ha sido profiláctico.

Por otro lado, y donde el azoro deja lugar a la pena, aguardamos en Cochabamba la anunciada marcha a favor de la carretera, según el trazo que atraviesa el Isiboro-Sécure, mañana, adelantando el viernes para de seguro festejar el triunfo de la insensatez con banda y alcoholemia. Porque seamos francos con nosotros, si no se defiende el TIPNIS radicalmente, será bien pronto arrasado, además como el parque punta de lanza para un proyecto que acabará con todos: Choré, Amboró, Madidi, en el desenfreno autosuicida en que se han empeñado.

Largo se ha hablado de los beneficios que traerá la destrucción, y para quiénes. No extraña que un ex representante nacional y ex ministro, gonista y banzerista de tradición, abogue en prensa por las topadoras, alegando, igual al partido gobernante, que el mentado parque ya no es tal, como si la extensión de árboles y reserva acuífera de la región se hubiesen convertido de pronto en espejismos. Cocaleros, industriales, madereros, gamonales, latifundistas, narcotraficantes, todos esos grupos que representan el poder y el dinero han de aullar en la plaza histórica por la debacle, por remover el escollo de las etnias nativas y, de estar en sus manos, esclavizarlas como se hizo en la tragedia gomera del Putumayo.

Aquí no hablamos del bien colectivo, de cuántos centavos añadirá al bolsillo de los habitantes la famosa vía. Ese es un espejismo, y no lo prístino de la naturaleza como desean hacer ver. Un lado tiene los medios para forzar, mientras que el otro, la gran masa a la que pertenecen asalariados, desocupados, jubilados y resto de la población, solo posee la voz y el cuerpo para manifestarse en contra de los intereses oligárquicos.

Cierto que todos los países pasaron por errores similares, pero es la experiencia suya la que debe enseñarnos a valorar y preservar. El mundo va en frenética carrera de competencia económica, pero más y más se escucha que imponer mesura por decisión popular en vista al futuro decidirá la supervivencia de algunos y la muerte de los demás.
8/12/11

Publicado en Puntos de vista (Los Tiempos/Cochabamba), 8/12/2011

Imagen: Max Coyer/Figure of the Night, 1984

Thursday, December 15, 2011

Oprobio de una gobernación/MIRANDO DE ABAJO


El mundo del poder sería divertido de no ser trágico. Piruetas despóticas de líderes aquí y acullá han dejado, y lo siguen, legados dolorosos, sangrientos, en la historia de los pueblos. La prensa de hoy reza que Cristina Fernández juró a la presidencia argentina por Dios y por Kirchner. Bastó a aquel individuo sobre quien se centraron tantas esperanzas, morirse para de la tumba a la realidad pasar a convertirse en San Tuerto, dorado por la santidad de sus millones. Y así continúan las historias de marxistas a quienes el cáncer pone de rodillas besando pies de vírgenes y santurros, ídolos y africanos demonios ancestrales.

Bolivia carga la distinción de bizarría absoluta en tal sentido, y de milagro no tenemos en los billetes la efigie de un Holofernes con birrete y sable en anca como fundador, de la mano de cierta Pachamama con reminiscencias de los imberbes caudillos aymaras de quienes es muy difícil, a simple vista, encontrar el género por falta de vello y de contornos diferenciales.

El conflicto del, o por el, TIPNIS, ha demostrado que a pesar de votaciones sustanciosas a su favor, la gente se va cansando del liderazgo de Evo Morales. Peor luego de haber firmado un documento presidencial parando el desastroso proyecto caminero, para, con malas artes, intentar ahora revertirlo. La rúbrica del presidente no vale nada, no sirve para nada, y la duda habita en el limbo de si el mandatario es cobarde, vil, o simplemente pelele de intereses delincuentes a simple vista y de otros mayores y tenebrosos en la sombra.

Su eminencia sintióse abandonado en la derrota. No era posible que indios descalzos denigraran su púrpura impoluta. Había que vengarse y para ello recurrió a cualquier medio que lo “obligara” de nuevo a recular. Iracundo, ocultando su verdadero rostro al mundo que alguna vez le creyó la ficción de ser líder popular y ambientalista, comenzó a mover hilos que no sólo salvaran su imagen sino el metálico que está en juego, y que debe ser jugoso. De allí sale la manifestación pro carretera y futura marcha de la gobernación y municipio cochabambinos en favor del crimen.

