Thursday, November 16, 2017

Comentario a una carta abierta de Elena Ferrufino-Coqueugniot

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Bien dicho, Elena. Quizá no sabe este tipo -no tiene por qué adivinarlo pero lo percibe- que a nosotros no nos manda nadie. No somos adjuntos, ni compinches y menos sirvientes de nadie. Por eso nuestro abuelo y nuestro padre se aislaron, porque no pertenecían al mundo de la prebenda y el halago. Mucho tengo yo que contar de lo suyo, lo del afamado rector, y los entreveros de la que alguna vez fue izquierda (dudosa) y hoy es una bola de mañudos con lengua curtida como de gato, adiestrada para labores lambisconas. Que aprendan de la vida, de los que se la ganan sin caricias, con trabajo y no tan tonta honestidad. Que si algo queda al fin es la certeza de saberse uno, intacto, sólido, brazo fuerte, fierro duro y fino, que podemos contemplar nuestra lengua exactamente igual al primer día. No tenemos allí marcas de nalgas ni de rayas, ni de agujeros negros que se tragan todo con la anuencia y la conveniencia del maremoto de inútiles cabrones. Salud.

16/11/17

Enlace al texto original: https://lecoqenfer.blogspot.com/2017/11/de-etica-y-moral.html

De ética y moral...

ELENA FERRUFINO COQUEUGNIOT

No resulta fácil tomar la palabra en una universidad secuestrada por el poder omnipresente de la primera autoridad. Sin embargo, en mi condición de mujer libre y autónoma, no puedo sino reaccionar ante la entrevista que ofreció el rector a los medios de comunicación en “Tiempo Universitario.”

“Tengo el derecho moral, asegura Juan Ríos, de elegir a quién me va a acompañar”. Fundamenta su aseveración en el hecho que él y la Lic. Albornoz fueron elegidos en octubre del 2016, como una sola fórmula y que, por consiguiente, nadie que no fuera de su propio “frente” tendría la ética o la moral de presentarse a la elección para Vicerrectora.

Esta afirmación tiene sentido únicamente en el imaginario de un personaje que “posee” a las personas y que considera la universidad como su propiedad privada. Las cosas son suyas, las personas también. No puede concebir, entonces, que una “extraña” pretenda quitarle lo que es SUYO, por derecho (divino, supongo).

Sucede que yo no soy una intrusa, ni una extraña y menos una inmoral. Si el rector reclama el derecho de que su frente lo posea todo, sin ninguna interferencia, no debió nunca haber sacado una convocatoria pública, que habilita a toda la comunidad universitaria de docentes titulares.


No lo hizo de manera inocente, sin embargo. Incluyó en esa convocatoria un requerimiento anti estatutario e ilegal orientado, precisamente, a evitar que yo me presente como candidata.


No debemos olvidar que Juan Ríos llevó al Consejo Universitario la convocatoria cuidadosamente armada, con comité electoral incluido y que, en ese escenario, su aceptación fue unánime, a pesar de contener elementos atentatorios a la norma. Como en las anteriores oportunidades, los miembros de ese Consejo que, en los propios términos del rector, le pertenecen (“tengo a todos los consejeros universitarios, me comentó”), aprobaron el paquete sin ninguna observación.

No solo eso. Juan Ríos afirmó a los medios, con total contundencia, que yo soy “representante de Rolando López.” No comprendo a través de qué proceso mental o de otro tipo, puede verter semejante afirmación. A menos que yo le hubiera llevado una nota escrita, firmada por López, designándome como su representante, Ríos no puede hacer aseveración tal. ¿Será que piensa que las mujeres necesitamos de un hombre para tomar la palabra y la iniciativa?

Sin embargo, más allá de esta descomunal impertinencia, no me preocupan las aseveraciones del rector… Comprendo lo que le sucede. No solo que es el poseedor de todo y de todos en nuestra Universidad, sino que tiene algún conflicto particular con algunas personas… Nada de eso me toca, ni me incumbe.

No está de más reiterarle a Juan que yo soy una mujer libre y autónoma. Que yo no le pertenezco a nadie y, menos, a él. Que estoy muy por encima de sus procedimientos mezquinos y ridículos y que, contrariamente a lo que él piensa, yo no considero que una elección sea una guerra. Se lo dije el lunes, en su oficina, yo soy una romántica perdida que todavía cree que esta universidad se puede salvar. Y que, donde él lance balas, yo no tengo más que recordarle que mi candidatura nunca tuvo la intención de ser “oposición.” Se lo expliqué también; yo tengo una trayectoria limpia y eficiente en la UMSS, que él podría aprovechar en aras de una gestión exitosa, al término de los 3 años que quedan de SU gestión.

Le aseguré, y lo repito, que mi candidatura tiene la intención de traer equilibrio, paz, respeto y diálogo a la Institución. Que pretende priorizar y poner en orden la gestión académica que se encuentra en pleno proceso de descomposición. Que ofrezco propuestas, trabajo eficiente e inteligente, que brindo generosamente mi tiempo y mi estabilidad emocional para una institución que es de todos, no mía, por supuesto. Que no concibo el pernicioso hábito de “frentes” políticos para gestionar una universidad. Que creo en el amor, la responsabilidad y el reconocimiento hacia la institución que me formó, que me permitió vivir bien, hacerme una casa y comprarme un auto…

Es urgente cambiar la lógica del amo y del esclavo que sigue funcionando en la Universidad. Es hora de pensar en la libertad; de alentar el pensamiento crítico, de permitir los disensos… Es tiempo de transformarnos como personas… Volver al SER. Pero, claro, esta no es empresa de una persona. Es tarea de todos. Quizá no es el tiempo… Tal vez llegue algún día… No olvidemos lo que dijo Lacan: no hay amo sin esclavos.


