Wednesday, September 20, 2017

Connotaciones bíblicas del gobierno de Donald Trump: Sodoma y Gomorra

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Steve Bannon, el ultraderechista de la Casa Blanca, a quien el New York Times llamó en un editorial President Bannon, ha salido del gobierno, lo han echado en el reflujo del drama de Charlottesville, Virginia, con una activista muerta y los nazis marchando con antorchas y armados para la guerra.

Facciones, lucha de facciones dentro del palacio presidencial. Por un lado los conservadores, nazis incluidos, y por otro los “liberales”, familiares y judíos, entre otros. Cuando comencé este texto el aire olía a caldosa. Luego, paradójico porque hay desastre y tragedia en medio, se calmó. Nada mejor para Donald Trump, en términos políticos, que los huracanes Harvey e Irma. Si bien ellos es posible que le costaron el muro del sur, al menos por un par de semanas alejaron la cada vez más pesada sombra de Rusia.

Ya pasó el agua, la drenan. Se habla de billones, reconstrucción, años. Con más énfasis, hay que anotarlo, que cuando Katrina, ese otro huracán mujer, barrió con los negros pobres de Nueva Órleans. Esta vez fue la rica ciudad de Houston y la no menos rica de Miami y los Cayos. Del Caribe menor, a no ser que fuesen posesiones norteamericanas, no se dijo mucho. La desolación del otro no es nuestra desolación.

Pero estos son tema de un espectro más amplio. Ahora quiero centrarme en el ambiente infecto y decadente que existe, o parece existir, en el círculo íntimo del magnate. Vimos ya videos donde míster Trump habla de agarrar genitales femeninos como si se tratase de peras. Se pueden comprar, supongo, o disculparse si se tocan de improviso. El pecado cubierto de dinero suele no serlo, se convierte en juego de muchachos. Siendo que montón de gente no lo comprendió así, y que media docena de mujeres declaró en cámaras que el niño Donald las había abusado con su ímpetu táctil o más, la desenmascarada sociedad norteamericana igual lo votó. Y hoy es rey, príncipe consorte al menos, de la novia aterrada, la estatua de la libertad, según dibujó un caricaturista denunciando el estupro de Norteamérica.

Charles Blow es un comentarista negro del New York Times. ¿Por qué aclarar el color de la piel? Porque Trump ha llegado con pinceles y Blow lo ha tomado como desafío. Este periodista fustiga al autócrata como creo ningún otro. Desnuda su impostura, su mitomanía. Cuenta además cosas que debían haber sido utilizadas en la sucia campaña presidencial del 2016 por los demócratas, como el hecho del señor Trump haber participado en al menos dos filmes porno, softcore, de la revista Playboy. Si uno piensa que en el pasado hubo candidatos presidenciales que tuvieron que renunciar por habérseles encontrado amante, cuesta creer que la moral calvinista del país se revirtió tanto como para aceptar el vicio como virtud. Pero… parece que sí. Bueno, sabemos en muchos casos, de la vida privada de los santones, Jimmy Swaggart como ejemplo.

El encono político se ceba también en el chisme, y allí leo, en blogs anarquistas o irreverentes, detalles cuasi pornográficos del medio presidencial. A raíz de la declaración de Bannon que Jared Kushner, yerno del presidente, era un cornudo, las redes explotaron. Una hablaba de cómo al rico judío que es bastante callado y dicen que no inteligente, le gusta contemplar a su esposa Ivanka, la princesa de esta historia cenicienta, en coito común con descendientes de esclavos, negros  bien dotados en la mitología sexual popular. Cierto o no, cosas semejantes corren como arroyos de verano. Llevando casi tres décadas en este país y calándolo hondo en todos sus aspectos, temería en dudarlo. La soledad de una nación sin afecto y que se desespera por dar una imagen de comunidad, que no encuentra aunque se esfuerce, es dramática. Mala consejera sobe todo. Para hallar sosiego en la desesperación uno suele rebuscar en lo recóndito, lo oscuro, hasta lo -tal vez- ignominioso. Por supuesto que de oírlo Donald Trump enloquecerá. Que la joya de su corona, la fingida y bastante rústica Ivanka, con aires de virgen de Filippo Lippi, sea seducida, mejor dicho tomada, por negros agarrados de la intemperie, sería demasiado. Pero, ya lo dijo un nazi, equiparando al millonario Kushner, por ser judío, con los negros, era demasiado para la raza blanca que un asshole hebreo la tuviera. Crisol de razas.

Y no olvidemos el famoso Dossier (en manos del Fiscal Especial), que cuenta los versos de The Donald en el puterío moscovita, con prostitutas orinado sobre la cama e imaginaciones seguramente más lascivas y todavía secretas.

Siguiendo en el panorama sexual del mandatario norteamericano más proclive al vicio, dicen que su amigo -y creador- Roger Stone, siempre elegantemente vestido con un look de los años 30, pone avisos en publicaciones del Distrito de Columbia para conseguir jóvenes y encamarlos con su esposa, mientras él filma, contempla, y finalmente participa. El chisme, que es la información del pueblo, puede ser denigratorio, malintencionado, parcial, odiador, clasista, pero siempre guarda un fondo de verdad, porque allí donde habla el pueblo, aseguran que habla Dios.
14/09/17

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Publicado en INMEDIACIONES, diario digital, 19/09/2017

Connotaciones bíblicas del gobierno de Donald Trump: Sodoma y Gomorra

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Steve Bannon, el ultraderechista de la Casa Blanca, a quien el New York Times llamó en un editorial President Bannon, ha salido del gobierno, lo han echado en el reflujo del drama de Charlottesville, Virginia, con una activista muerta y los nazis marchando con antorchas y armados para la guerra.

Facciones, lucha de facciones dentro del palacio presidencial. Por un lado los conservadores, nazis incluidos, y por otro los “liberales”, familiares y judíos, entre otros. Cuando comencé este texto el aire olía a caldosa. Luego, paradójico porque hay desastre y tragedia en medio, se calmó. Nada mejor para Donald Trump, en términos políticos, que los huracanes Harvey e Irma. Si bien ellos es posible que le costaron el muro del sur, al menos por un par de semanas alejaron la cada vez más pesada sombra de Rusia.

Ya pasó el agua, la drenan. Se habla de billones, reconstrucción, años. Con más énfasis, hay que anotarlo, que cuando Katrina, ese otro huracán mujer, barrió con los negros pobres de Nueva Órleans. Esta vez fue la rica ciudad de Houston y la no menos rica de Miami y los Cayos. Del Caribe menor, a no ser que fuesen posesiones norteamericanas, no se dijo mucho. La desolación del otro no es nuestra desolación.

Pero estos son tema de un espectro más amplio. Ahora quiero centrarme en el ambiente infecto y decadente que existe, o parece existir, en el círculo íntimo del magnate. Vimos ya videos donde míster Trump habla de agarrar genitales femeninos como si se tratase de peras. Se pueden comprar, supongo, o disculparse si se tocan de improviso. El pecado cubierto de dinero suele no serlo, se convierte en juego de muchachos. Siendo que montón de gente no lo comprendió así, y que media docena de mujeres declaró en cámaras que el niño Donald las había abusado con su ímpetu táctil o más, la desenmascarada sociedad norteamericana igual lo votó. Y hoy es rey, príncipe consorte al menos, de la novia aterrada, la estatua de la libertad, según dibujó un caricaturista denunciando el estupro de Norteamérica.

Charles Blow es un comentarista negro del New York Times. ¿Por qué aclarar el color de la piel? Porque Trump ha llegado con pinceles y Blow lo ha tomado como desafío. Este periodista fustiga al autócrata como creo ningún otro. Desnuda su impostura, su mitomanía. Cuenta además cosas que debían haber sido utilizadas en la sucia campaña presidencial del 2016 por los demócratas, como el hecho del señor Trump haber participado en al menos dos filmes porno, softcore, de la revista Playboy. Si uno piensa que en el pasado hubo candidatos presidenciales que tuvieron que renunciar por habérseles encontrado amante, cuesta creer que la moral calvinista del país se revirtió tanto como para aceptar el vicio como virtud. Pero… parece que sí. Bueno, sabemos en muchos casos, de la vida privada de los santones, Jimmy Swaggart como ejemplo.

El encono político se ceba también en el chisme, y allí leo, en blogs anarquistas o irreverentes, detalles cuasi pornográficos del medio presidencial. A raíz de la declaración de Bannon que Jared Kushner, yerno del presidente, era un cornudo, las redes explotaron. Una hablaba de cómo al rico judío que es bastante callado y dicen que no inteligente, le gusta contemplar a su esposa Ivanka, la princesa de esta historia cenicienta, en coito común con descendientes de esclavos, negros  bien dotados en la mitología sexual popular. Cierto o no, cosas semejantes corren como arroyos de verano. Llevando casi tres décadas en este país y calándolo hondo en todos sus aspectos, temería en dudarlo. La soledad de una nación sin afecto y que se desespera por dar una imagen de comunidad, que no encuentra aunque se esfuerce, es dramática. Mala consejera sobe todo. Para hallar sosiego en la desesperación uno suele rebuscar en lo recóndito, lo oscuro, hasta lo -tal vez- ignominioso. Por supuesto que de oírlo Donald Trump enloquecerá. Que la joya de su corona, la fingida y bastante rústica Ivanka, con aires de virgen de Filippo Lippi, sea seducida, mejor dicho tomada, por negros agarrados de la intemperie, sería demasiado. Pero, ya lo dijo un nazi, equiparando al millonario Kushner, por ser judío, con los negros, era demasiado para la raza blanca que un asshole hebreo la tuviera. Crisol de razas.