Con febles declaraciones gobernador y alcalde, elementos de escasas luces políticas y perfil de acentuado cholaje en términos arguedianos, reivindicaron la necesidad de destruir llano y monte en nombre del progreso, sin criterios que sustenten científicamente el por qué; simplemente para congraciarse con el amo de palacio, enojado todavía por la humillación que le impusieron los “tipnis” y los valerosos pueblos del Beni y de La Paz, desaire que encerró a la cúpula en pleno, en el Quemado, el día del arribo de la marcha, porque por las calles corrían apresurados los fantasmas de 1946, que aún no se han retirado a descansar. Esas ventanas cerradas, la protección policial han mostrado a ese ser abstracto que se dice pueblo que hay miedo en las nubes del poder.

Amenazan con marcha por la construcción del camino atravesando el parque nacional y territorio indígena, soñando quizá que alcance la épica de la anterior y contraria. Nada obligatorio funciona igual a lo espontáneo y aunque muevan recuas sin fin por los caminos no podrán emular la odisea de los nativos del Isiboro-Sécure.

Tal vez los mandamases del departamento y ciudad de Cochabamba reciban las caricias de su jefe. Las mascotas se alegran con terrones de azúcar; los caniches mueven el semidesnudo rabo, y las voluminosas orcas dan felices giros cuando les tiran un pescado.

Lo que suele ser triste en estas historias de seres domesticados, es que llega un momento en que el vaso se rebasa y la inundación del agua sobrante avanza sin premeditación y con peligro. Y no importa ya mucho, a tiempo de producirse el episodio, lo que resulte. El resultado puede ser dramático.
11/12/11

Publicado en El Día (Santa Cruz de la Sierra), 13/12/11

imagen: Nick Lowe/A long tunnel on the beach with some trash and graffiti, 2002-2008

Thursday, December 1, 2011

Entre prodigios con Álvaro Cunqueiro/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Paralelamente a John Ronald Reuel Tolkien, Álvaro Cunqueiro indagaba con pasión de mitógrafo las crónicas celtas. Irlanda, Escocia y Bretaña descubrían ante su erudición de sabio y placer de poeta los magnos recovecos de la fantasía. Lecturas que Cunqueiro (Mondoñedo, 1911-Vigo, 1981) asociaba a su Galicia natal, céltica, mirando desde el extremo occidental del continente hacia la nada extendida más allá de Finisterre, el fin de la tierra.

Tolkien conjuncionó a manera de saga los textos antiguos. Con imaginación dio estructura novelesca a los dispersos relatos de un mundo casi perdido, recreándolo y dándole nueva solidez, autonomizando su obra de las raíces originales. Cunqueiro, por su lado, en tres décadas de fértil literatura, se especializó en notas breves, columnas, periodismo literario, literatura periodística, viñetas, o como se quieran llamar a esos vástagos del talento, recogiendo voces de la mitología gallega, anudando con gusto y cariño la nostalgia por la tierra, un espacio natural geográfico que dado su conocimiento extendía sus límites hacia las Vascongadas y sobre todo a Francia hasta el peñasco bretón y las islas del canal. La Galicia de Cunqueiro es precisa en Lugo, Vigo y La Coruña -se me olvidan nombres de pueblos chicos- pero se diluye, como debe diluirse todo nacionalismo, en una gran herencia común. Habla de Francia como si hablara de la madre patria y mixtura las hadas (fadas) gallegas con sus pares irlandesas, mientras asocia moros y enanos con fantásticos tesoros que se remontan a los árabes o al "gran robo" que hubo en Roma alguna vez -de donde proviene el oro del mundo-.

Los tesoros de Galicia, usualmente ocultos en los castros (elevaciones de terreno con ruinas en la cima), tienen peculiaridades: la de estar cuidados por seres como los nombrados; la de entregarse no a quien los encuentra pero a quien descubre la manera de vencer al tesoro en juegos de palabras. El verbo es esencial para obtener las escondidas riquezas del pasado. Aparte que estas gemas, monedas, orfebrería llevan una existencia en mucho similar a la humana. Un tesoro necesita agua para beber y comida. A la larga, Cunqueiro reflexiona -ha oído de ellos y viajado con ellos en su prosa- y concluye que incluso, y ese el cénit del asunto, uno compuesto de joyas y oro puede con el paso del tiempo convertirse en sólo palabras: la palabra como el máximo preciado valor.