Elena Ferrufino Coqueugniot
Candidata a Vicerrectora

Tuesday, November 14, 2017

Rateros, traidores, violadores, pedófilos/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Recuerdo a Gary Hart, político demócrata que contaba con serias posibilidades de llegar a la presidencia de Estados Unidos. Cayó por la minucia de una amante, algo que en Francia hubiese sido pan de cada día. Francia no lo justifica, claro, pero a lo que se va es que la supuesta moral calvinista del país del norte parecía sólida, se había afianzado luego de los turbios tejemanejes amatorios de los Kennedy. El general David Petraeus, también director de la CIA, renunció por un asunto extramarital con su biógrafa. El poderoso Newt Gingrich tuvo entre las cosas que minaron su ascendiente una relación fuera de matrimonio mientras perseguía la de Bill Clinton con la señorita Lewinsky. Pues, en apariencia, las bases de la decencia norteamericana eran inconmovibles. Se oía, siempre en un país inmenso, de algún político menor que decapitaba su carrera por affaires de nalgas.

Entonces llega Donald Trump, largamente asociado como hombre de negocios a escabrosas historias de sexo y romance. Participante, además, de un par de softcore porno filmes de la revista Playboy. Su dinero le garantizaba impunidad mientras fuese ciudadano común; entrando en el terreno político ello impediría de seguro su éxito como candidato.

No fue así.

Apelando al populismo, Trump desarrolló una plataforma que en apariencia rescataba al norteamericano medio: rural, proletario, para sumarlo en una retoma de la fortaleza elitista en que se había convertido Washington. Narraciones de sus excentricidades, tanto en dinero como en cuerpos, no pesaron entre gente que solo quería mejorar, que se sentía avasallada, invadida, por una muchedumbre de extranjeros que les quitaba el sustento. ¿Qué importancia tendría para esta gente que el magnate se alabara de la facilidad con que podía agarrar genitales femeninos? Es algo común entre el pueblo, y no implica el drama que se hace en  las urbes al respecto. Desnudaba esta retórica que todo aquello relacionado con abuso sexual y sus variantes era problema de ricos, jueces y políticos urbanos definiendo leyes que obviaban, soslayaban, a los que vivían fuera de su área de poder. Trump proponía otra visión, más real, descarnada y permisiva, la del hombre de la calle que no tiene tiempo para indagar acerca de los problemas legales que podría traer algo así. Fuera del macrocosmos de otras propuestas en economía y más.

Hoy el juez de  Alabama, Roy Moore, inicialmente no respaldado por Trump en las primarias republicanas del estado, sufre el embate de sus vicios de juventud (pedofilia) –que niega-. Resguarda su defensa en cuanto al tiempo que tomó para que estas denuncias, de varias décadas atrás, se presenten justo antes de la elección para senador por Alabama, que está seguro de ganar.

Otra es la vara con que se mide la pedofilia o la violación en la Era Trump. La sordidez del jefe supremo, la ilimitada corrupción de sus allegados y familiares, historias de putas –incluida la de su esposa, Primera Dama del burdel ahora-, no importan; las reglas se han relajado y la masa popular que lo sigue, compuesta por fanáticos religiosos, alcohólicos, nazis, campesinos, trabajadores y lumpen, vagos y marihuanos ha decidido que nada es más importante que los símbolos: la Patria, ante todo, aunque esta sea ofertada, vendida y regalada a participantes foráneos que en primera instancia quieren destronar el aura de equidad y justicia que el país se desvivió por crear ante la mirada ajena, para luego apoderarse de sus despojos.

El sueño mayor de Donald J. Trump es inaugurar en EUA un liderazgo al modo de Kim Jong-un, a quien desdeña, ataca y admira. No se ha llegado aún al extremo de pedir cambios constitucionales para permanecer en el gobierno a la manera de su sosías andino: Evo Morales, pero llegará a tiempo de la segunda, o tercera elección en unos años. Por ahora sirve rodearse de la soberbia chusma billonaria de su entorno, y de la otra chusma, la desposeída, como pilares del estupro general.

13/11/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 14/11/2017

Imagen: Jacques Callot/Detalle de Las tentaciones de san Antonio, 1635

Friday, November 10, 2017

Literatura desde la ventana/Letteratura dalla finestra

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

(traducción Marcela Filippi)

Si pensamos en Rembrandt van Rijn, concedemos que el arte no necesita de ubicuidad desmesurada, experiencia, movilidad. Dice Russell Shorto que el pintor holandés pasó su vida, y pintó sus exteriores, en un espacio muy reducido de Amsterdam, a unas cuadras a la redonda de un puente y algún canal ya míticos.

Pensemos en Proust, encerrado, quizá al arbitrio de una brillante sirvienta…

El niño Borges, ávido de épica y glorias que van desde dioses germánicos a modestos cuchilleros del Retiro, con mamá sirviendo el té y leyendo sus esbozos literarios… Tal vez a Borges salir, “ir afuera”, le hubiese resultado más que incómodo, perjudicial. Afuera campeaba entonces la chusma peronista, la cantaleta de “argentino y bien varón, es el general Perón”, con la digresión necesaria de que el tipo pudo haberlo sido, pero terminó como un viejo cornudo que avivó la debacle. No era espacio para el magnífico escritor, aunque la época reanimaba una trágica tradición argentina, la del caudillo, la de la masa enfebrecida, aquello de lo que se nutrió y asimiló dentro suyo en un inteligente revoltijo que ponía a los héroes de la conquista del desierto con sombríos literatos en lengua inglesa.

No hay fórmula para escribir. Otra cosa es la predisposición de cada uno de encontrar un espacio preferido para desenvolver sus ideas o arte. Personalmente, elegí la escuela norteamericana, por llamarla de algún modo, la de redactores comprometidos en extremo con el derredor, con la búsqueda y hallazgo a través de existencias que vistas de arriba podrían parecer intrascendentes, míseras, abyectas, inútiles.

En suma, a pesar de no ser cierto, pero con un énfasis especial hoy, la discrepancia entre lo académico y no. Con la profusión actual de escritores que se consideran tales por titularse en ramas afines en universidades de prestigio. Ignorar, despreciar, hasta cierta condescendencia con el que escribe porque siente necesidad de hacerlo, cualquiera fuese su entorno y profesión. Sería tremendo exigirle a Kafka, gris funcionario, eméritas condecoraciones que lo garantizaran como autor. Pero está de moda, así como el vértigo, casi competencia, lucirse en ferias del libro a las que ni siquiera los invitan. El marketing entró a la literatura. No se quieren ya escabrosas historias de pobreza y rebelión; ahora cuentan pajas juveniles, inocuas, que tal vez queriendo decir algo no dicen nada. Y no significa que la literatura deba ser social, por supuesto que no, pero tampoco manipularse como objeto de mercaderes.