Y no olvidemos el famoso Dossier (en manos del Fiscal Especial), que cuenta los versos de The Donald en el puterío moscovita, con prostitutas orinado sobre la cama e imaginaciones seguramente más lascivas y todavía secretas.

Siguiendo en el panorama sexual del mandatario norteamericano más proclive al vicio, dicen que su amigo -y creador- Roger Stone, siempre elegantemente vestido con un look de los años 30, pone avisos en publicaciones del Distrito de Columbia para conseguir jóvenes y encamarlos con su esposa, mientras él filma, contempla, y finalmente participa. El chisme, que es la información del pueblo, puede ser denigratorio, malintencionado, parcial, odiador, clasista, pero siempre guarda un fondo de verdad, porque allí donde habla el pueblo, aseguran que habla Dios.
14/09/17

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Publicado en INMEDIACIONES, diario digital, 19/09/2017

Monday, September 18, 2017

La Momia y las incongruencias plurinacionales/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Alvarito García, vicepresidente quizá también eterno (terrible drama el de ser siempre segundo, cola de perro) viaja a Nueva York al “Foro de la Izquierda”, centrado este no ya en la toma del poder como hubiera sido décadas antes, sino en la supervivencia de la especie en un ambiente socialmente justo, ecológico. ¿Pues qué hace este feroz depredador de terno y peinado impecable en un lugar así? Habría discrepancias en cuanto a la política de extinción de especies, incluida humana, por la superexplotación de recursos naturales y destrucción de hábitats, si se contemplara la “revolución boliviana” en su realidad y no en la lírica, característica de las izquierdas, falaz y tóxica. Peor sabiéndose que el asunto no está referido a políticas que apunten a beneficiar al colectivo sino a hacerlo de manera personal, para enriquecimiento de las cúpulas y las mafias que las apuntalan. Lo triste que hay izquierdas en el norte, y europeas también, que se niegan a escuchar el discurso veraz de lo que estos tipos, Morales, Linerita, y etcéteras, representan.

Ahora bien, la izquierda depredadora siempre existió. Su presencia se manifiesta en el desierto que es hoy el Mar de Aral, ejemplo palpable de la demencia soviética. O la política del imperio chino en la vasta provincia sureña de Yunnan donde, para beneficiar a la multitudinaria etnia Han, está destruyendo las últimas selvas tropicales y sus numerosas minorías, reemplazando los bosques con granjas de producción de goma. Ahí caería perfecto el tonto de capirote, alias genio, que funge como vicepresidente, entre sus congéneres viciados y delincuentes, aprovechadores del dolor, místicos del dólar y apóstoles de una prostituida miseria.

Nueva York le viene al pelo, porque el odiado capitalismo tiene delicias a las que él y Evo Morales pueden acceder sin problemas. Su amplio bolsillo y un avión particular para ser rellenado de contrabando, hace la cosa práctica. Por unos días serán las estrellas de la Quinta Avenida. Viendo su vestuario, no dudo que visite Gucci y adquiera calzoncillos de a 300 verdes. La recua revoltosa, mugrienta y vanidosa que los sigue, se animará con la vista de lo que el futuro será para ellos con dólares mal habidos y escaso esfuerzo. Dicen que el crimen no paga, pero la revolución sí. Mientras haya idiotas que creen en fantasmas.

El fantasma del comunismo recorre el mundo… cargado de billetes. “Comunismo”, “izquierda”, “revolución”, letras ya sin fundamento ni peso.

Ahora seguimos, supongo por el título del texto, hacia el panorama de la lucha libre: la Momia contra el Santo. Lo quisiéramos así, un espectáculo que adoraba Monsiváis y que refleja un aspecto de la mexicanidad. No, no es lucha libre. Nuestra Momia es el presidente. Hoy que anda de viaje no crítico –viaje de placer- en los Estados Unidos, tratará de conseguir paños lubricados en carísimos bálsamos para su porvenir de esperpento faraónico. ¿O no lo saben, que decidió no solo permanecer de mandatario eterno sino de semidiós en la pirámide que ha de construir en su memoria? Me recuerda a sus, y nuestros, antepasados que adornaban el salón de oro del Qoricancha del Cuzco en calidad de momias. Ellos creyeron, igual que el abanderado del paraíso terrenal, el Dalai Lama de Orinoca, en la eternidad. Bastó un puñado de bestiales extranjeros para desbaratar sueños, veleidades, privilegios. Mientras los soldados de Pizarro arrancaban láminas de oro de las paredes del templo, arrojaban los despojos de los reyes incas, desprovistos ya de joyas y vestimentas, al suelo. El poder no pasa de dudoso hálito. Quien elucubre en su intemporalidad, alucina.

Tendremos mañana, en las Naciones Unidas, a Evo Primero balbuceando la misma cháchara. Como siempre, ante un escenario casi vacío. Luego a probarse las vendas que bañadas en jazmín y aceite preservarán por los tiempos a venir su poco elegante humanidad. Quizá sobre tela, ojalá, para que decoren a Alvarito y lo conviertan en momia menor.
18/09/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 20/09/2017

Imagen: Guamán Poma de Ayala


Sunday, September 17, 2017

A solas con mi cultura

JORGE MUZAM

El mundo es tan vasto y ajeno. Intento caminar sin tanta prisa. Meter la ansiedad en una bolsa de cemento. Las metas consensuadas no me importaron mucho y el resto es un círculo vicioso de noches y días.  Mi única meta, la novela del tiempo, es algo difusa. Es decir, puede y no puede escribirse. Quizá ya está lista y sólo hay que pegar el mosaico. No soy un bebedor solitario, o no lo era hasta hace tres días. Pero el sol primaveral sobre el huerto parece incitar al descorche de un Concha y Toro. Mozart en los audífonos, cerezas que maduran, letras de Ferrufino y Nabokov, un perro hinchapelotas que me muerde la pantorrilla, vendedores de verduras por el camino, el celular que vibra incansable, un chorlito ladrón espantado por un escopetazo.

Soy lento para leer. Fácilmente me desvío hacia tangentes extraliterarias. A veces me quedo en la ventana de Potocki y no vuelvo a lo que estaba haciendo. Cada frase de un buen autor me conduce a reflexiones anexas o a puertas mohosas de la memoria. Mi mente es pródiga en fabricar ucronías, en dramatizar sobre un tablero de cedro los eventos insolucionables de la historia. Boludear, diría una mujer práctica.

Imagen: Karl Schmidt-Rottluff

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 17/09/2017

Compañero Onfray

JORGE MUZAM

Hay escritores que considero necesarios. Compañía de tramonte solar. Diálogos de sobremesa. Exposiciones tardías. Soliloquios de borracho madrugador. Entre ellos Joseph Roth y Nabokov. Bashevis Singer y James Joyce. Sánchez-Ostiz y Cerezal brindando con una copa de Malbec. Ferrufino y Cingolani como compañeros de batallón. Latido justiciero. Bibliotecólogos de Alejandría. Fusiles aceitados. Sombra trémula de hoja de bambú. Rodríguez de este lado de la colina. Y en especial Michel Onfray. Por libertad de pensamiento, por cultura amplia y puntillosa, de arriba y abajo. Por desconfianza de gato arrinconado hacia el halago. Academia medieval y sabiduría de sobrevivencia digerida de una forma absolutamente personal. Sin descontar el desdén hacia el institucionalismo ancestral, el resentimiento hacia las clases privilegiadas, asco hacia las derechas, poesía inevitable en la narración, reescribidores de la filosofía a partir de la extravagancia lingüística, el dolor personal, las llagas de época, la empatía por todos los hombres y mujeres que vivieron y murieron sin importarle a nadie más, oprimidos desde la cuna, avasallados por sistemas que no eligieron, pero que igual se deleitaron ante una luna musulmana, el primer sol de primavera, las estrellas viajeras que no concedieron ningún deseo, ante los hijos que nacieron y crecieron y murieron alimentados con un soplo de brisa.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 17/09/2017

Saturday, September 16, 2017

El Héroe/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Tren subterráneo. Septiembre.

En una estación suben dos personas, y otra, solo mitad, en silla de ruedas. Esta última viste traje y gorra de soldado, con medallas. Piernas y brazos plásticos. Le queda el tronco.

Lleva insignia de Vietnam. Sus viejos padres lo guían. El hombre parece muerto, no habla ni gira la cabeza. En sus brazos ortopédicos, en las muñecas, tiene adheridas ciertas cosas útiles: un cepillo de dientes y un tenedor, en una; una cuchara y un lapicero en la otra. Los ancianos lucen orgullosos. El hijo, con la cabeza quemada, sonríe. No es ejemplo de valor.

Descienden. Silencio. Nada vale un precio así.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 14/02/1992

Imagen: George Grosz/El héroe, 1936

Thursday, September 14, 2017

"La Jungla"/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Viajo en metro. Anochecida tarde de Vienna, Virginia. Muy pocas personas. Un hombre gordo, joven, me pregunta por mi país. Dice que, como miembro del ejército salvadoreño, vio videos de cómo se derrotó al Ché en Bolivia. Entrenamiento de contrainsurgencia. Se define como hombre de D’Aubuisson, el asesino. Su grupo se llamaba “La Jungla”.