Respecto a la herencia árabe de Galicia, dice Cunqueiro que en el libro de las mil noches y una noche no hay alusión alguna a los juegos de azar. Deduce una prohibición religiosa musulmana. Los árabes, entonces, para suplantar esta ausencia significativa, y los gallegos también, inventaron los tesoros y su búsqueda como una especie de azar que les permitiera elucidar fantasías que no otra cosa hacen sino enriquecer el acervo cultural de los pueblos.

Recurre don Álvaro a autores irlandeses casi contemporáneos suyos: al gran Yeats y a Lady Gregory, con alguna alusión a Lord Dunsany; se adentra en los textos primarios; estudia y sueña con el libro de san Ciprián, el famoso Ciprianillo, que detalla el lugar donde se encuentran todos los tesoros de la región. Libro que provocó desbandada de buscadores, locos y soñadores, con suerte variada, que excavaron Galicia en frenesí que desdice lo inocuo del texto literario.

Delicioso es un adjetivo que relacionamos con comida o amor. El arte culinario no es ajeno a Álvaro Cunqueiro que cuenta que la mayonesa no es como se afirma invención de hugonotes sitiados sino salsa de sitiadores, refiriéndose a las guerras de religión. Deliciosos son los textos -de una página y algo más de extensión- que durante años publicó el autor en periódicos locales y españoles. Hay tanta riqueza, sapiencia como ensueño en ellos, que no cuesta imaginar el camino de Monza donde en cada colina yace enterrada una princesa lombarda; o las tabernas de Dickens, Sterne, Boswell y Cervantes; las navegaciones de Mugha O'Morguaire, inventor de palabras, o la piedra de Croclaugh, en Irlanda, "la piedra que habla", que cabalgaban héroes míticos para defender la isla de invasores y que se partió con el dolor de una muchacha cuyo hombre habíase hundido en naufragio.
03/06/05

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), junio, 2005

Imagen: Parte posterior de la estatua de Alvaro Cunqueiro en Galicia

Wednesday, November 30, 2011

De Ushuaia a La Quiaca con León Gieco/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

En 1985, desembarazada a medias la Argentina de su casta militar, dos músicos, León Gieco y Gustavo Santaolalla, efectuaron un viaje entre los extremos geográficos del país: Ushuaia al sur, y La Quiaca, frontera con Bolivia, a manera de presentar un país desconocido a los habitantes de las grandes ciudades y para, de manera ideal, reconstruir una nación afrentada por una secta de asesinos y ladrones. El viaje, se entiende, significaría también una búsqueda particular de los "orígenes" de cada uno de estos artistas, los de la tierra que los vio nacer y que los acogió a pesar de su sangre inmigrante. Ambos ya eran famosos; lo serían aun más: Gieco en la Argentina y Santaolalla internacionalizando su música de avanzada en campos como el cine.

Recibo de Buenos Aires De Ushuaia a La Quiaca, colección de cuatro discos compactos con motivo de tal aniversario. Había conocido parcialmente la obra, dos volúmenes, en el vasto inventario que tenía en 1989 Tower Records en la bella Washington, Distrito de Columbia. Relativamente nuevo en el ambiente norteamericano, ya lindando el otoño con lloviznas que le dan tinte europeo a la ciudad, De Ushuaia a la Quiaca me tocó en lo profundo la lejanía de la tierra. No pensaba en Argentina, que por madre me pertenece, sino en Bolivia ya que buena parte de los temas ejecutados transcurren en las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy, cuya faz no puede deslindarse de su vecino al norte.

El sur fue región de exterminio. Poco queda de las etnias originales que podrían haber prestado a Gieco parte de su heredad cultural. No había mucho -sí poner énfasis en la presencia- que recuperar del pasado. Por ello, en la Tierra del Fuego, a orillas del Pipo, Gieco canta junto a Isabel Parra En la frontera, como símbolo de unidad americana donde reina el silencio -que es uno- y brilla en la bruma el faro del fin del mundo. De la pampa se puede afirmar lo mismo que de la zona austral. No quedan vestigios del recuerdo. No sé a ciencia cierta cuánta música tendrían los nómades araucanos, señores de allá.

En donde la obra se torna sólida es en el norte. Un alto en el oasis de Córdoba da como resultado la interpretación de cuartetos, que más que música nativa es una variante tropical, plebeya por naturaleza. El cuarteto, despectivamente llamado "de negros", siendo los "negros" la clase menos pudiente, era entonces, veinte años atrás, explosión de alegría popular. Es interesante oír a Gieco en las simplistas letras de esas canciones. El rock también viene del pueblo y traza sus ancestros en las raíces musicales de la gente común. No de otra forma nacen los Rolling Stones cuando en sus inicios se insumen en el blues con vertientes citadinas y campesinas reunidas.