La crónica ha renacido para reemplazar esa vertiente de la literatura que no goza ya del favor público. Con éxito. Un amigo comentaba, no sé con qué fines, al referirse a Alice Munro, reciente ganadora del Nobel, que ello demostraba la posibilidad de ganar premios sin necesidad de hablar de psicópatas, etc. Creo que es inadecuado decir por dónde y de qué se debe escribir. Munro no es Dostoievski porque no querrá serlo. A cada uno lo suyo, de acuerdo a infinidad de características psíquicas, físicas, aficiones o vicios. Todo vale. Y a cada quien lo que corresponda, de acuerdo a cómo vive, qué hace. Los académicos hablarán del dorado mundo de las élites y los literatos alteños de mugre y cogoteros. Su valor radicará en el arte, en la manera en que fueron escritos y no en el tema o argumento. Leo con tanto gusto a Gautier en su alucinación egipcia como a Raymond Chandler u Homero Carvalho. Disfruto, como jurado literario, de cada libro, a pesar de las normales deficiencias de práctica entre muchos participantes, de la variedad de estilos y personajes. Cada uno importa, tiene algún plus, lo que no implica que a todos se premie o acepte, porque, como cualquier otra cosa, la literatura es un trabajo donde se busca excelencia, no necesariamente en lo pulido del lenguaje, en preciosismos a veces innecesarios, sino en la solidez con que se lo esté contando; perfecto, como en Borges; a ratos tosco como en Arlt.

Me he puesto a pensar en cuánto de mi literatura pasa por mi ventana. El trabajo nocturno me ha dado el don del vampirismo; veo tan bien de noche como de día, y trashumo, deambulo por inverosímiles pasadizos y circunstancias en las incursiones diarias, cinco días por semana, por un extenso territorio que jamás es el mismo cuando clarea. Luego me escondo del sol; lo hago por los últimos veinticinco años; cierro, aunque no totalmente, las persianas. Abro la ventana y dejo que el mundo de afuera penetre en esos débiles rayos de luz. Desde allí acecho, me apodero del movimiento de los otros, de sus voces, conversaciones y discusión. A ratos el viento mueve las persianas y la gente mira hacia allí, hacia mí, pero con el reflejo no ve nada. En la mayoría de los casos se retiran, continúan con su rutina algo alejados, observando de reojo la ventana sospechosa, la certeza de ser vigilados, fotografiados, plagiados, calcados. El escritor es eso, un ladrón que se esconde en el hueco menos probable, para apoderarse de la vida ajena, del halo o la sombra, en albur fascinante y tenebroso.

En esos momentos, los de la literatura en observación y creación, poco importa que el domingo sea la feria tal o la feria cual, que se otorguen o no premios, la fama o la infamia. Esta es labor de solitarios y desconfío de quien ostenta demasiada sociabilidad para hablar de sí mismo y de su arte. He ahí un comerciante, alguien que se oferta, que se vende o se regala. Casi en tono bíblico aconsejaría huir de personaje semejante, macho o hembra, porque discrepo con la manía de querer ser eterno y distinguido, cuando la sal de vivir está justamente en perecer y ser anónimo, en cuánto podremos aprehender mientras duremos sin la inconveniencia de perder el tiempo en explicaciones hueras sobre ti.

¿Que empecé hablando de una cosa y estoy en otra? No. Vamos por el mismo camino, con meandros lógicos que trae la dinámica de las letras, tan ávida y rápida como la de las aguas. No intento dar cátedra ni fórmula para adentrarse en ese mundo. Como dijimos, no la hay, e incluso la proyección y diseño de una senda a seguir no pasa de papeleo las más de las veces intrascendente. Aunque dicen, en el caso de Alice Munro, que la perfección aburrida -así, con esas palabras- de su prosa no se desvía un ápice del plan dispuesto.

No debiera ser dilema. Uno es escritor o no lo es. ¿Escribir? La mayoría podemos; somos un poquito más que iletrados y eso nos da ínfulas. Vaya, acépteselo o no, pero escribir no te hace escritor, como gorjear no te convierte en cantante. Claro que todos quisiéramos serlo, porque dar significado a las palabras y alma a su conjunción tiene algo de Dios, dioses imperfectos o abyectos, capaces sin embargo de fundar belleza hasta en el exabrupto o la maldad, amén de las rosadas líricas de lo que consideramos bello ya de principio.

¿Qué hacer con los profesionales de la escritura que nos han invadido, que han opacado el aura innoble pero interesante del que escribe? Obviarlos, dejarlos que se mezclen en la ensalada de los suyos, donde unos son mostaza común y otros dijon; unos vinagre de vino, otros de arroz, y algunos balsámicos. Son un plato duro de tragar, molestos como el ajonjolí, porque la vanidad es la especia más amarga. Pero, vamos, no es tan grave: gastronomía y digestión. Los demás, y no me incluyo, seguirán leales ante este inconsecuente amor. Morirán olvidados, con un perro sarnoso meando en la lápida. Pero ellos, los oscuros, son los que le dan brillo a esta penumbra de ser artista. Por los siglos de los siglos.

Silencio, que una pareja de inmigrantes ilegales se detiene al borde de mi ventana, y hablan de chingadas, chingados y chingaderas. Recuerdo a Octavio Paz, el muy chingón, y presto oídos. Uno es de Malinalco, lar de los guerreros águilas mexicas. Su acompañante de Tlaquepaque, justo al borde de Guadalajara. Hablan del día y del salario, de viejas y vino (como le dicen al tequila). No rompen los cánones de lo que un mexicano representa para mí, pero hasta la vida burda de un pasante es extraordinaria. La literatura anida allí, en lo nimio y lo grotesco, aunque no solo. El desprecio de los señoritos, que hoy decidieron ser autores, me lo paso por el forro, porque para sentir hay que vivir, y amar y dolerse. Doctores sobran, de estos, no de los que curan.

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Se pensiamo a Rembrandt van Rijn, ammettiamo che l’arte non ha bisogno di ubiquità smisurata, esperienza, mobilità. Dice Russell Shorto che il pittore olandese trascorse la sua vita, e dipinse i suoi esterni, in uno spazio molto ridotto di Amsterdam, a pochi isolati attorno a un ponte e a qualche canale già mitici.