Sonríe al contar que en la noche sacaban a la gente de sus casas. La llevaban al “Pozo” y allí la martirizaban. Después de decapitar reunían las cabezas en bolsas grandes para cocos. En la mañana, en camionetas por los mercados, arrojaban las bolsas en medio de la multitud. En un principio la gente corría a ellas, pensando que llevaban fruta. Luego se acercaban a reconocer los muertos…

En tres años de Estados Unidos encontré muchos exsoldados de El Salvador, “refugiados”. Casi todos eran criminales y se preciaban de serlo.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 21/01/1992

Fotografía: Escuadrones de la muerte de la Guardia Nacional de El Salvador 

Tuesday, September 12, 2017

9/11/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Estos números hacen referencia al ataque a las torres gemelas. “El nueve-once”, basta decir, y sabemos acá a qué se refieren. Además que de frente, costado o por detrás nos costó a todos. A partir de allí cambió la economía, se intensificó la seguridad (con los males asociados a ella en países de diversidad étnica), subieron las casas, se estacionaron los sueldos, viajar dejó de ser un placer. Gracias a unos árabes locos.

Pero no, no es tan simple, fuera de no compartir fanaticadas con nadie ni acerca de fútbol y menos de deidades, los “árabes locos” tenían sus razones y, en crudo análisis, válidas, en contra de los Estados Unidos. No fue solo Iraq, o no solamente, ni lo que vino después, sino la larga y triste historia del expolio norteamericano, de la intervención y el abuso. Caen en esa bolsa también ingleses, y rusos, y turcos, y vámonos yendo en la historia hasta bizantinos y normandos. Ese el legado de los imperios: monumentos y dolor.

Asurbanipal, Timur, Gengis Khan, pieles desolladas cubriendo fortalezas de piedra. Ante semejante miseria tal vez la religión aglutinante trajo sosiego. Y al sosiego, con la venia y complicidad –siempre- de las castas dominantes, vinieron los imperios modernos. Si se ha perdido todo, supongo, queda Alá y su profeta, o sus, porque también entre musulmanes no se la dan tibia, por decirlo con sorna.

Aparte de árabes: iranios, filipinos, indonesios. Mahoma ha expandido su desconocida –para mí- fe y ha calado hondo, tanto como la violencia y la muerte. No difiere en mucho del martirologio de las demás religiones; cada una machaca al opositor, al otro, al infiel. Cada una se piensa verdadera y los dioses de barro o de papel adquieren características que exceden su (i)realidad.

En el caso de Irán y el visceral odio de los iranios hacia Estados Unidos, que los jerarcas gringos desean presentar como enfermo, hay un mar de sangre. Quizá ya no se escucha hablar de Mosaddeq, pero hay que buscar en su biografía el drama persa que resultó en el arbitrio insensato de los ayatollas. Si existe un cómplice de la teocracia de Teherán son los Estados Unidos. Fue mejor para sus planes, así no salieran exactamente como los pensaron, que los barbados quedaran arriba. Hubo la posibilidad de un Irán moderno, acorde con la época, de uno revolucionario que acabó con la monarquía y se enfrentó a la religión. Ese Irán, el liberal y hasta cierto punto de izquierda no era posible para la Casa Blanca. Al menos, y a pesar de que se les fue de las manos, es más fácil lidiar con fanáticos que con librepensadores.

Manejaba yo por la avenida Alameda, en Aurora, ese amanecer del NueveOnce. En la radio algún clásico del rock se interrumpió con la noticia: un avión se ha estrellado en una de las Torres Gemelas, Nueva York. En cinco minutos llegué a casa y encendí el televisor despertando a esposa e hijas. La historia no aguarda por dormilones. Chocó el segundo avión y dije tenebrosamente: bien tirado. No se sabía nada pero era obvio. Así lo comprendí, era un ataque a lo que los Estados Unidos representaban en el mundo. Y en el centro de su poder. En momentos similares uno no se pregunta por víctimas e inocencias. Cuesta decirlo, pero esos hechos están por encima de vidas. Ya las horas, los años, van humanizando el acontecimiento.

Sobrevino un torbellino. He escuchado cosas entonces (no escuché, sino he escuchado) que nunca más se dijeron. Luego escribió Chomsky y otras miradas a la tragedia se sumaron al sinfín de opiniones. Bailaban en Ramallah los palestinos y creo que tenían razón de bailar. Miren que esto me costó, y a la mayoría inmigrante alrededor, un mundo. Nos costó la bonanza, la calma. Nos abrazó la ira también, y cómo no, pero esta historia de árabes locos y malévolos tuvo su razón de ser. Aún la tiene aunque no nos guste.

11/09/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 12/09/2017

Sunday, September 10, 2017

El ambientólogo. Delicias de la vida palaciega

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Nosotros, los comunistas, lo entregamos todo, no nos quedamos con nada. Algo así dijo Álvaro García Linera, Alvarito, el chico malo del plurinazionalismo. Deducción: no es comunista. ¡Ay, Alvarito, qué será de ti cuándo llegue el comunismo!

Sigo con la sarta de necedades que este individuo escupe. No sé, otra como que la casa que tiene, y que debe, la terminará de pagar el próximo esposo de su esposa. ¿? ¿Casa con mujer incluida? ¿A cuánto, señor? Desde el otro lado mi padre continúa susurrando, igual a cuando nos sentábamos enfrente del televisor y aparecía este payaso: es un cojudo. Tajante. Real. Indiscutible.

No sé en qué momento de odisea alcohólica se supuso que García formaba parte de un exclusivo grupo de genios. Entre la recua tercermundista, populista, que incluía a Chávez, Ortega, la Kirchner, digamos que destacaba, aunque en conjunto presentaban un rebaño de pedantería ignorante y prostituta. En Cuba lo escuché y a ratos daba la impresión de que ciertamente había un bagaje ideológico bien rumiado, hablando de Bolivia, su historia, y el porvenir. Un poeta canoso cuyo único mérito radicaba en haber conocido a Neruda, me dijo en el oído que la oratoria del vicepresidente debiera ser impresa y enseñada en todas las universidades del mundo. Tan grande era que la olvidé, y eso que recuerdo cosas menos leves como un primer amor y el primer desaire. Si la política sucumbe en el recuerdo ante el peso de la inútil pasión juvenil… pues, no vale nada.

Con mi padre -retorno al fantasma lúcido- aderezábamos un café y… a putear y escuchar. No importaba el tema que tocara Alvarito. Gozábamos de lo lindo cuando movía los dedos, imitaba olas de mar, alas de palomita y mariposas. De pronto bajaba la palma casi haciendo que aterrizara un avión. Era manualmente explicativo porque de lo otro, del verbo, al carajo. Suplía la falta de talento con mímica, la de entendimiento con dengues de meretriz de frontera. Pero era el genio boliviano, el Einstein que cinco mil años aymaras y no sé cuántos otros miles de las 36 naciones, más las barbas de los porqueros extremeños, finalmente habían parido, y, cosa extraordinaria, en la misma era mesozoica del caudillo del imperio altiplánico, el audaz, pelucón, verraco, culeador, magnífico y magnánimo Evo, el bienamado.

Hasta el Voyager, cuarenta años trashumando el espacio, vio que dos estrellas se unían para tirar igual a ducha de barrio pobre, un chorro de luz sobre la tierra marchita de los bolivianos, sedientos de tomar agua marina. Haz, o haces, o ases, que recibieran las canas de Alvarito y las mechas de Evito, por los siglos de los siglos, amén. Falta Bergoglio, el otro marica, para la troika perfecta de beneméritos ángeles del infierno. O Diego, el fatídico Maradona.

Vamos ahora al TIPNIS. Este asunto, hace años, mostró las fauces del lobo mejor que nunca antes. Morales se coronó reina del narco. Le pusieron una banda de hojas de coca y en pasta blanca un notorio “Miss Chapare”. Para Álvaro no sé si hubo banda de representación. Supongo que sí, caso contrario se hubiese desatado un conflicto de odaliscas con multitud de desnudos eunucos correteando aterrados. Aves y baldes, demonios, esqueletos, figuras antropomorfas, zoomorfas, animales, monstruos, hoces y alabardas. Cierto domingo por la tarde, en Cliza, creí ver en vivo el infierno de El Bosco, pero aquello no era nada ante las bambalinas del estado plurinacional, con ministros en polleras de chola y violadores de miembro entumecido, frotado en pasta base, buscando el agujero negro por donde vinieron del espacio los líderes de la revolución. Alguna vez escribí una columna que se llamaba Retrato de potencia nuclear con grupo de perros copulando en la calle. Ni más ni menos. Bueno… más.