De Córdoba a Tucumán y luego Santiago del Estero, núcleo de la argentinidad, donde encuentran la flor y nata del folklore nacional, grabando, a veces de forma rudimentaria, hermosas canciones de ayer, como la Zamba de los yuyos, de los hermanos Abalos, grandes carperos de Salta, en casa de María Luisa Paz de Carabajal con un elenco sugerente: Peteco Carabajal en violín y voz, Rubén Palavecino en guitarra, Gieco, Santaolalla y otros.

Una escapada hacia el oriente resulta en clásicos chamamés: Kilómetro 11, del inolvidable Tránsito Cocomarola, grabado en los bordes del río Miriñay de la histórica Corrientes

Salta: de zamba y vidala y baguala, de timbres de voz humana como elemento básico del arte, igual en Jujuy que en el Chaco, en Tarija, que esta tierra es una y no dividida.

Con "B", los Beteranos de Tilcara ejecutan aires bolivianos, zampoña y tambor, sikuris que desafían la monotonía del altiplano, que encajan en la multicolor estampa de Humahuaca, en el pueblito de Iruya que bien podría ser Potosí.

Gieco se encuentra a sí mismo en este ejemplificador viaje de solidaridad y belleza, de arte y libertad, que de algún lado venimos y mejor es no olvidarlo.
11/05/05

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), mayo, 2005

Imagen: León Gieco en Iruya

La historia del falso Dimitri/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Recurro a Eisenstein, a su Iván el Terrible, para situarme. El director supo captar la esencia de la época con sus claroscuros y los rictus de los personajes que semejan estados de locura y condenación.

Este Iván, príncipe de Moscú convertido en primer zar -envilecido por la historia y rescatado por Eisenstein dada la coyuntura (Rusia se hallaba invadida por los nazis) que llamaba a la unidad-, representaba un urgente antecedente nacional. Stalin para quien la idea "nacional" debía ser hasta ofensiva lo aprovechó, permaneciendo como líder gracias a la guerra patria, a la exaltación de los valores nativos. La campaña contra Alemania venía de antiguo, de cuando Alexander Nevski señalaba a la Orden Teutónica como el enemigo principal, a pesar que los señoríos rusos debían obediencia a una ocupación extranjera, la mongol. Iván, mal llamado el "terrible" según lingüistas que aseguran que el vocablo que lo califica debíera traducirse como "temible", instó y luego obligó a su pueblo a fortalecer el país. Descendiente del vikingo Rurik y de Nevski, trató, de manera brutal las más de las veces, de consolidar Moscovia -y Rusia- como una potencia respetable. Lo consiguió a medias pero sentó bases que se definirían con amplitud en el futuro.

Iván tuvo un hijo, Dimitri, que pereció en circunstancias no claras en Uglich, a orillas del Volga, en 1591, a la edad de nueve años. En 1603, siendo Boris Godunov zar, un joven ruso al servicio de la poderosa familia Visnowieski en Polonia, revela ser Dimitri, el difunto zarevich. Desmentido por muchos, establece sin embargo una convincente historia para un grupo de magnates polacos arruinados que ven en él posibilidades de ganancia. Dimitri llega hasta el rey Segismundo e inicia una relación inconclusa, dubitativa, a ratos incongruente con la república polaca. Notables con influencia lo apoyan mientras otros lo consideran peligroso por los riesgos que conlleva en el trato con los vecinos orientales.

Son los cosacos del Don, y luego los zaporogos junto a un contingente de caballeros polacos voluntarios los que acompañan a Dimitri en su campaña de reconquista del trono de "su padre", expedición que saliendo de Sambor, en la actual Ucrania, culminará en Moscú con la entronización del dudoso heredero quien reinará efímeramente entre 1605 y 1606. Para lograrlo se ha convertido al catolicismo a escondidas, mantiene correspondencia con el Papa y se asesora con sacerdotes jesuitas duchos en lides políticas y engaño.

Cualquier libro que trate del tema, incluido Pushkin, aporta interesantes detalles de la conquista del poder, aunque la veracidad de la historia de Dimitri jamás haya sido determinada. Podía ser hijo de Iván, primogénito del Terrible, o el verdadero zarevich. Se han urdido versiones disparatadas tanto como sensatas. Se dijo que era un monje de la pequeña nobleza amparado por los Romanov, un títere que fuera causa de la desgracia de esta familia con Godunov que los condenó al exilio.