Pensiamo a Proust, rinchiuso, forse a discrezione di una brillante cameriera... 

Il bambino Borges, avido di epica e glorie che vanno dagli dei germanici a modesti attaccabrighe del Retiro (1), con la mamma che serve il té e legge le sue bozze letterarie... Forse, uscire per Borges, “andare fuori”, sarebbe stato più che scomodo, dannoso. Fuori campeggiava, allora, la ciurma peronista, la tiritera di “argentino y bien varón, es el general Perón” (argentino e molto maschio, è il generale Peròn), con la digressione necessaria che il tipo avrebbe potuto esserlo, ma finì come un vecchio cornuto che ravvivò la débâcle. Non era spazio per il magnifico scrittore, anche se il periodo rianimava una tragica tradizione argentina, quella del caudillo, quella della massa infiammata, ciò di cui si nutrì e assimilò dentro di sé in un intelligente viluppo in cui metteva gli eroi della conquista del deserto, insieme a ombrosi letterati in lingua inglese. 

Non c’è formula per scrivere. Altra cosa è la predisposizione di ognuno nel trovare uno spazio preferito per sviluppare le proprie idee o arti. Personalmente, ho scelto la scuola nordamericana -per definirla in qualche modo- quella di redattori estremamente impegnati nei loro dintorni, nell’indagine e scoperta attraverso esistenze, che viste dall’alto, potrebbero sembrare insignificanti, misere, vili, inutili. 

Insomma, pur non essendo proprio così, e oggi con un’enfasi speciale, vi è il divario tra l’accademico e non, con l’attuale profusione di scrittori che si considerano tali per essersi graduati in discipline affini in università di prestigio. Ignorare, disprezzare, persino una certa condiscendenza con chi scrive perché sente il bisogno di farlo, qualsiasi sia il suo ambiente e professione. Sarebbe tremendo esigere da Kafka, grigio funzionario, riconoscimenti di onorificenze che lo accreditassero come autore. Ma è di moda, come una smania, quasi concorrenza, esibirsi in fiere del libro a cui nemmeno si è stati invitati. Il marketing è entrato nella letteratura. Non c’è più voglia di storie scabrose, di povertà e ribellione; ora contano seghe giovanili, innocue, che forse volendo dire qualcosa non dicono nulla. 
E non significa che la letteratura debba essere sociale, certamente no, ma nemmeno manipolarla come oggetto di commercio. 

La cronaca è rinata per rimpiazzare quella fonte della letteratura che non gode più del favore pubblico, con successo. Un amico commentava, non so a quale scopo, riferendosi ad Alice Munro, recente vincitrice del Nobel, che ciò dimostrava la possibilità di vincere premi senza il bisogno di parlare di psicopatici, ecc. Penso che sia inopportuno dire dove e cosa scrivere. Munro non è Dostoevskij perché non vorrà esserlo. A ciascuno il suo, secondo affinità psichiche, fisiche, interessi o vizi. Tutto vale. E a ciascuno ciò che corrisponde, in base a come vive, a ciò che fa. Gli accademici parleranno del dorato mondo delle élites, e i letterati alteños (2) di sporcizia e scippi. Il suo valore radicherà nell’arte, nel modo in cui sono stati scritti e non nel tema o argomento. Leggo con piacere Gautier nella sua allucinazione egiziana così come Raymond Chandler o Homero Carvalho. Gioisco, come giurato letterario, di ogni libro, nonostante la scarsa pratica tra tanti partecipanti, varietà di stili e personaggi. Ognuno ha il suo valore, il che non significa che tutti debbano essere premiati o accettati, perché come in qualsiasi altra cosa, la letteratura è un lavoro dove è richiesta l’eccellenza, non necessariamente nella chiarezza del linguaggio, nei preziosismi -a volte innecessari- bensì nella solidità con cui esso viene espresso; perfetto come in Borges; a tratti rozzo come in Arlt.

Mi sono messo a pensare a quanta della mia letteratura passi attraverso la mia finestra. Il lavoro notturno, mi ha dato il dono del vampirismo; vedo così bene di notte come di giorno, e trasmigro, deambulo attraverso corridoi inverosimili e circostanze nelle incursioni quotidiane, cinque giorni a settimana, per un esteso territorio che non è mai lo stesso quando si fa giorno. Poi mi nascondo dal sole; lo faccio negli ultimi venticinque anni; chiudo, ma non del tutto le persiane. Apro la finestra e lascio che il mondo di fuori penetri in quei deboli raggi di luce. Da lì scruto, mi impossesso del movimento degli altri, le loro voci, conversazioni e discussioni. A tratti il vento muove le persiane e la gente guarda, verso di me, ma col riflesso non vede nulla. Nella maggior parte dei casi, si ritirano, e continuano con la loro routine un po’ distaccati, osservando con la coda dell’occhio la finestra sospettosa, certi di essere vigilati, fotografati, plagiati, ricalcati. Lo scrittore è quello, un ladro che si nasconde nel buco meno probabile per impadronirsi della vita altrui, dell’alone o dell’ombra, in gioco affascinante e tenebroso. In quei momenti, quelli della letteratura in osservazione e creazione, poco importa che di domenica ci sia quella o quell’altra fiera del libro, che si conferiscano premi, la fama o l’infamia. Questo è mestiere da solitari, e diffido di coloro che ostentano troppa socievolezza per parlare di sé stessi e della loro arte. Quasi in tono biblico consiglierei di fuggire da tali personaggi, maschio o femmina che sia, perché sono in pieno disaccordo con la mania di essere eterni e illustri, quando invece il sale della vita sta giustamente nel perire ed essere anonimi, in quanto possiamo imparare mentre duriamo, senza l’inconveniente di perdere tempo in spiegazioni vuote su di sé.

Ho iniziato parlando di una cosa e sto in un’altra? No. Siamo sulla stessa strada, in meandri logici che la dinamica delle lettere porta, così avida e rapida come quella delle acque. Non intendo dettare cattedra né formule per addentrarsi in quel mondo. Come abbiamo detto, non esiste, e anche la progettazione e disegno di una strada da seguire va oltre le carte, il più delle volte irrilevante. Anche se si dice, nel caso di Alice Munro, che la perfezione noiosa -proprio con quelle parole- della sua prosa, non si scosti di una virgola dal piano disposto. Non dovrebbe essere un dilemma. 

