Tuesday, June 11, 2013

Entre inuits e islandeses, con Ander Izagirre

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Guardo antigua afición por los inuits. Entonces les decíamos esquimales, término que, Ander Izagirre señala, no gusta a los pobladores de esta región ártica por su connotación peyorativa. Esquimal significa “comedor de carne cruda”, y en verdad lo son, según cuenta el autor, tragando él mismo con dificultad, como inmensas aspirinas, trozos de narval crudo -cetáceo mitológico-, en un viaje a Groenlandia.

Cuando mi hija Emily visitó Manitoba, le pedí que fuera, ya que no podía hacerlo yo, a la Bahía de Hudson y me trajese algún objeto de arte popular de Nunavut o Nunavik, dos de las cuatro regiones inuit del ártico canadiense que colindan con tal provincia. Eso a raíz de haber visto el catálogo de la soberbia colección de Chauncey C. Nash de arte inuit y otros fascinantes detalles.

Groenlandia, e Izagirre lo relata, ha entrado en un período en que las prospecciones petroleras, azuzadas por el calentamiento global que permitirá con el deshielo acceder al petróleo a menor costo y mayor facilidad, la casi obligan a hablar de independencia. Hace muy poco, sin embargo, esta conversación independentista se ha visto truncada en base a referencias a la tradición local de caza y pesca, asunto que en Groenlandia cruje (eCícero, 2012) se mira como cosa de ayer gracias a la globalización, turistas, muebles Ikea y televisores Samsung. El rescate del pasado, para la nueva dirigencia local que no desea romper lazos con Dinamarca, forma parte de su política de contrarrestar el en apariencia imparable avance chino en pos de los recursos naturales de la isla-continente. Con lo que eso conlleva, de acuerdo al capitalismo salvaje que idolatran los comunistas de Beijing, paradojas afuera.

Groenlandia cruje es un magnífico libro de viaje, periodismo al natural sin pretensiones que abarca un espectro amplísimo, desde la geografía a la historia, al cotidiano vivir de isleños en los dos países visitados; crónica contemporánea, leyenda, y el acre pero atractivo sabor de la aventura marina a la que nos acostumbraron los literatos del norte.

Con rapidez, el mundo inuit se ha ido derrumbando. Los cazadores de focas hoy sitúan sus cotos de caza en modernos GPS. “(…) Las focas, ignorantes de los satélites que las vigilan, mantienen sus costumbres. Los cazadores ya no”. Se ha perdido ese juego de emoción y peligro que estaba en buscar la subsistencia con pocos recursos disponibles. Los nómadas se han hecho a la fuerza sedentarios. Abuso y alcohol en la noche eterna del polo llevan al suicidio. Me recuerda un filme islandés, Noi (Dagur Kári, 2003), escenificado en Bolungarvik, mínimo pueblo pesquero del noroeste de Islandia, al pie de una impactante montaña de hielo, donde alguien acostumbrado a la comodidad consideraría imposible vivir. Aunque en Noi nadie se suicida -sí mucho en los países nórdicos y abundante en Groenlandia-, ese entorno me llevaría a opinar que en semejante geografía el suicidio debe ser la única distracción.

Groenlandia, de noche permanente y espíritus diabólicos, forma la primera parte del libro digital de Ander Izagirre. Comienza con una expedición de amigos partiendo de un punto del que Fridtjof Nansen debiera haber iniciado la suya. Como kivigtoks que se pierden en la marea blanca del tiempo hasta hacerse mitos. Sociedad cazadora que, expuesta hoy, se revuelve dramática entre pretérito y futuro; “sociedad desarraigada, violenta, desesperada”, dice el autor. Cuando la nieve se derrite, alrededor de las cabañas quedan restos de focas, sangre congelada, mierda de perro…

Luego Ander va a Islandia, la tierra que cambia a diario, la más nueva porque se remoza con estertores volcánicos día a día; la más anciana, Última Thule, de escritores antiguos y narrativas de parricidios, incestos, lobos devoradores y dioses jorobados. La de hombres tozudos que levantan otra vez sus casas sobre la lava que las ha arrasado, que utilizan el calor infernal del vientre de la tierra para calefacción de hogar, para crecer papayas y bananas en ilógicos invernaderos.

El viento azota la isla y en tres ráfagas este periodista de a pie da una imagen sobrecogedora del país. Camina sobre tierra no muy firme, por lo dicho, y admira el fanatismo superviviente de un pueblo que navegó hasta el fin del mundo. Los islandeses secan toneladas de cabezas de bacalao aprovechando los vientos helados. Las exportarán a Nigeria, afirman, porque se consideran delicadezas allá. Visita un museo fálico, falos de toda especie, centenares, que ilustrarían los vericuetos de las Once mil vergas de Guillaume Apollinaire, pero estas están disecadas, expuestas a los visitantes, y vienen de todo el reino animal (de goma, las humanas).

De Kulusuk a Husavik, de Groenlandia a Islandia, jornadas memorables.
06/06/13

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Publicado en Puño y Letra (Correo del Sur/Chuquisaca), 11/06/2013

Imagen: Portada del libro de Ander Izagirre
  

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