Lo importante de estos años problemáticos, del corto reinado del "falso" Dimitri (terminaría asesinado en los festejos de su boda con una dama polaca), es que prefiguran la Rusia posterior hasta 1917. Dimitri, igual que su supuesto progenitor, ataca el oscurantismo de la tradición rusa, la iglesia ortodoxa, la superstición popular. Ambos, con Pedro el Grande después, vislumbran la necesidad de una ventana al Báltico, comercio con Inglaterra, apertura del largo encierro patrio. Enfrentar a la nobleza y al clero causó su fin, más que la validez de su origen.

Al pretendiente le sucedieron otros; aparecieron por doquier y algunos pusieron en vilo el control de los boyardos y el zar. Estalla entonces la primera revuelta popular de la cronología rusa, la de Bolotnikov, mientras los Romanov, rescatados del exilio por Dimitri, terminan coronándose en la testa de Miguel Romanov, 1613, con apoyo cosaco y como salida a un país que parecía desmembrarse.
26/04/05

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), abril, 2005

Imagen: La muerte del Falso Dimitri, en un grabado alemán

En memoria de Theo van Gogh (1957-2004)/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

El 2 de noviembre, en Amsterdam, en la esquina de las calles Linnaeusstraat y Mauritskade, fue asesinado el cineasta holandés Theo van Gogh mientras manejaba su bicicleta al trabajo. El asesino, un joven marroquí nacido en Holanda, le disparó siete tiros y se acercó a él mientras van Gogh, herido, le decía que podían "conversar al respecto". Luego lo degolló y le clavó un puñal en el estómago con unos versos del Corán.

Algunos lo consideran acto de fe, de reivindicación religiosa, lavado de las impurezas que ofenden a Alá, o a Mahoma, su profeta -a quien van Gogh calificó de pedófilo por haberse matrimoniado con una niña de 9 años- cuando en realidad es un llamado de reflexión y alerta. El fundamentalismo islámico crece a velocidad, pregonando la enfermiza necesidad de convertir a todos o de ahogarlos en su sangre infiel.

Francia ha tomado medidas censurando el uso de velos en escuelas públicas, acto que en apariencia conlleva racismo pero que explica la urgencia de lidiar con los fanáticos que, a pesar de vivir en una sociedad occidental, quieren recrear el universo de injusticia en que crecieron, donde las mujeres cuentan solo para procreación y goce masculino.

Frank Rich escribe sobre Esyados Unidos en el Times acerca de la "indecencia", tomando como punto de partida el momento en que Janet Jackson desnuda su seno en público y causa un revuelo de magnitud inesperada, en otra sociedad que corre apresurada a vivir (con doblez) en un mundo ideal donde primen las enseñanzas sagradas y no haya lugar para "inmorales". Con igual fanatismo que sus contrapartes islámicas, el gobierno Bush lleva a sangre y fuego la bandera de la cruz donde los niños "enemigos" que mueren en el conflicto son números de estadística. Igual a los imanes o sacerdotes, los ministros del gobierno norteamericano censuran incluso los programas infantiles; la esposa del vicepresidente Cheney hace quemar 300.000 impresos educativos por considerarlos ofensivos, siendo que ella no cuenta con posición oficial que la avale para ello. Quemaría también a Thomas Mann y a Ernst Töller, como Goebbels, si los hubiese leído.

El mundo se inclina de nuevo, extrañamente con el avance tecnológico, hacia las religiones. Quizá signifique el descenso que antecede a la muerte, donde el hombre ha perdido en nombre de intereses económicos, religiosos o políticos, su instinto por sobrevivir. Una sugerencia, peligrosa en su contenido, conflictiva y controversial, sería poner a estos santurrones que predican cualquier libro dudoso, cristianos e hinduístas, budistas y musulmanes, a trabajar en actividades productivas y vetarles la posibilidad que de sus bocas salga verbo inmundo.

La muerte del polémico Theo van Gogh, descendiente del hermano del pintor, va a transformar los pilares de una sociedad que se preciaba de ser posiblemente la más liberal del mundo. El multiculturalismo y la incomprensión de las partes parecen ser escollo insalvable para una convivencia secular. Se asesinó a van Gogh por haber filmado, con guión de la parlamentaria holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Ali, un documental de 11 minutos -Sumisión- sobre la mutilación sexual de las mujeres en el Islam, desnudando la mentira que predica mientras preserva un sistema de tormento.

