Wednesday, July 27, 2011

La llegada del otoño/MIRANDO DE ARRIBA


De improviso, cuando anochece, hay que cerrar las ventanas. Los árboles agitan sus hojas, las cosas vivas que van a perecer con la llegada del frío tiemblan. Aves negras, cientos, o miles, amanecen con los repartidores de periódicos mojándose en el rocío, de viaje al sur. Los gansos canadienses casi no se ven; la mayoría emigró en las últimas semanas. Y las atareadas ardillas ahorran comida para esconderse. Privilegio de contemplar desde el tercer piso de casa esta fauna salvaje. Un par se zorros atraviesa el parque y un coyote, cabeza pendular, busca en el pastizal roedores para darles muerte.

A la luz de los focos, en medio de la avenida, se detiene una completa familias de asustados y enmascarados mapaches. Y las mofetas como ufanas damas de la sombra pasean levemente en las aceras para finalmente meterse entre los arbustos.

De improviso el álamo que era verde amarilló. Otras especies del hemisferio ejecutan un pincel multicolor sobre el horizonte. No se compara, cierto, al otoño de la costa este, Virginia, Pennsylvania o Nueva Inglaterra, porque allí hay más variedad de árboles de hoja caduca mientras que en esta región montañosa priman las coníferas que nunca se desvisten ni para invierno ni por amor.

La lluvia, si viene por la noche, cubre las cosas con suave escarcha. No hay hielo, no se enfría demasiado el ambiente pero el humo de las chimeneas de las casas de madera traza espirales y arabescos en la aurora.

El otoño norteamericano implica una taza de café mirando el jardín de atrás. Caminar por el frescor del crepúsculo mientras las hojas que se han hecho claras penden del aire fantasmales y las copas de los árboles parecen nubes que se arrastran muy cerca del piso.

Premonición del invierno que si obvia sus tormentas es sólo una placidez blanca iluminada. A veces nieva, en septiembre u octubre, pero cae nieve de copos blandos que se diluyen en la superficie y dejan trazos de agua. Otoño es tiempo de multitudinarias aves. Bandadas atraviesan por encima del techo. Inmensos cuervos con sacerdotales sotanas gritan sobre las
peladas ramas del álamo. Lo extraño, al ver estos supuestos bichos de mal agüero, es que dan impresión de eternidad y vida.

Volvemos a lo de la muerte. En el invierno se muere y el otoño lo anticipa. Mas es muerte con resurrección y mis cuervos, a pesar de que alguna vez fueron, no son más el de Poe que chilla y chilla "nunca más".
28/9/03

Publicado en Opinión (Cochabamba), septiembre, 2003

Imagen: Raven/Grabado de Marina Terauds, 2005

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