TIPNIS, la tierra del agua, la intemperie húmeda, la vida o la muerte, la gloria o la sed. Sobre este pedazo de aire, desde mucho ha, quieren Álvaro y Evo, Evo y Eva, hincar el diente. Les habrán puesto caninos de oro ya que no saben en qué gastar la robada plata comunista. En su momento, a tiempo de la marcha más famosa, la que llegó a La Paz y obligó al presidente y al vice a orinar sentados, hubo hasta un jesuita que hoy aparece glorioso y bonachón, predicando violencia para domeñar a los irredentos indígenas que protestaban. Hoy calza boina y sonríe muy parecido a Satanás en máscara de diablo. Ese TIPNIS que quieren regalar a las petroleras, mineras, narcotraficantes, cocaleros; total no será a ellos ni sus crías que les afecte la sequía eterna. Ellos, dada la estupidez de los gringos que los inventaron, capaz que terminen dando cátedra en la Sorbona acerca de la rebelión mundial, mientras redondos y jóvenes culitos europeos respiran como pescados, ardientes de deseo proletario. Triste mundo de tartufos.

Dice el licenciado, doctor, periodista, analista, pensador, filósofo, matemático, versificador, prosista, matador, guerrillero, mesías, apóstol, amante, preso político, vendedor de libros usados, impoluto marido, dadivosa pareja, Álvaro García Linera, que lo del medioambiente lo inventaron los gringos. Claro, cualquier cosa, ya que si no puede lucrar con el parque Isiboro-Secure tendrá un soponcio de película, de esos de novelón venezolano, y entre sus rabietas feminoides y las del otro fémino de palacio (sin insultar a las mujeres), estamos jodidos. Cuidado, que nos derriban ciudades para construir mitos. Lo que es peor, viendo una exhibición de museo, es que hasta el ekeko se ha transformado. Estaba en un pedestal su figura desprovista de atuendos. Ni bolsas de arroz, ni camioncitos Isuzu; ni dólares ni cholet ansiado. Solo erección en su pequeña verga lampiña anunciando al mundo que a partir de hoy, del tiempo del mocochinchi y el reloj volcado, discutiríamos a calzón quitado, a algunos quitado por fuerza y de otros, al revés, dispuestos al estupro.

Un título más para el genial linerita, el de ambientólogo, similar al de ambientador de baño, olor de lavanda.
07/09/17

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Publicado en ADELANTE BOLIVIA, periódico digital, 09/09/2017

Imagen: Arte: Roberto Unterladstatter. Fotografía: Ibelisse Guardia Ferragutti


Saturday, September 9, 2017

Elena detrás de la cesta de flores en Kharkiv

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Una cesta de flores entre tus piernas, traídas a Kharkiv desde el Dniester. Te dicen Elena y tienes 42. No cocinas, aunque todo este embrollo de mi viaje a Ucrania ha sido para comer catliets. No hay tiempo para puerco entremezclado con res. Ni eneldo tirado al descuido sobre el borsch que humea. Ahora guardas tus piernas abiertas detrás de una cesta de flores. Me has convertido en botánico y quito pétalos una a una y las describo como flor de salón o salvaje.

Tu cabello es del color de la mies detrás. Verano, o casi muerte de verano. Bien pronto el lodo cubrirá de oscuro este dorado. Y tu vientre de ombligo vertical de un centímetro se acostará de pieles y mantos calurosos. Así el fin del amor. Cómo el fin, me pregunto, si nunca existió, si hubo, sí, una canasta de flores que te cubría el sexo. Y aunque la canasta era azul, más azules las florecillas de largos tallos y poco pétalo. Tu camisa ucrania, levantada hacia las piernas, deja ver medias marrones. Darle un poco de sofisticación a nuestra fiesta campesina.
09/09/17

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Imagen: Natalia Goncharova 

Thursday, September 7, 2017

La egipcia y la beniana/MADRID-COCHABAMBA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Un aficionado belga le sacó una foto desnuda con ánimo de arte. Si la poseyó o no, está fuera de lo que me incumbe. Solo sé que vino con el fastidio aquel de creerse más que nosotros, y que con una Nikon en mano se convertía en artista singular. La colonia nunca nos dejó, y el belga acumulaba culos cochabambinos como para el record Guinness; culos, debo decirlo, que nos estaban vedados a pesar de nuestras también veleidades creativas. Cómo compararnos a un flamenco o un valón si apenas despertábamos al sueño de creernos libres. Quedaba la paja, esa inmisericorde compañera de los pobres. Y en ella, la egipcia, porque era bella y lejana como árabe, decorando arabescos de mil y una noches. La tenía ahí, virgen desesperada en el altar de mis desmedidas lujuria y virilidad. El miembro semejaba ariete espantoso y se ejercitaba ante un espejo sin lucecitas de escena.

Cuando conocía a una mujer, seguro ya de haber sido desvirgada, cosa que no importaba, tropezaba siempre con la sombra del belga. Al menos tres que amé tenían mostrados los pechos a la mediocre lente del tipo. Creían, sin embargo, que las eternizó. Dónde están esas fotos, me pregunto, sin arte ni magia. Pero no podía hablar de él, criticar su falta de talento. No era Edward Weston, no, pero ellas eran más lindas que la Modotti. Lo defendían a ultranza; cosa extraña, siempre me ha pasado, feministas defendiendo a individuos carentes de todo, moral en primer lugar, moral de mostrarse como eran. Estaban, como perras, protegiéndolos de mí, que iba a ser, al fin, quien las llevaría a la cama, y lloraría por todos los ojos agua y esperma.

La egipcia perdía la mirada en lontananza. Seguía su vista creyendo que miraba el cerro, pero no. Vivía en una segunda dimensión, y cuando al fin la tuve cerca muchas veces sentí el ridículo de estar acariciando un cuerpo celeste, de esos que nunca serán putrefactos. Celeste pero marrón ya que su piel se mimetizaba febril con la tierra. Y, a pesar de ese insomnio que nunca entendí, de sus pupilas somnolientas, sentía sus jugos al mis dedos tocar la vulva. La miraba debajo del vestido amarillo, y el carmesí mojado nada tenía que ver con otros mundos.

Tocaba, la besaba, chupaba sus teticas de pezón negro con dos centímetros de sombra alrededor. Pero al arrastrarla gentilmente al lecho siempre venía el No. Entonces, en casa, frente al espejo con manchas de humedad, soñaba que la penetraba y eyaculaba en ásperos papeles higiénicos que tragaba el lavabo.

Era un sábado, no me equivoco, y me hallaba sentado en un banco de la Facultad de Lenguas. Leía a Raymond Roussel. Se acercó. Vi los jeans antes de levantar la mirada, sus piernas de contorno firme. He leído el cuento con el que ganaste el concurso, me dijo. Me gustaría bailar para ti una canción de los Doors. La constancia pagaba, la insistencia, la obsesión. La conocía toda, en una cascada rural, en nuestra primera salida, se había desnudado y metido al agua helada. Quise desvestirme y lo impidió. Tocarla, y lo impidió. Un beso, un poco, una palma en la cadera húmeda. Una erección dolor de cabeza.

¿Lo leíste? Sí. Bendita literatura. Lo que arrebatos de macho no habían conseguido en meses parecía que las letras lo traían en bandeja. Arcanos hechizos. Vamos, sugerí, sabiendo que mis padres salían a esta hora de “día de Cancha” y que volvían tarde oliendo a cebollas.

La metí al “cuarto rojo” (mis hermanos saben cuál es), cerré la puerta y puse a Jim Morrison en el tocadiscos: L. A. Woman, mujer de Los Ángeles. Tiró el jean; debajo llevaba medias oscuras que le regalaron en París. Tiró el sostén después de la blusa. Si habría chupado intermitentemente como becerro esas tetas. Sentado en el sillón azul que compramos en una maestranza del Cero, al sur de la ciudad, acariciaba la carne con la bragueta abierta. Quedó en medias, calzón también, y movía el cuerpo tratando inútilmente de hallarle el ritmo. Puta, yo ni pensaba en Morrison y sus cascadas cadencias. Quería penetrarla, tanto que apenas abrí la camisa, bajé el pantalón hasta las rodillas, saqué el miembro y desgarré las medias. Con esfuerzo quité el calzón, forcejeando con sus pies medianos y oliváceos. El vello de su sexo parecía brotar de una fuente y esparcirse a ambos costados. Una fuerte línea negra al centro y volutas desperdigadas hacia afuera. Ombligo no mayor que una moneda de diez, irregular, mal cosido. Me perdí en detalles con un lunar en la corva casi pintado. Me distraje, ese lunar no era redondo sino ovalado, de superficie plana sin disgustantes terrones. Los vellos brillaban; se diría que los remojó en aceite. A la vez me puse a traducir mentalmente la letra de la canción, contradiciéndome en la acepción de alguna palabra. Para entonces mi miembro colgaba como liquen en el tendido eléctrico. ¿Qué sucede?, inquirió la egipcia, y no supe qué contestarle. En el momento en que se vestía, enojada, Jim comenzó a cantar Jinetes en la tormenta y la dejé ir.