El número 422 de la videoteca personal que me rodea, esconde una bellísima película de Theo van Gogh (1-900), director ignorado por las guías norteamericanas de cine tal vez por su ofensiva manera de percibir las cosas, lo que hace sospechar rastros religiosos incluso en el amplio universo de la cinematografía. 1-900 trata de una llamada pagada, de tipo sexual, donde un arquitecto contacta a una mujer para fantasear con ella. Se inicia una relación, llamadas semanales, un mundo de intensidad, masturbación y compañía a través de la línea. Imaginario que quedará roto cuando el individuo intente averiguar más de su interlocutora; un atisbo de posesión destruye el sueño. Fuera de la moraleja o el cinismo que Theo van Gogh quiso imprimir en la cinta, pienso en el lenguaje, en la desfachatez física e imagino a los representantes de Dios aullando "blasfemia", "herejía" contra este talento que vapuleó la malignidad de su rabia.

Ian Buruma, en el New Yorker, retrata a Theo van Gogh como "gordo, rubio, absurdamente generoso hacia sus amigos e implacable con los enemigos, idólatra de Roman Polanski, realizador talentoso que nunca tuvo la paciencia suficiente para producir una obra maestra, gran fumador, consumidor de cocaína y vinos finos, columnista de cierto estilo y sorprendente vulgaridad, padre amoroso, baboso adorado por muchas mujeres, provocador y hombre de principios".
09/02/04

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), febrero, 2004

Imagen: Retrato de Theo van Gogh

Invierno en Corani/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Redundo, para hablar del invierno, cuando vuelvo a De Quincey y su bucólica, casi filosófica, visión del frío. Si pensamos en sus acompañantes: el opio, el té, lo confortable de una casa, alguna servidumbre, cuesta imaginar otra cosa que placer ante la caída de nieve o el vapor que se congela en las ventanas mientras los leños arden en el hogar. Tiempo para escribir en De Quincey, para miseria y guerra en Schwob, aunque con la sutil fraternidad de melancólicos inviernos en ambos.

Deliro, más que imagino, por un instante así, en la solitud del bosque, el juego nevoso sobre los objetos exteriores. En escritorio frente a la ventana; enfrente el papel. Podría hermanar el mueble -como a Neruda en Isla Negra- un retrato de Baudelaire... pero pensar que lo que era mar para el poeta chileno viene blanco en De Quincey, que lo que fuera ruido y trueno de roca más piedra es calma absoluta en el manto que penetra los resquicios, los tapa, los silencia. Se podría escribir, cierto, sin la burgués cualidad inglesa de hacerse servir con alguien, en aquel austero encierro, obligatorio, que trae una tormenta de hielo.

Un día, en un lugar de antemano escogido, en los altos de Corani, con vista al villado de Colomi y la percepción del trópico escondido detrás, extendido hacia las vertientes de Totolima y Cocapata, despertaré el rostro en la penumbra de una choza semialdeana, ornada por el aire de agua del embalse y la helada que impresiona cuando es mucha como nieve, quizá también para escribir. Nombraré a mi refugio con palabras extrañas, Gyulai Polé, que no invoca magias pero recuerda a los insurrectos de la revolución rusa, a Majnó que en retrato, ni sable ni gorra solo busto, habitará en las paredes de mi cuarto. Qué eclecticismo: el ejército insurreccional de Ucrania, Thomas De Quincey, Marcel Schwob y Pablo Neruda, en una suerte de isba andina que con los años quedará velada a ajenos ojos por un verdor de pino, por frondas de alisos que crecen lentas pero ansiosas por encima de los pantanos de tierra oscura.

El invierno, tanto el de De Quincey como el que contemplo a la intemperie, a pesar de sus más que sutiles desavenencias en un mundo y otro, me ha dado alas de constructor. Puede ser tan simple como nostalgias uterinas, aquella necesidad de encerrarse en un espacio donde ser únicos, exclusivos en la trascendencia de espacio y tiempo: mientras más frío afuera más sólidos adentro. Y Corani, mi sitio elegido, con su particularidad india de papa y haba sumada a una geografía de tierras altas de Escocia, siento que satisface la misión fundamental del invierno: aislar.

