Saturday, July 2, 2011

Fuiste mío un verano/ECLECTICA


Me apropio del nombre de una canción. No porque quiera mío, o fuese mío Leonardo Favio, como suya fue la destinataria de su voz. Mío en y por su arte, hermano, amigo.

Vino a Cochabamba cuando yo era niño. Se presentó en algún lado. Ni mis hermanos ni yo habíamos alcanzado la edad suficiente para gritar en los estrados, aunque para ser cierto, jamás he gritado, ni lo haría, por nadie; pero teníamos sus discos. A Armando le gustaba "Fuiste mía un verano", a Elena "Qué tal", y a mi tristeza la de él, mi tristeza es mía y nada más, pero mentimos, los dos.

Ese el cantante. Pero Favio creció más allá de un romanticismo musical que a unos les parece pesado, meloso, pero del que no puedo ni quiero desprenderme, menos ahora que los años se inmiscuyen entre mi vida y la intentan confundir. Su película "Nazareno Cruz y el lobo" llegó a Cochabamba, al cine Víctor. La profesora de sicología del colegio, ni sé por qué, nos llevó a verla, en exhibición especial de mañana. En la puerta estaban aquellos hombrecitos, los hermanos Alarcón, nacionalistas de zarzuela, matarifes de la política y la violencia. Nos impidieron la entrada. Sólo comprenderían la palabra "nazareno" y pensarían que no debía mezclársela con animales que le dieran otro sentido fuera del original de santidad; se olvidaron de Francisco de Asís... hermano lobo. Ellos y algún otro idiota con ansias de desmesura, nos retornaron al colectivo: mejor rezar que pensar, muchachos. Hace poco pasé por el cine Víctor. Anunciaban, en función especial, la Cicciolina, diputada y más, explícita, bella, suave, piel blanca que en los primeros planos se torna extrañamente oscura, como si a la Cicciolina la hubiesen reemplazado justo donde queríamos verla. Así no vale.

De Argentina se conoce a Torre Nilsson, a un exitoso y joven Fabián Bielinsky, al clásico Lautaro Murúa o a Armando Bo y la voluptuosidad de Isabel Sarli. ¿Y Favio? Tiene que resucitar en Nueva York, en una retrospectiva de su magnífica obra, para no quedar como vanidad de elegidos. El director de cine no pudo opacar al cantante, o la época lo hundió. Su incomprensible amor por Perón; sus abrazos con López Rega cuando empezaba la matanza; las garantías del fundador de la triple A de que nadie lo tocaría. Su otro amor: Borges, y la rara combinación de dos polos.

Caminando por la universidad de Tulane, una estudiante venezolana comenta que acaba de obtener su especialidad en cine contemporáneo latinoamericano.Entonces hay un resquicio en el cual quizá podamos conversar. ¿Conoces a Leonardo Favio? ¿Al cantante? No. Sí. También... Al director. ¿Acaso hace fílmica? Me alejo, mientras la doctora recita el guión que le enseñaron, que no sabe otro, y pienso que Favio, irreverente como alega ser y lo demuestra, le puso cantos gregorianos a una pelea de boxeo del Mono Gatica y le bajó el tono a Rigoletto en sus películas, además de crear una canción de amor con una foto de carnet. Por eso es mío.
24/4/03

Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), abril, 2003

Imagen: Toma de Crónica de un niño solo (1999), filme de Favio

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