La beniana... Una noche en el Mirador, fiesta de chicha con los Rolling Stones, Beatles y Doors, sentí que la amaba. No había iluminación, vale como detalle de entorno, y la bebida conseguida en Tupuraya no era de la mejor. Un solo casete daba vueltas. En el lado A, los dos grupos ingleses, en el otro los californianos, una y otra vez. A Álvaro Antezana se le cayó el diente postizo en medio del baile y se arrastraba entre las piernas buscándolo. La esposa de un actor famoso que salió a tomar aire de eucaliptos quiso entablar conversación. Callé, le agarré la mano y se la puse detrás del zipper. Sentí sus dedos helados quemando una barra candente de acero. Huyó. Voló como golondrina nocturna hacia los árboles y sollozaba hecha un alma en pena. Volví a la fiesta. La egipcia bailaba agitando los brazos. Miré hacia el rincón más oscuro. Ella, la beniana, cuya piel tenía efluvios de noche, apenas se veía. Andaba escondiéndose de su maestro de francés que habíale declarado su amor. Miré y la deseé, arrancarle la camisa celeste a rayas. Sudaba; el agua de su cuello se sumía entre los pechos con destino incierto. Felizmente estaba oscuro y nadie podía observar la desgracia de unos pantalones que no aguantaban la presión de mi verga inflada.

Caí, ebrio, rompiéndome un canino. Me acurruqué para despertar con los pájaros horneros marchando militarmente sobre la barda. En el cuarto contiguo había un revoltijo de piernas y nalgas velludas. Hans Bellmer, pensé, y abrí el candado para irme.

“Pasaron meses, pasaron años”, dice la letra de un huayño. No fue tanto. Algo, pero no tanto. Esperaba el micro D, a la salida del correo para ir a casa. Ella, la beniana, apareció. Qué haces, nada, y tú, nada. Lo típico. Qué hacemos entonces. Vamos a Quillacollo, propongo, te llevaré a una chichería en Villa Moderna, “La cholita milagrosa”, te gustará.

Qué piel oscura y linda, Dios mío, mientras miraba su trasero subir las gradas porque le cedí el paso. Nueve de la mañana, no más, u ocho. Era mi día de suerte. Con su amiga egipcia seguíamos hablando, pero el fracaso de nuestro coito aéreo la había molestado tanto que ya ni siquiera besos de mejilla se permitían. Le pregunté por el lunar, si mantenía el color. No contestó.

Visitamos a un amigo. Comimos chorizos con picante. Jugamos rayuela. Entró la tarde. A las tres el amigo se fue y le tomé la mano para llevarla hacia el norte, camino del cerro. En una callecita lateral de tierra desvié. Seguimos la huella y en un bosquecillo al lado del descampado me acosté. Hice que tirara de mis pantalones y agachara su rostro hasta tan cerca de mí que rompí su boca. Luego se desnudó. Tez de café centroamericano. El pubis, de escasa cabellera, no resaltaba, pero el cuerpo en su totalidad estaba bien, sabroso, un poco magro y huesudo pero delicioso. Encima, ejercitaba taquiraris, movía las caderas como un tiovivo. Eres mi segundo hombre, confesó. El primero fue River, por River Plate; es fanático del fútbol argentino. Y si cuentas esto, te mataré.

Nos frotamos con nuevas hojas de eucalipto para eliminar el olor. Bajamos por la avenida principal de la Villa. Miramos por si acaso dentro del local. La dueña, la cholita milagrosa, nos dijo que el amigo regresó y se fue. En la plaza Bolívar tomamos un colectivo hasta Cochabamba. No hablamos, o poco. Nos despedimos con un beso de amigos y yo enfilé hacia una casa donde una alemana esperaba sin ropa solo para escuchar su confesión de que aquella tarde me engañó… con el fotógrafo belga.

04/11/14

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Publicado en MADRID-COCHABAMBA, Cartografía del desastre (con Pablo Cerezal), La Paz, 2015; Madrid, 2016

Imagen: Christian Schaad

Tuesday, September 5, 2017

El Mallku y la desesperación opositora/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Achacachi. Tanto hemos escuchado. Bastión del masismo, de los degolladores de perros. Eugenio Rojas, de deslumbrante carrera política en la corte de Evo Morales y líder de semejante odisea, hoy se disculpa y habla con suavidad de damisela. Difícil creer que un matarife cambie hasta convertir la sangre en oro. Fue lo que es y así ha de seguir.

Anoto a raíz de los bloqueos de Achacachi y de la inerme oposición boliviana que busca en cualquier detalle algo que le pueda dar sino gloria al menos un resquicio por donde poder filtrarse. De pronto, un masista primario como el Mallku, Felipe Quispe, pareciera plantear la remoción del ilustrísimo Evo a quien acusa de desmanes que él ayudó a consolidar.  Tan débil es el sector opositor, carente de imagen y peor de imaginación, que se adhiere a lo que puede con intento de avanzar su ¿ideario político? y sus escasas posibilidades frente al rodillo gubernamental, y, cierto, al carisma del cacique que retoña en el país lo más recóndito (muchas veces lo más oscuro) de las contradicciones indias y mestizas que nos marcan.

La pregunta es si vale hacerlo.

En Venezuela, Luisa Ortega, exfiscal de la república bolivariana, representa ante el mundo la lucha por la democracia en un país hundido. Ortega, no hay que olvidarlo, fue mastín defensor del fallecido comandantico, Hugo Chávez, muerto de mater dolorosa y ya en el basurero de la historia. Defendió también a Maduro, desacreditando y bloqueando los intentos de la oposición de convertirse en eje del futuro. Hoy, y por razones que tal vez tengan algo de válidas, ya en el exilio, se ha convertido en vocera de una brega a la que se enfrentó desde el poder. Otra vez, igual al caso boliviano, ¿cómo creerle? ¿Se debe confiar?

Pocas son las manillas de las que la oposición de ambas naciones pueda aferrarse e impulsarse en un salto cualitativo hacia el poder. El aparato decisor, y decisivo, está en el ejército, remunerado y en el rol que mejor le cabe, de sirviente. Treinta años pasaron y permanecemos en las mismas, que un miliquito analfabeto decida el porvenir si así le place. No pesa la idea; sí el revólver. Mientras tanto, los civiles como Ortega y el Mallku, en distintas posiciones, contravienen el discurso oficial y causan molestia. No significa que lo suyo no alcance a ser un catalizador de lo que inminentemente tendrá que llegar. Pero.., y repetitivo, hasta dónde son idóneos personajes de tal calaña para dejarnos caer en manos suyas. Perdimos la capacidad de invención o simplemente no hay material humano capaz de oponerse con apoyo masivo al desgaste plurinacional, al robo y la extorsión. Peor en Bolivia que en Venezuela, donde, a pesar de la juntadera de lo más diverso en la Mesa de la Unidad, hay claras voces que podrían subir al estrado político con bastante peso. Nosotros, fuera de la casi mística propuesta del antaño presidente Mesa, no tenemos nada. Entonces confiamos en Achacachi, villa inconfiable y desconfiada, sin mermar su historial de valor y guerra a muerte desde tiempos del cura tucumano Muñecas, antes y después.

Achacachi suele menearse al arbitrio de prerrogativas y coimas. Pieza en venta de un ajedrez corrupto, desmitificado por la historia y que sin embargo aún rutila. No en vano marcharon allí los movimientos sociales codo a codo con sus antiguos enemigos militares, esos a los que mi padre con expresión de asco denominaba “puchuchuracos”, vocablo del que no hallo traducción ni origen pero que sé bien lo que implica. “Ponchos rojos”, se susurra en Bolivia con expresión admirada. No son hoplitas espartanos o el Mallku el gran Leónidas. Estos, bien terrenos y poco épicos en lo que va del siglo, bloquean a diestra y siniestra. La masa sigue al dirigente y el “deregente” a su bolsillo. No ilusionemos a un público expectante y esperanzado con lo que no es y que, tal vez, lo sea un día. Depende.
04/09/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 05/09/2017

Fotografía: Felipe Quispe, el Mallku

Monday, September 4, 2017

Delicias culinarias en la tierra del hambre

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ground Control to Major Tom
Ground Control to Major Tom
Take your protein pills and put your helmet on
Ground Control to Major Tom (ten, nine, eight, seven, six)
Commencing countdown, engines on (five, four, three)
Check ignition and may God's love be with you (two, one, liftoff)

Esta noche los zorros lloran. Donde empieza el campo, pastos y quinuas salvajes, gritos. Igual a los de niño, de mujer. Lloran los zorros y hiela el alma. David Bowie. Subo la vista a las estrellas, arriba de las luces de neón y cerveza. Vuela el mayor Tom, perdido el ground control. Luego me absorben las casamatas.

Penetro la llave en la cerradura. Tenue a la izquierda. Silencio de máscaras negras, de marionetas indonesias. Zorros del Chaco decapitados en el estante superior; hormigueros, tucanes de bosque seco. Enciendo la luz. Tres y un foco quemado. En la tarde hablé con un eritreo. ¿Sabes de dónde vengo?, pregunta. Y camino por el Djibouti hacia el norte, saliendo de Somalia. Sé que en Nueva York, en restaurante de ricos, pagan las sambusas a muchos dólares. Yo las compro en mi mercado etíope, a dos cuadras de casa, a dólar la pieza, quizá con pisadas de cucaracha. Sambusa de lenteja, cuando la conocí supo como novia de calzones negros y sostenes caídos hasta la oscuridad del pezón. Empanadas somalíes, me dicen. Pregunto a solas, sin abrir la boca ni mostrar los dientes, si todavía queda comida en Somalia. Finalmente, si no la hubiera, y solo harina, se podría rellenar sambusas con gente, con carne humana si otros animales somos, peores y malditos.