Uno è scrittore o non lo è. Scrivere? La maggioranza può; siamo poco più che analfabeti e perciò ci diamo delle arie. Che lo si accetti o meno, scrivere non ti rende uno scrittore, così come gorgheggiare non fa di te un cantante. Certamente tutti vorremmo esserlo,perché dare significato alle parole e allo spirito, per la sua congiunzione, ha qualcosa di Dio, dei imperfetti o abietti, ancorché capaci di fondare bellezza anche nella villania o malvagità, così come le liriche leziose di ciò che consideriamo bello fin dall’inizio. 

Cosa fare con i professionisti della scrittura che ci hanno invaso, che hanno offuscato l’aura ignobile, ma interessante di chi scrive? Eluderli, lasciare che si mescolino nella loro insalata, dove alcuni sono mostarda comune e altri digione; alcuni aceto di vino, altri di riso, e altri balsamici. Sono un piatto duro da ingoiare, fastidioso come il sesamo, perché la vanità è la spezia più amara. Suvvia, non è così grave: gastronomia e digestione. Gli altri, e io non mi includo, continueranno ad essere fedeli a questo amore incoerente. Moriranno dimenticati, con un cane rognoso che piscia sulla lapide. Ma essi, gli oscuri, sono quelli che danno luminosità a questa penombra dell’essere artista. Nei secoli dei secoli. 

Silenzio, che una coppia di immigrati illegali si ferma sull’orlo della mia finestra, e parlano di chingadas, chingados e chingaderas (3). Ricordo Ottavio Paz, el muy chingón, e presto ascolto. Uno è Malinalco (4), lare dei guerrieri aquila messicani. Il suo accompagnatore di Tlaquepaque (5), proprio ai margini di Guadalajara. Parlano del giorno e del salario, di vecchie e vino (come chiamano la tequila). Non rompono i canoni di ciò che un messicano rappresenti per me, ma anche la vita qualunque di un passante è straordinaria. La letteratura annida lì, nello scontato e nel grottesco, ma non solo. Il disprezzo dei signorotti, che oggi hanno deciso di essere autori, me lo faccio scivolare addosso, perché per sentire bisogna vivere, e amare e dolersi. Dottori abbondano, di questi, non di quelli che curano.


Note

  1. Quartiere di Buenos Aires e anche importante nodo ferroviario, di pullman e trasporti urbani
  2. Abitanti della città El Alto, seconda città della Bolivia
  3. I termini sopra citati fanno riferimento a un frammento che Octavio Paz (Città del Messico 31.03.1914 - 20.04.1998), scrittore e poeta, premio Nobel per la letteratura 1990, ha dedicato nel suo saggio “El labirinto de la soledad” sull’identità messicana.
  4. Città del Messico
  5. Città del Messico

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Imagen: Rembrandt van Rijn

Wednesday, November 8, 2017

Novia por encargo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Era como un catálogo: vestidas, casi desvestidas, en bikini, altura, peso, profesión, estado civil, con o sin hijos, deseos íntimos, búsquedas, el hombre de los sueños.

Ucrania debe ser uno de los países con más mujeres bonitas en el mundo. Altas, de metro setenta la media, distintas -tanto- a las damas andinas de escaso tamaño, si es que eso cuenta como un plus. Tema difícil porque cualquier apreciación puede entenderse como acercamiento racista a las características de los pueblos, cuando suele ser cuestión de gustos. No que las prefieran rubias, pensemos en la Bardot o la Deneuve, ya dinosaurios de un arte antiguo, sino diferentes. Ni tanto todas blondas porque Ucrania, al sur al menos, y Crimea, tiene numerosa tradición tártara y entre las páginas virtuales había Irinas y Allas con notorio ancestro asiático, que no las desvirtuaba, por cierto; muy al contrario. Hibridez y mezcla resultan en ejemplares notables. Tártaras de piel blanca y piernas de garrocha, con ombligos insertos en vientres que harían soñar al descreído.

Pues conocí a Tetyana, de Kiev decía tal vez para hacerlo más simple. Si rusa, de Moscú; holandesa de Amsterdam ¿Para qué meternos en vericuetos de camino vecinal? Tetyana viajó como lo hizo el novio norteamericano que se agenció en línea. Este, con sus casi dos metros y una antipatía que excedía metraje, ofreció, ya que no simpatía, mejor vida. Un apartamento, un automóvil último modelo, comida, restaurantes y conciertos. La magia capitalista ayuda a creer que todo lo puedes, aunque a la muerte todo lo debas. Luego de ternos, traje blanco para asegurar pureza, fiesta, vodka y whisky, whisky y vodka, solícitos ucranios, sonrientes y serviciales, matrimonio y visa. En casos así no sirve considerar veinte años de diferencia, ni la fogosidad de la hembra eslava enfrentada al hielo.

Cambió el sonoro apellido que significaba sauce lloroso, no llorón, por uno anglosajón sin sal. Se preció por ello, soy una mujer feliz, realizada que al año parió y supo, cuando la pusieron a repartir periódicos en la noche porque el presupuesto no alcanzaba, que la ilusión tenía color de tinta.

Esa Tetyana sudó y caminó rápido en los años en que yo permanecía solo y cachondo. El grandote tonto llegaba con cara de culo y ella sonriente. Te vi en Facebook, le dije, hazte amigo, respondió. De ahí un almuerzo en Tokio Joe’s. Llevaba zapatillas doradas, pantalón blanco, blusa blanca y brassier crema. Al abrirle la puerta para que bajase se abalanzó. Su oreja olía a perfume y la mordí. Eres perro, me dijo; perro en celo, respondí. El sostén cayó como lo hicieron sus piernas. Rubia, Tetyana, pero de sexo negrísimo. Tiramos las sábanas a patadas. Tenía las uñas de los pies pintadas de rosa y sus algo grandes dientes, sonrientes, dañaron un poco mi boca en beso apresurado. Kiev, decía, quiero llevarte a Kiev.