Levantar muros pegados a un montículo con ansias de colina, rodearlo calculando la distancia con los cientos de árboles que se esparcen en derredor. Con el tiempo una escalera que entre al techo y descubra en la parte superior un nuevo ambiente similar a torre, batida por vientos fuertes de la zona pero con una panorámica completa de trescientos sesenta grados. Nadie por donde se mire; las sombras sobre el agua son criaderos de peces; luego montañas y una hondonada que por su vegetación ya percibe los aromas de la jungla. Hay zorros y liebres grandes. Comentan que tomando la senda abajo pervive un interesante hábitat, el de los últimos jucumaris (osos de anteojos) que todavía no han descubierto cazadores ni cabrones, que lo mismo son.

Comencé con las páginas de un autor exquisito, por una de sus tantas impresiones, y terminé dialogando conmigo acerca de un invierno imaginario, futuro, que a falta de nieve tendrá escarcha pero que ha de permitir cotidiana asiduidad para crear. No es Inglaterra mas el vocablo aymara Corani puede albergar un sueño similar.
24/12/04

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), diciembre, 2004

Imagen: Lago de Corani

Nostalgias argentinas/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Si me preguntan de tango, que qué orquesta prefiero, dubito, y por lo general respondo que Canaro, no solo porque Francisco Canaro le dio otra perspectiva al tango, ni por su historia ejemplar de miseria y tesón -igual a muchos otros, entre ellos Filiberto- sino por la versatilidad que supo jugar entre lo clásico y lo moderno, sin desvirtuar la esencia popular del baile y, en especial con él, del cante; por su extensión y su don. Pero hoy me llega de Buenos Aires, desde Caballito, un disco doble con Julio de Caro en el primero, de delicada esencia, y Edgardo Donato el segundo, con mucho ritmo y compás. Allí dudo, ya no dubito, y quizá prefiera a Donato como maestro, aunque bien al fondo los aires de la orquesta de Francisco Lomuto tercian en esta contienda de talento y de valor.

Hablar de tango, de mis padres, de música bien entrada en la noche de Cochabamba, mientras los hijos atisbamos la fiesta de los mayores y madre y padre se enfrascan en el cuchillero bandoneón de Antonio Bisio. Trajeron, ellos, consigo, el tango de Córdoba, de una época que consideran de oro, los cincuenta, aunque para mí el tango como joya termina cerca del año treinta.

Pero no es tango el tema, viene del tango, de las letras de A media luz que con sólo la mención de la calle Corrientes despiertan la nostalgia de tres visitas a Buenos Aires. Afirman que parece París y se equivocan. No es mejor pero no es menos, y es cercana y con mucho mayor querida. París está llena de franceses lo que la reduce, tal vez descompone, y, incluso con el dejo superdotado del porteño, éste suele ser afable y oler bien.

Respecto al olor, hay la anécdota entre nosotros, los hijos de mis padres, de la característica argentina más notable que diferenciaba ese país del nuestro: era el aroma, invasivo, predominante, que venía en las ropas, las valijas, la piel y cabellos de las tías que llegaban de visita. Era un "olor a Argentina", distinto, único, inexpresable e inencontrable en otro lugar. Dirán que la Boca hiede, que el Riachuelo en el verano emana aires de fetidez, pero incluso paseando por Caminito, en un café de Pompeya, en los mandiles de los médicos al sur, más allá de la inundación, perdura el inolvidable "olor a Argentina". Con Julio Dueri, por 1984, fuimos metalúrgicos en la ciudad obrera por excelencia: Córdoba. Acabado el día, hastiados de soldar, cortar barras de aluminio, pulir estructuras que construíamos para la feria internacional, salíamos los dos bolivianos negros y lentos por la calle hacia la pensión en que dormíamos. los compañeros argentinos nos recriminaban: "pibe, estás loco", porque ellos luego de la jornada se duchaban, vestían ropas limpias si no lujosas, se acicalaban y aparecían en la vereda como doctores, mientras nosotros arrastrábamos -si arrastré por este mundo...- nuestra fastuosa piel de hollín.

En el metro de Buenos Aires, soñando si por casualidad veríamos a Borges, nos sentábamos en Miserere, haciendo hora para ir a comer milanesas napolitanas con un litro de vino, y después correr a los dormitorios baratos que en Constitución significaban jóvenes y sudorosas muchachas holandesas de magnífica recepción.
12/11/04

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), noviembre, 2004

Imagen: Córdoba

Tiwanaku en Denver/ECLÉCTICA


Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Bajo el nombre de Tiwanaku: Ancestors of the Inca, el Museo de Arte de Denver, Colorado, presenta lo que reclaman ser la mayor exhibición dedicada a esta cultura andina. Con más de cien objetos, entre cerámicas, esculturas en piedra, textiles, tallas en hueso y coloridas incrustaciones de moluscos, se trata de abarcar el desarrollo de esta cultura sobre la que aún no se conoce mucho. La superficie excavada del sitio arqueológico alcanza un porcentaje pequeño de lo que todavía se presume existe allí.