Estoy con obsesión de salsas y les voy poniendo nombres. De una versión que mi hija Emily trajo de Quetzaltenango, llamo a una Xela, nombre maya de la dicha villa. Y ya que me sobra cilantro, culantro en Cochabamba, decido un experimento somalí. Eritrea, Somalia francesa, Somalia, Etiopía.

Bizbaz es el nombre y se hace con yogurt sin sabor. Ajo remojado en jugo de lima, lo que en nosotros es limón verde porque la lima nuestra no la conocen y creo que crece en el Líbano. Ajo aplastado y locotos serranos. Se puede probar con habaneros si se quiere jugar con fuego. Cilantro a discreción; el verde combinará el blanco del yogurt y dará un verde claro, casi de musgo. Algo de azúcar, sal y pimienta negra. Licuar, convertir en puré y el bizbaz va bien con verduras y carnes. Y, sí, en Somalia, todavía preparan delicias. Y más en Nueva York. Somalíes abundan por las calles de Denver, y eritreos, y etíopes. Un food truck pasa por la avenida Iliff y se detiene en un fumadero árabe, uno que en cierta esquina de la calle funciona hasta el amanecer de narguiles.

Otra noche. Las mismas estrellas. No las cambiaron. Una lucecita atraviesa el cielo. Supongo que es Tom, el mayor Tom buscando una esposa en el espacio. ¿Somalia es como el espacio? Creo que sí. Detengo el Honda a treinta metros. Decido entrar al fumadero. Hookah llaman al narguile, en derivado del hindu-urdu. Pero a los diez pasos doy vuelta atrás. Otro mundo ante mis ojos, película de aliens donde el cabezón sería yo. Hookahs por todo lado, en la avenida Havana, en la Sheridan, en la Illif y la Leetsdale. A eso de las dos ya hay lío. No sé, siendo musulmanes, si hay alcohol, pero el narguile acepta cannabis y otras hierbas. A las dos llega la policía, la fuerza “chota”, y pesquisan entre morenos de ojos grandes y brillantes.

Tuvimos una guerra fea con Etiopía me dice el eritreo mientras me alcanza una botella de vino. ¿Sabes de dónde vengo? Sí, y de los italianos también. Italia -mira al vacío- lindas mujeres. Italia muerte; soy eritreo, ¿sabes de dónde soy? Las italianas no nos quieren, olor a ajo. Aioli.

Italia de ojos negros. Somalia también.

La última vez que comí sambusas un grupo de cucarachas paseaba por el brillo de la fritura. Las espanté, rasqué con la uña el excremento, di un mordisco, puse bizbaz en cada una; resaltaba el color claro con la oscuridad lenteja, con el café oscuro sambusa.

Luego, a la salida, y a instancias del dueño, cogí una bolsa de arroz jazmín, que no me gusta. Para mi mujer, me disculpo. Y un billete de lotería expedido de manera automática para ganar los seiscientos millones de dólares que nunca podría gastar.
31/08/17


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Publicado en PUÑO Y LETRA (CORREO DEL SUR/Chuquisaca), 04/09/2017

Fotografía: Reuters

Thursday, August 31, 2017

La marcha en Pongo/CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Ver de lejos, con mares y arenas y selvas y montañas entre medio, el drama épico de la “marcha por el Tipnis”, la de defensa del parque Isiboro-Sécure, llamada por algunos no sin razón, del “orgullo y la dignidad”, hizo que el escritor soslayase el invierno, él que odia el frío y el trópico con vehemencia, sin ser, realmente, templado en sí mismo.

Tanto machacar en contra del mentado “proceso de cambio” va construyendo más que una amargura un cinismo del que luego cuesta despojarse. No creer resulta ejercicio de mayor dificultad que lo contrario, al principio, aunque tal vez ya hecho costumbre los papeles se vuelcan y los crédulos sufren la inclemencia de su candidez con peor rigor.

Comenzó sin bombos y platillos. Quizá no pensó el gobierno que tuviese alguna significancia. Pero los acontecimientos modifican. La propuesta verbal, no práctica, de Evo Morales acerca de la Madre Tierra, con mayúscula, personificada, y que le dio estrado internacional al principio de su mandato, en parte por el paternalismo congénito de los grandes poderes, siempre ávidos y de pronto acongojados por un pasado nebuloso y cruel, fue cambiando hasta presentarse tal como es: capitalismo indigenal en teoría y expolio desmesurado de la ilusión patria y sus recursos en concreto.

Un editorial afirma que los indígenas de tierras bajas siempre marcharon. En parte alude al carácter nómada de algunas etnias, y por otra a la febril resistencia de estos pueblos ante la invasión y usurpación blanca, de pronto convertida, por hálito de votación y  hervidero popular, en invasión morena. Oligarca puede ser cualquiera, de cualquier color u origen. Y los marchistas del Tipnis, esta vez, movieron los pies para protegerse del avance de los que por experiencia debieran ser sus iguales, pero que por el impulso despiadado, avasallador, del narcotráfico devinieron en hidra de siete cabezas. Enemigo tenaz, difícil, escudado en reivindicaciones supuestamente similares; agazapado bajo los harapos que disimulan opulencia; mimetizado en pieles y vestimentas indias. Aprender a desconfiar del hermano…

Larga marcha, de mujeres niños y ancianos también. Cuando se pierde, lo hace la comunidad entera, y de nada sirve que solo caminen los hombres. Este era un asunto colectivo de los habitantes de la región mojeña, entre Villa Tunari, Cochabamba, y San Ignacio de Moxos, Beni, en una tierra a la que el conflicto ha quitado misterio, que antes de que los ávidos mercenarios gubernamentales y empresariales la evaluaran y catalogaran como negocio, representaba, aparte de refugio étnico, un espacio nebuloso plagado de leyendas de jesuitas y oro. Cuán ciertos son los cuenteríos populares y antiguos tal vez no sabremos. En el siglo XXI no preocupan ya enigmas de ciudades perdidas o minas enterradas en el monte, custodiadas por calaveras y fantasmas. El dinero, como siempre y como a todo, destruye poesía e ilusión con indiferencia, ni siquiera con desdén.

Seguí la marcha desde mi departamento de Aurora, Colorado, ciudad desabrida y chata, que al conocerla en intimidad se hizo casa, hogar, casi mitad de vida. Con una ventana en frente, que da hacia el parqueadero y los vecinos; fui paso a paso siguiendo en un conjunto de mapas muy detallados del Instituto Nacional de Estadística, por lugares cuyos nombres descubría. ¡Tan grande es la tierra de uno y cuán leve la mirada que le echamos! Me hizo recuerdo a esas fotos de guerra en las cuales los generales se inclinan sobre una mesa y ubican con alfileres y banderitas posiciones, avances, retrocesos en los nombres que pueblan el papel. Al final esto era un juego de estrategia entre pobres y ricos, entre desahuciados y gamonales, por ponerlo en términos muy generales.

San Borja, Limoncito, los marchistas se aproximan al límite departamental entre el Beni y La Paz. La guerra se desata en Yucumo. Pero guerra implica dos contendientes que se disparan y matan entre sí. Cierto, mi error; Yucumo viene a ser lugar de masacre, no de combate. Hordas de uniformados se abalanzan como carroñeros sobre los indígenas del Tipnis. El mapa que apoyé en la cama se desmorona, tanta la ira que me causa leer y ver las imágenes de lo que está sucediendo allí. La ventana de Aurora se ha esfumado. Me sumerjo en la pantalla del ordenador. Hay cientos de personas en Facebook con novedades controversiales. Insulto, insultan otros. Qué hijos de puta son, lo sabíamos, pero nadie esperaba esto, nadie creyó que la estupidez fuera tal como para echar por tierra una imagen, al menos internacional, que les había costado levantar. Pero el mandarín se cansó. La gota de agua que rebalsó el recipiente fue cuando mujeres mojeñas, chimanes, yuracares, empujonearon al extraño canciller Choquehuanca: el poder detrás del trono. Luego vendrían alusiones, dimes y diretes, suposiciones, de quién dio la orden, en un grotesco carnaval que comprobó que Bolivia se maneja en un rudimentario estadio de desarrollo.

La espontaneidad del empute general hizo efecto. Los jerarcas tuvieron que retroceder; se humilló su prepotencia y vanidad. Al fin el país daba la impresión de ser algo más que un reinado asiático, donde la voluntad del amo no se discutía jamás. En un cliché necesario diría que el sol volvió a brillar. Fracasaron los intentos de genocidio, de hacer desaparecer dirigentes en aviones preparados para tal. A partir de Yucumo, lugar de triste memoria por el abuso ejercido sobre pacíficos marchistas, el asunto se transformó. Por un momento Morales & Cia recularon, tanto que cuando los indígenas del Tipnis llegaron a la sede de gobierno, en lo único apoteósico de varias décadas, se convirtieron en topos, escondidos en palacio detrás de ventanas y portones cerrados, con guardia armada. Ahora dicen que la turba quería colgarlos, y por un momento pensé que así sería. La historia se repite siempre, más que nada en sus momentos trágicos. Pero esa es otra narración.

De Yucumo a Quiquibey, a atravesar el borde interdepartamental. Los temores fueron apaciguándose como un café que ya servido humea menos y menos hasta entibiarse. Ya hombres y mujeres del Isiboro-Sécure cargaban heroísmos merecidos. Dejé el reporte municipal del INE en la biblioteca. No es que conociera ya de sobra el camino que de Caranavi iba hasta La Paz. Los aires olían a triunfo.