Dicho y hecho, estaba debajo de una iglesia con bulbos celestes y el calor muriente del asomado otoño. La hija quedó con su madre que nunca viajó a los Estados Unidos y yo en un hotel donde mañana, tarde y noche, servían pastel de carne de comida. Uñas de manos y pies cambiaban de color a diario: frambuesa, açai, mango. También un rosa pálido como el de las iglesias ortodoxas. Bello, hundidos en las altas hierbas del campo de Zaporozhe.

La vacación termina y retorno a dormir con mi perro y encender el televisor. De cena caliento tamales porque están preparados y resulta más sencillo. La veía, la veo, pero después de Kiev la hija creció, el marido se hizo suspicaz y no la dejaba de lado. Me distraje con CNN. La abrazaba a veces. Lecho cada vez menos. Cuarto de motel y mal porno en la pantalla. Sexo con enanos, anal, senil. Se deshincharon los pezones, hasta oscurecieron, y sentí que asomaba el tiempo de lluvias y me guarecí donde mejor estaba: solo.

Pero el vicio ucraniano no cejó. Julia tenía 26 y Kiev me vio de nuevo. Pero Zoia, de 32, dejó caer el vestido negro y quedó a mi merced con sus hermosos ojos azules. Esto me estaba costando el salario ¿Pero qué hace un hombre abandonado a los cincuenta y aturdido? Trabajar por el cariño. ¿O era por el aroma de Zoia cuando desvestía el traje rojo y se recostaba sobre pinos que dañaban su piel blanca, de crema o helado? En Sumy, a la salida de la ciudad, en un lugar que se llamaba Bezdryk donde vapuleé la piel.

Entonces retorno, un mes, dos meses, tres meses de duro trabajo, dolor en la espalda, rodillas tembleques, hasta que el banco anuncia otros cinco mil dólares ahorrados y me pongo a inspeccionar las listas. Prometo, tengo que hacerlo, que ando en busca de una relación estable, familia, esposa, de misa dominical y torta de cumpleaños. Pero eso me es tan ajeno; se lo digo a mi perro mientras lo paseo, mientras caga y mira con gigantescos ojos negros a su amo y amigo. En esta vida estamos solos, tú y yo. A mí me arrastran en cadena, como a ti.

Maria, en Kherson, algo pasada de peso, me recordaba las mujeres a las que Benia Krik hacía gozar en las páginas de Isaak Babel. Tal vez prurito literario, pero tetas como aquellas mantuvieron a la humanidad por encima de diluvios. Se lo dije y no me entendió. Conservo fotos de ellas, sin rostro, volúmenes intensos e inmensos coronados por un pezón. Me gustaba de enterizo violeta y cuando se agachaba mostrándolas. Corte garçon, cabello negro. Y miraba como la Ajmátova. Me quedé una semana por encima de lo previsto. El nuestro era sexo maternal. Me amamantaba. Alcanzaba el gozo chupándole los pechos con énfasis de bebé.

Luego la penuria del ghetto norteamericano, la retahíla de las cuentas y días, estaciones pasadas conservando las monedas.

Un día me dije que me encontraría una mujer cerca, vecina, a dos o cinco millas de casa, que pudiese poseerla diez minutos después de llamarla. Probé “americanas”, mexicanas, salvadoreñas. Gigoló fracasado, héroe de la clase obrera sin tiempo histórico. La última, nieta de la guerra civil en Izalco, me decepcionó cuando en El Tamarindo, comedero centroamericano, pidió hígado encebollado de almuerzo. Salí corriendo.

Iba a llegar Navidad y quedaba poco de los ahorros. Extrañaba la nívea Ucrania, la risa de mujeres que hablaban un idioma incomprensible y que al no tener conversación ofrecían cópula. Pues, a sentarme, preparar café cargado sin azúcar, un par de pastas danesas y seleccionar pareja.

Maria tenía 33; Irina 45, de sesenta y dos kilos y rostro un poco ajado. ¿Qué me atrajo? Tal vez eso, que las arrugas guardaban pasado, dolores, certezas, contentos. Rubia de piernas firmes, le quedaba bien el blanco. Me recibió con un crisantemo en la mano, en la estación de Smila, a trescientos kilómetros al sur de Kiev, cerca de Cherkasy. La amé, Tuvimos sexo a orillas del Tyasmyn y me perdí en mis recuerdos de lo leído en Sienkiewicz, justo ahí, con starostas y vospodares y atamanes tártaros. Cosacos cabalgaban por mi cerebro y sus sables cortaron el flujo de sangre de mi entrepierna a la suya. Asumí, al fin, que lo que me gustaba de Ucrania no eran sus hembras sino Gogol.
03/10/17

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Publicado en LA PISTOLA DE CHÉJOV 1, Noviembre-Diciembre 2017

Fotografía: Nazar Butkovski

Tuesday, November 7, 2017

Muertos que cansan/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Duro decirlo así, pero ni que la escalada de matanzas en Los Estados Unidos crezca como vendaval ni que los muertos sean niños, importa. Las armas son sacrosantas, mas no solo por la mal interpretada Segunda Enmienda (que permite la tenencia de ellas por civiles) sino por la estupidez colectiva de la ciudadanía que es pasto y abuso de los grandes negociantes de armamentos (de ahí las guerras de EUA, el freedom viene de yapa).

Baste decir que el mayor negocio del siglo pasado fue la Segunda Guerra Mundial. Luego de la victoria aliada, vino la época de oro. La Tormenta del Desierto trajo bonanza, además de “borrar” la vergüenza de Vietnam.

La retórica de Donald Trump, omiso del servicio militar, emboscado, ayuda al frenesí armado que arrasa con lógica y  razón. El populismo de este guerrista que no empuñó fusil ha exacerbado los miedos ya grandes del norteamericano medio, asustado hasta de su sombra, disparando la venta de armas a niveles ilimitados. Ante la tragedia de ayer con balacera y casi treinta difuntos en un villorrio de Texas, se esgrime como contrapartida en favor de la Segunda Enmienda que fue un civil el que detuvo la carnicería al disparar al asesino. Basta el detalle para justificar el hecho de cargar revólver en la cintura y ametralladora en la cabina del auto. Un héroe excede a un montón de cuerpos inertes en rocambolescas posiciones (ya que esta es la única ocasión en que uno no piensa en cómo se va a ver).