La muestra incluye objetos de los diverso períodos de Tiwanaku y de culturas adyacentes cuyos materiales se confunden a veces: Pucara, ciudad del sur peruano que rivalizó en esplendor con Tiwanaku pero que desapareció antes, cuenta con restos de inusual delicadeza, como Wari, otra cultura que junto a Tiwanaku se consideran herederas de Pucara.

Una pintada Puerta del Sol permite el paso entre los dos grandes salones que la albergan. Hay explicaciones en las paredes, videos que tratan de la geografía de la región y los pueblos aymaras y urus que aún viven allí. A la pregunta de cómo pudo florecer tal civilización en lo agreste del altiplano boliviano se responde con la creativa manera en que se cultivaba, mediante la utilización de canales con agua entre terraplenes elevados de manera artificial. Aparentemente el agua absorbía el calor del fuerte sol altiplánico durante el día, que por la noche se insumía en la base de los terraplenes impidiendo a la helada dañar los cultivos. Este método desapareció con la caída de la ciudad. Ahora hay proyectos que intentan reactivarlo.

Tiwanaku fue el centro político, cultural y militar de mayor importancia en la cuenca del Titicaca. Cuando los incas en sus guerras de conquista llegaron allí, admiraron la solidez y belleza de sus ruinas, transfirieron artesanos locales al Cuzco para emular los trabajos y se apoderaron en cierto modo de su herencia declarándose descendientes suyos. Se sugiere que los tiwanacotas hablaban pukina o aymara, La primera lengua se ha extinguido y la segunda pervive. Se encuentran, a pesar de ser muy raro, vestigios también del uruquilla, y queda el quechua que se asocia con los incas aunque se lo hablaba en la parte norte del lago (según Margaret Young-Sánchez en el catálogo de la exhibición) mucho antes de que ellos aparecieran.

La delicadeza de los textiles, que han conservado su colorido y detalle, con claras diferenciaciones de estilo entre Wari y Tiwanaku, causa asombro. Como coleccionista de tejidos andinos puedo afirmar que ninguno de los que se consiguen hoy, a pesar de los hermosos diseños, puede competir con aquellos expuestos. La lana, alpaca según parece, es de extrema finura, casi como algodón. El exuberante detalle de ídolos y seres míticos, deidades y animales que cubren buena parte de la superficie tejida muestra alto grado de sofisticación.

Sucede igual con la cerámica y las antiguas tallas de piedra. Hay esplendentes miniaturas que narran una orfebrería posible sólo en una sociedad rica, multiétnica, cuyo poder le permitía espacio para la expresión artística y la satisfacción de los sentidos.

Siguiendo en la línea de la opulencia de Tiwanaku, se exhibe media docena de mínimas bandejas de madera -con incrustaciones en oro y piedras semipreciosas- que servían para inhalar polvos alucinógenos provenientes de la semilla de la vilca o huilca, planta que crece desde el norte argentino hasta el valle del río Marañón, y que eran fáciles de conseguir para la élite, cuyo acceso a productos externos era amplio y variado, con rutas hacia Cochabamba y Larecaja, al norte de Chile y al sur del Perú.

La emblemática Tiwanaku hacía apología del sacrificio. Ejecutores enmascarados, disfrazados como soles, jaguares, cóndores y zorros muestran las testas decapitadas de los infelices que se elegía con tal fin. Existe belleza en estas expresiones de muerte y hoy sólo nos toca considerarlas en su perspectiva histórica, no desprejuiciada pero tampoco crítica en exceso. Como paralelo dulce al trágico sabor de víctimas y verdugos, keros en oro, arcilla y madera claman por tiempos de sosiego.

Coleccionistas privados aportaron invalorables objetos, así como museos de Inglaterra, Alemania, Suiza y universidades norteamericanas. América Latina con el Museo Contisuyo de Moquegua, Perú, y Chile con el Museo R.P. Gustavo Le Paige, s.j., de San Pedro de Atacama. Bolivia no; sí como lugar de origen de casi todo lo expuesto, pero con nada proveniente de museos nacionales, lo que habla del saqueo intenso que aún sufre el país, pero también de la desidia que se ha hecho característica nuestra.
29/10/04

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Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), octubre, 2004

Imagen: Tiwanaku