Hay que calcular que este movimiento humano partió de llanos y selvas del trópico, muy abajo, y que tuvo que trepar hasta las alturas en odisea que tuvo no sólo altibajos sino muertos. Aníbal de Cartago cruzando los Alpes, José de San Martín sobre su cabalgadura en la cumbre de los Andes, Bolívar en el Chimborazo y el Potosí. Épico, no existe otra definición. Valiente.

Un fotógrafo los acompañó, Samy Schwartz, para eternizar como se dice la epopeya. Y, entre las tomas, una me ha quedado grabada; eran dos: todavía con luz, y ya oscureciendo, los marchistas se han detenido en Pongo, entre unos cerros medio pelados, medio boscosos. La toma al oscurecer muestra como un vivac primitivo, estacionado en el tiempo. Esos planos que al verlos erizan los escasos vellos indios que pueblan el antebrazo. Las nubes bajan, pronto se presupone que no se verá nada: la niebla parecerá ocultar la realidad. Justo ahí el artista oprime el disparador y conquista lo que los alquimistas buscaban sin sosiego. Imagen que resumió para el escritor la grandeza de lo que pasaba, allá lejos, en la tierra vetada por la distancia, sabiendo que aquí, contemplando un parqueo insulso de una ciudad no ajena pero fría, perdía la posibilidad de asistir a donde se escriben los libros.

Los marchistas de Pongo comparten el muro con fotos de mis padres, de Ligia, Emily y Aly, las cortes musulmanas de India, Paul Surtel. Cuando se acomodan para dormir, en medio de nubes, martillea en mi cabeza el cuervo de Poe que grazna “nunca más, nunca más”.

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Publicado en CRÓNICAS DE PERRO ANDANTE (con Roberto Navia Gabriel), LA HOGUERA, Santa Cruz de la Sierra, 2013

Fotografía: Samy Schwartz 

Wednesday, August 30, 2017

Muñeca Lewandoski, entre Madrid y Cochabamba

ÁLVARO VÁSQUEZ

Leí “Madrid — Cochabamba (cartografía del desastre)” de Claudio Ferrufino Coqueugniot y Pablo Cerezal en septiembre de 2015. Lectura impactante, que me hizo escribir unas líneas en Facebook (pobre elección, dirán algunos, aunque me consuela saber que esta red propició el primer contacto entre los autores) en las que les agradecía por haberme hecho sentir que conocía una ciudad en la que nunca estuve y por recordarme en sitios que nunca visité de otra.

Hace algunas semanas, leí en un matutino local una columna de Claudio Ferrufino en la que mencionaba que José Ramón da Cruz había realizado un video documental del libro (https://vimeo.com/202046569), de una manera libérrima (como el mismo cineasta manifiesta al inicio de su obra), y como confirma CFC, que sostiene que da Cruz puede apropiarse y moldear el contenido del libro a su gusto.

Afortunadamente el video, pese a su tan libre interpretación del libro, parece seguir sus pasos, y al hacerlo lo reinventa, complementándolo con imágenes de las ciudades, con la voz de sus autores, a través de los ojos de la muñeca Lewandoski, que en irrefrenable frenesí recorre las letras del libro y las calles de las ciudades en él retratadas, acaso intentando volverlas una sola, una ciudad literaria.

CFC se refiere a ella como a una figura bifronte, lo cual tendría mucho sentido considerando que son dos ciudades, y dos autores. El bifrontismo se asocia por lo general al dios romano Jano, e ilustra su capacidad de ver pasado y futuro, de encarnar el bien y el mal. Símil también válido para el texto.

Sin embargo, viendo el video, la muñeca Lewandoski parece ser trifronte, y eso inevitablemente me trae a la memoria a la imagen de Jesús del Gran Poder, figura divina de gran importancia para la cultura paceña, que en el lienzo original tenía tres caras que según la iglesia católica representaban la santísima trinidad, aunque la gente que acudía al templo decía que el rostro de la derecha representaba lo malo; el de la izquierda, lo bueno; y el del medio, nuestro propio rostro (siempre una mezcla de los otros dos, supongo). Finalmente, la iglesia, sintiéndose incómoda por las interpretaciones “erróneas” sobre la imagen, ordenó pintar sobre ella un solo rostro. Hay quienes cuentan que varios pintores fueron incapaces de terminar el encargo de la iglesia, y que más de uno incluso perdió la cordura en el intento.

Como sea, se sabe que el lienzo original fue traído desde España para finalmente quedarse en Bolivia, como anticipo del viaje bi/trifronte (ida, vuelta y nueva ida entre las ciudades) que mucho después mostraría/fundiría a Madrid y Cochabamba ya sea en papel o en imágenes.

El video no se aparta de la línea narrativa del texto, tomando como guía fragmentos del libro para llevarnos a través de la muerte, el sexo, la(s) ciudad(es), las letras y la ebriedad, mezclando y retomando estas líneas de la mano y el movimiento frenético de la muñeca, que va recorriendo los refugios feos del hombre, y apenas se la ve moverse, y sin embargo, se mueve (PC).

Y al moverse nos muestra la extraña cobardía de PC, ésa que le impulsa al valeroso acto de cambiar de vida eligiendo para ello su exilio (voluntario, como un título anterior de su ahora coautor) en Cochabamba, donde encuentra gente que no es feliz, pues está acostumbrada a sufrir, debido a su carencia de horizontes, y por eso no es amable. Y nos grita en el movimiento siguiente que un cementerio no es nada más (ni nada menos) que una ciudad de muertos.

Y a este lado del Atlántico, CFC nos recuerda que la certeza de la muerte es lo que nos hace vivir, y tomando la voz de quienes ya pisamos el medio siglo, se refiere a una vida con más pasado que presente, en la que cabe la pregunta de cuánto futuro.

Y logra que me remuerda la conciencia cuando recordando a quien vendía libros (sí, confieso mi culpa, pues aunque me gusta Sabina, no puedo negarlo todo, mas esgrimo en mi defensa la extrema juventud de entonces) y lo acusa de ser la estupidez devorando la memoria.

Y así, Lewandoski nos invita a escuchar (y en mi caso, recordar, e iniciar la búsqueda de) música con acento canadiense en las voces de Cohen y Young, nos muestra Madrid desde el ojo de un ave, y muestra gente cabeza abajo recorriendo sus calles mientras escucho hablar de migrantes, y pienso en sudacas. Y nos dice que la literatura es un oficio y una necesidad, y me pienso escribiendo estas líneas en lugar de trabajar.

La edición boliviana de Madrid-Cochabamba, tiene en la contratapa un comentario que afirma que el libro es un ameno puente entre dos realidades vinculadas por el amor a la palabra.

El video adorna y enriquece de imágenes y voces ese puente.

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De ENTRE LETRAS (blog del autor), 26/03/2017

Tuesday, August 29, 2017

Floyd Mayweather vs. Conor McGregor, la guerra de las razas/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Mayweather es un comerciante, no, a la manera de Muhammad Alí, combatiente de los derechos civiles. A él le importan los millones, el monto y el momento. No posa de adalid de la raza negra. McGregor, fuera de su aparente disgusto con Trump, quiéralo o no, tatuado, agresivo, gritón, amedrentador, matón, representa a aquellos que se vieron en Charlottesville, Virginia: neonazis vociferando igual que él. Su combate, arreglado, falso, exhibición de avaricia o lo que fuere, excede todas estas minucias de la vida conyugal boxeadora, sobre todo en el momento que se vive en los Estados Unidos.

Cabe la gran referencia de 1908, cuando el primer campeón negro de la historia, Jack Johnson, peso completo, era una llaga en el costado de la “superior” raza blanca. La tarea consistía en destruirlo, acabar con su reinado, la invencibilidad que había arrasado a tremendos peleadores como Jim Jeffries. Además el estilo de vida del campeón, rodeándose de mujeres blancas, viajando a Europa, vistiendo pieles, con automóviles, joyas, dinero, insultaba a la gran masa blanca pobre e ignorante, azuzada por intereses racistas que aún perduran.

En tiempos de Jack Johnson se buscaba a “la gran esperanza blanca”, alguien que acabara con el oprobio de soportar a un negro apaleando a sus amos en el ring. Sucedió, finalmente, y la historia sigue considerando aquel match como un tongo, cuando un bestial cowboy de Texas llamado Jess Willard lo noqueó bajo el sol de La Habana.

Lo de hoy con Floyd Mayweather no puede considerarse lo mismo. Si bien este imbatido campeón comparte con Johnson la ostentación y el color, otras parecieran ser las épocas. Pero está Trump en la presidencia y racismo, latrocinio, obstrucción de justicia, burla de la constitución, traición y mucho más son pan de cada día. The Donald se esfuerza por superarse, por ser peor mientras pasan las horas y por demostrar que puede, y suele, hacer lo que le venga en gana en un país que considera negocio suyo. Es esta, según dice Jimmy Carter, una oligarquía. Los ricos están en el poder y van transformando leyes y narrativa a su antojo, ajenos por supuesto a las minorías.