En un mes ha habido tres masacres: Las Vegas, Nevada; Thornton, Colorado; Sutherlans Springs, Texas. Cada una en aparente distinta motivación, y de claro espíritu racista la segunda, donde un individuo cegado por su odio hacia la población hispana, eliminó a tres miembros de esta comunidad y salió caminando. Por supuesto, Trump ni la mencionó; cierto que menor en número de víctimas pero cuyas características son espeluznantes: hablan de la guerra sorda por ahora, y descarada bien pronto, hacia la inmigración latina, indocumentada o no.

Sucede que el nivel autodestructivo de esta sociedad carece de límites. Tanto en Las Vegas como en Texas, los muertos pertenecen al grupo humano que sigue a y votó por Trump. Se pensaría que al tocar su base, al menos se iniciaría alguna discusión sobre el tratamiento de las armas de fuego y la facilidad de su compra. No ha sido así. Pesa más el dinero del poderoso lobby de la NRA (Asociación Nacional del Rifle), que la pérdida de votantes de manera violenta. Víctimas, como gobierno en pleno, intentan llevar la controversia hacia el lado de la salud mental, desdeñando la obviedad que lo irracional del vicio armado en Norteamérica los arrastra camino de un foso sin retorno. Pero, de todos modos, y en brutal contradicción, la NRA quiere levantar las prohibiciones de que gente con enfermedades mentales ¡e incluso personas anotadas en listas de posible terrorismo! puedan adquirirlas. El dinero de un asesino en serie va tan bien en el bolsillo de los ricos como cualquier otro. Al fin habrá una solución natural, y los más aptos sobrevivirán para llegar al paraíso. Cálculo dramático, atroz, de una sociedad encerrada en falsas convicciones y temor poco usual.

La pérdida es social, porque al ver que no se le presta atención al drama de las masacres, ellas pasan de ser eventos extraordinarios a lugares comunes. Poco me cuesta decir ahora, que en vista de lo ocurrido en Las Vegas y ayer en una perdida iglesia bautista en medio del territorio trumpista, apenas me importa. Más aún si sabiendo que los fallecidos formaban parte de un grupo que ha apostado por acabar con la diversidad, que de una u otra forma se ubica enfrente, en el lado enemigo, y que dado su momento disparará contra mí. Se acabó la empatía. A cuidarse porque la muerte anda suelta y no tiene preferencias. Yo sí. Mejor ellos que nosotros.

06/11/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 07/11/2017

Imagen: Detalle de la placa 15 de Los desastres de la guerra, de Goya, 1810

Saturday, November 4, 2017

Otro día de muertos

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Me gusta caminar en medio de la noche por las ciudades alrededor. O manejar. La de Halloween, que veinte años atrás siempre estaba nevada y ya no, venteaba casi con furor. Siendo otoño, las caídas hojas, amarillas, rojas, marrones, jaspeadas, crecían espirales que en la antigüedad hubiesen creído muertos levantándose. O corriendo (las hojas) igual a largas serpientes de vetados ojos. El auto temblaba con el embate ora izquierdo ora frontal. Con ruido colándose por las gomas protectoras de las ventanas que se gastan y resquebrajan.

Sin duda, clima para muertos, para tumbas ateridas, olvidadas.

Casas decoradas con lápidas, con sábanas que vuelan aterradoras porque sin aviso se levantan. Calaveras, ahorcados, piececitos sangrientos marcados en rojo fosforescente que entran a un garaje y no salen; cabezas, fémures, una pierna aplastada que quedó fuera del maletero cuando lo cerraron. Humo en algunos hogares. El frío se acerca. Y bosque, mucho bosque, árboles por todo lado, grandes búhos grises que vuelan chillando.

Esto es más que un juego donde los niños amenazan si no se les da caramelo. Mucho más. Antiguo. Pútrido, de hojas por el suelo y dolor.

Hay que observarlo desde la sombra, en soledad, a la una o dos, cuando hasta los insomnes se han tirado a dormir. Ubicarse en la hondonada, en medio de arbustos que camuflen la presencia que espantaría policías y vecinos. Alerta adrede, aguardando la expresión de los tiempos que aclare por fin por qué hoy, justamente, se ha marcado la fecha para el retorno de los idos.

No es un juego, me repito, mientras devoro un chocolate.

No.

A ratos atraviesa el panorama alguna figura tambaleante. Ni fantasma ni difunto: una víctima de los opioides que llenan los cementerios con sesenta mil cuerpos al año. ¿Dónde están los últimos que no los veo? Debieran penar en largas filas como las Santas Compañas que cruzan el desierto de Potosí, a quienes no importa el adobe de las paredes de Cotagaita. Nadie. No cuento la vida salvaje que explota en cacería. Ojos de ciervo joven, negras brillosas canicas. Garbo. Lentitud al caminar. Las zorras de bota blanca corren agachadas y lloran. Coyotes andan de a dos, de a tres, y nadie existe, porque los osos están en las colinas, que se les oponga. Parecen perros descuidados, magros.

Luego me fui a acostar. Entre cuatro almohadas revolqué mis obsesiones, el dolor agudo y quemante de los tobillos cansados: cinco horas en el pedal de freno y embrague. La televisión relataba muertos en la adyacente ciudad de Thornton. Alguien caminó hacia el Walmart, mató, y salió campante para subirse a un Mitsubishi rojo. No lo han encontrado. Lo tienen fotografiado, magro como coyote, anglosajón, con rictus de máscara de Halloween. Hizo su fiesta; sería lo que deseaba, ponerle cuerpos a la ya muchedumbre de ellos en plástico.

Recordé Virginia, mi primer noviembre, y el terror que producía caminar sus calles, siempre después de medianoche y pensar que los mapaches eran psicópatas que me perseguían para hacer cuero de mi enfriada piel. Lo bueno es que nunca nadie me vio correr, con la nieve encima de los zapatos, hasta encontrar un claro, un faro de luz opaca, buscando la casa del capataz para irme a los mercados.

Juego, juego.