Lo desee o no, en estas especiales circunstancias que se creía enterradas después del sacrificio de Martin Luther King, Floyd Mayweather representa a la raza negra. Iguales atrocidades, dichas y hechas, a las del tiempo del primer campeón mundial negro, van decantándose irremediables. A pesar de que en el momento del pesaje aguantaba la andanada humillante que le escupía McGregor con calma, para el espectador significaba el traslado de lo ocurrido en Virginia a este centro de deportes, con el blanco armado de antorchas y ametralladoras jurando exterminarlos y ellos, callados, sin medios para defenderse.

De poco sirvió al irlandés desgañitarse sobre la achatada nariz de Mayweather. En justa exhibición de profesionalismo boxístico, el negro terminó vapuleando el rostro del blanco como si golpeara un muñeco. Si bien el referee tuvo razón en detener la masacre para proteger al campeón de las artes mixtas, la era pedía sangre, circo romano, con Conor McGregor desmayado en el piso como resultado. Que eso habría aumentado la tensión racial, por cierto; pero que también hubiese implicado una justa venganza de los afroamericanos ante sus eternos torturadores, también. Pero, este combate se trató de un negocio deshonesto, del juego capitalista para enriquecer a unos pocos. La millonada de los pugilistas es nimia ante lo que ganaron los productores, aprovechándose de seguro de la crisis del país para avivar odios que siempre traen réditos.

Fuera del inmundo contexto del lucro y la corrupción del boxeo y el deporte en general, la lucha fue sintomática. En asuntos de odio racial no hay victorias definitivas. La derrota solo aviva el concepto de revancha. Y así seguimos.

28/08/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 29/08/2017

Fotografía: Matthew Lewis/GETTY

Saturday, August 26, 2017

Los últimos días de Trump

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Leí el glorioso libro de Bulwer Lytton, mucho ha. Los últimos días de Pompeya. Luego, que el autor era considerado mediocre, malo, pero no importó a pesar de no haberlo cogido de nuevo y repasado. Guardo esa belleza como la concebí, con las imágenes que su literatura diseñó en mi mente. Un volcán echó ceniza y fuego sobre glorias, ambiciones, envidias y cachondeos. Quedan cuerpos como si fueran de concreto, igual a malas estatuas de plazuela boliviana, esbozos de arte con artificios de picapedrero. Así la vida, efímera; el recuerdo dura mucho más que los años.

¿Quién hace comprender esto al autócrata de la Casa Blanca? Solo horas, días, meses, no años, que se conjuran contra él, como muchos ahora, casi todos pronto. Donald Trump, el imbécil que no es tanto en realidad sino demente, megalómano, pervertido, se ha cavado en las últimas semanas una fosa que quizá todavía esté a flor de superficie pero que va delineándose como tumba. Quedará en la historia como un cuerpo humano amorfo, como los calcinados de Herculano, sin otro legado que la memoria del esputo infecto o, quién sabe, tal vez sea el nuevo paradigma de una sociedad que se ocultó a sí misma por cinco décadas y que decidió al fin descargarse del peso de una mentira que la ata a un destino no suyo. Cuando las sociedades comienzan a deshacerse, por lo general se agarran de lo peor de su memoria, retroceden buscando el asidero del pasado y obvian el futuro por temerle. Espero que no; miro a mis dos jóvenes hijas norteamericanas henchidas de esperanzas que mi sarcasmo no tuvo, y creo que tal vez este mal sueño, la nightmare del enloquecido hombre blanco con peluca, fue un volcán vomitado y pronto muerto. No estaré para contemplarlo porque arriba un proceso de digestión del fenómeno para el que no me quedaré.

El individuo se sienta en la Casa Blanca por seis meses ya. No ha hecho casi nada aparte de amenazar, insultar, asistir a concentraciones para mantener la llama viva de la elección. En Colorado, aparte de las masivas concentraciones de gente en las ciudades de Denver y Boulder que votaron demócrata, Trump ganó en el estado. El campo es tierra trumpista, con todo lo que eso puede significar para los inmigrantes. No quisiera caminar de noche por esos pueblos de montaña, de incomparable belleza. La guerra india ha recomenzado y el Far West también. Los caballos se cambiaron hace bastante por motos Harley Davidson, pero la mentalidad de los cowboys permaneció intocada, manifiestamente retrógrada, racista, con ilusión ideológica y espasmo de vicio: alcohol y droga. Era tierra de pieles rojas, según despectivamente se nombraba a los nativos. Hoy es patria de cuellos rojos, basura blanca, blancos pobres que en medio de un universo tecnológico nunca antes visto viven como salvajes comiendo ardillas y mapaches. No falta, eso sí, una inmensa camioneta, “trocas” para los mexicanos, para hacer patente su masculinidad, que los cojones no se ven.

Igual a Colorado, los logros de Trump en las áreas rurales del país han sido devastadores. Con un discurso violento, vago en varios sentidos, artero en los más, consiguió el voto de los descorazonados, incluso de la clase obrera que no es desde hace un siglo aquella progresista que conoció John Reed. La revolución se trasladó a las universidades y no es poco decir que tiene algún peso. Ayer, por televisión, un profesor negro de Princeton afirmaba que de no haber estado los anarquistas en defensa belicosa en Charlottesville, Virginia, las cosas hubieran sido peores. La milicia neonazi armada que invadió las calles de este pueblo para protestar el derribo del monumento a Robert Lee, general confederado, estaba dispuesta, como se vio, a matar. Cuando lo hizo, y a pesar del estallido nacional de ira contra sus actos, se sintió asegurada por el discurso presidencial que no los culpaba.

Luego, un día después, le escribieron palabras acusadoras a Trump y las leyó de mala gana, hasta que el 15 de agosto decidió abiertamente defender a los supremacistas blancos y convertirlos en víctimas. Habló de la bandera que debía “unir a todos” y las banderas mostradas en televisión tenían una esvástica. Nunca vi periodistas norteamericanos tan furiosos. Este era, en opinión mayoritaria, el punto de inflexión de un gobierno ausente y de un líder incapaz. Queda ver el desarrollo de esta otra rama de los grandes problemas de Donald Trump: traición, corrupción, lavado de dinero, pornografía, robo, asalto sexual y ta ta ta; se echó otro gran bulto encima.

Supongo que a puertas cerradas los republicanos sopesan las posibilidades de deshacerse de Trump. Ya no les sirve, se está tornando peligroso. El partido de Lincoln va camino de convertirse en el partido de Trump y estos duchos políticos dudo que lo permitan. El gobierno ya es suyo, congreso incluido. Solo hay que remover la cabeza y aliviar al país de un peso pesado molestoso. Incluso, pensarán, que es este hombre el obstáculo para que avancen en su campaña de destrucción masiva de la obra del presidente negro, Obama. A observar, pues, que tanto en público así como a escondidas, Donald Trump estará en la mira que amenaza con defenestrarlo y quitarle los sueños hitlerianos y putinistas que lo acosan en sus noches pajeras.

16/08/17

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Publicado en ADELANTE BOLIVIA, 23/08/2017

Wednesday, August 23, 2017

Recuerdos de Kazimierz

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Violín, acordeón y contrabajo. Por la ventana llegan efluvios marihuanos. Denver se ha convertido en humo de hojas verdes estrelladas. Pero no estoy allí sino en Kazimierz. Estas paredes son demasiado antiguas; las piedras se han puesto negras por silencio y dolor. Nadie fuma en este lado del espejo. Tres judíos caminan con sus instrumentos, van a la fiesta de la muerte. La ventana y sus olores pertenecen a otro mundo.

El Vístula se dobla. Dicen que es una serpiente.

Miro atrás, cuando era joven, novio, malcriado y tonto. El arco acaricia el violín, seduce el contrabajo. Miro a cuando no era padre, a cuando no debí serlo. Estas calles guardan secretos de muertos. El alcohol se ha evaporado del desmayo en Coña Coña. Trashumo el universo que junta Cracovia y Cochabamba como si estuviese borracho y no lo estoy. Detrás de mí va un corro de mujeres hilarantes y desdichadas. Se mesan los cabellos, tiran botellas, susurran mi nombre y lo maldicen. No hay sosiego de tierra de dios. Huyo.

Mi padre corta pan negro alemán; pesa un kilo. Lo unta con pasta de hígado: café rojizo sobre negro, un cuadro de Pascin. Los bulbos de la iglesia en la plaza Colón imitan malamente algunos de Kazán. Domingo de ramos. La vagoneta verde parqueada en uno de los costados. Las indias tejen con palmeras el recuerdo del Cristo sacrificado.

Tengo que escribir una novela y el cielo raso ha caído sobre mí. Tormenta de madero y yeso. Me emblanquece para hacerme fantasma pero hay demasiada luz para penar. Me miro atrás, en un tiempo que era y no, feliz. Agarro lecturas chinas y me adentro por una calleja de Kazimierz por donde marcharon los duelos. Sufren músculos y articulaciones, una andanada de piedras los masacró. Los amigos preparan carnes al fuego y enfrían el ron. Me llaman pero no contesto. Ya mudo.

El perro camina apenas. Las vértebras cervicales se le hacen polvo. Perro sísifo. Los troncos blancos del árbol que gime se cubren de hongos. Kazimierz apaga sus luces el 43. Arrastro los pies hasta la cama y duermo con ojos abiertos y en los oídos la bocina del vendedor de helados que pasea en la oscuridad. Después nada.
23/08/17 

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Fotografía: Roman Vishniac/Entrada de Kazimierz, distrito judío de Cracovia