Como a las seis de la mañana, distraída la cabeza en sueño leve, me visitó mi padre, no según lo había visto en los últimos años, viejito, encorvado, pero con fieros ojos verdes. Apareció joven, de unos cuarenta, y me tocó la cabeza cincuentera diciéndome que todo estaba bien. Había luz en ese cuarto ¿dónde? Y fue tan extremo que vi las figuras  de tres cuadritos colgados por encima de su hombro. Si hay detalle, hay presencia, no mareo repentino, un no saber qué pasa. Estuvimos los dos en una sala de fuerte luz artificial. Me apoyé en su pecho.

Se esfumó.

El comentarista de televisión seguía hablando de sus muertos. Lo anulé, apagué su voz porque hoy había tenido el mío, visto el mío con varias décadas encima. Ahora son las once y el día está gris. Hojas muertas que se barren y aparecen de nuevo. Me sirvo un pastel de cereza, de bandas cruzadas. Café sin azúcar. E imagino que mi clepsidra volcada, la arena, se decanta con suavidad hacia el vacío.
02/11/17

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Publicado en INMEDIACIONES, 02/11/2017

Fotografía: Papá y yo

Wednesday, November 1, 2017

De cucarachas críticas y revolucionarias

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Si fuera entomólogo, les abriría las alitas, les atravesaría el lomo y pondría un nombrecito: hideputa tal, jodeputa cual. En recuerdo del empalador. ¿A qué viene esto? A ver, en medio de comentarios optimistas y fraternos sobre emprendimientos gastronómicos, a un izquierdoso mierdoso queriendo imponer su necedad seudo ideológica en cuanto a que uno tiene o no derecho de cocinar comidas indias y criticar a Huevo Morales al mismo tiempo. Hay la idea de que no se es indio, o medio o cuarto o décimo si no se pone genuflexo ante el cacique, como si el individuo en cuestión, presidente forzado, encarnara en sí raza e historia, que sin él no existiría el mundo. Es típico de la fábula malamente definida como revolucionaria, pero lo extraordinario es que semejante gente a veces ni siquiera se beneficia con sus ardores “políticos”; son cachondeos gratuitos de perra en celo. Sucedió cuando escribí un texto infamante sobre la Hiena, esa, senadora, cuero, gritona camba del masismo aymara. Me cayeron encima gordinflones con traje de Superman, diputados con escozor literario, y plebe rebuznante y mugrienta que siempre corre detrás con las nalgas sudadas. Pero, bueno, a quién importa.  

Me digo: no escribas. Más fácil sería esperar en la noche embozada la aparición de estos individuos y desterrarlos sin ruido. No existen ya, nunca existieron. Sus congéneres pueblan cloacas y van desde las diminutas marrones hasta gigantescos chulupis; a decir, sugiero, que su número no cuenta y jamás lo hizo. Entonces, dirán, ¿para qué escribes? ¿Te tocaron, hirieron? No, simple estadística y control de alimañas. Sin aspaviento, hacerlos aire, penumbra que tiene olor a azahar, a cedrón que no conoce ni pena ni remordimiento masacrando insectos.

Parece un extracto de Mein Kampf, cuaderno de notas de la policía paulista. Terrible.

Del guerrillero facebuquense avanzamos por las sendas de la ignominia. Tropiezo en juveniles, fraternas y exultantes palabras de amigos. No podía faltar entonces el sentencioso, el juez, fiscal, mamá grande, trompuda del prostíbulo para alargar el hocico. Quién otro sino el Doctor Vademécum, el crítico por gracia divina, prolífico onanista y perpetuo pecador nefando. En Colorado encontré a uno de los miembros del team de James Carville que socorrió a Goni en la famosa elección que se hizo mediocre película, donde Hollywood describe a los intelectuales bolivianos del lameculismo militante de derecha como pequeños y solícitos tostaditos aprendiendo de sus amos gringos, inteligentes y pulcros, el arte de la política y de bañarse una vez al día para diferenciarse de aromáticos tercermundistas. Pues de entre ellos, los del pelón Carville, hubo uno en cuestión que cayó casi en el enamoramiento con el Doctor Vademécum, entonces notable entre instrumentales de segunda. No quise escuchar, pero el yanqui se deshizo en detalles sobre las nalgas trotskistas y duras del mentado crítico. Si vale de poco o de mucho para explicar las obsesiones de luminosidad y exclusión de Vademécum, no sé. El gringo ofreció hasta un video que rechacé asqueado. Era hora de almuerzo y ni pensar en el instante en que el notable se sacaba los anteojos, los ponía al lado, y levantaba la colita como gallina cacareante para el gozo ajeno. Si le acariciaba la mediocre barbita pensante, tal vez. Vademécum es piltrafa arrojada por el despecho en un turril de pañales usados. ¿Olvidó, no olvidó, aquel amor, quién sabe? Al menos salvó la elección de Sánchez de Lozada y se impuso ínfulas de superioridad literaria que se renuevan cuando en su oficina de recalcitrante editor y entre diarios acomoda el dedo en el ano y piensa románticamente que hubo “un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad” (canción de Sui Géneris).
2017

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Imagen: "Cómo goza la cucaracha"

Tuesday, October 31, 2017

La fálica obsesión del poder/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

De casualidad me enfrasqué anoche en un documental sobre las milicias en los Estados Unidos. Grupos civiles armados que dicen cuidar y defender la Constitución norteamericana, el derecho a portar armas, usufructo de tierras fiscales, oposición a regulaciones ambientales, preservación e idolatría de la raza blanca como fundadora y heredera única de la humanidad. Votantes de Trump, por supuesto, e incondicionales suyos a pesar de la obvia traición “a la patria” del hoy presidente. Eso lleva a analizar a estos individuos como gente confundida, peligrosa por asustada, y que ostenta armas y camionetas gigantescas como prueba de virilidad y temple. Cada fusil, cada monstruosa llanta de sus vehículos, juega como extensión de su pene. Los disparos son eyaculación desesperada; la caricia de los caños, masturbación. A esta obsesión fálica la han llamado “patria”. Lo dramático es que se la creen.

Hay cosas en la Red acerca de la política actual de USA y la personalidad y características de su líder que no se dicen en prensa. Lógico, si consideramos el puntillismo necesario que los comunicadores tienen respecto a la veracidad de lo dicho, la seriedad de sus fuentes. No podrían usar eufemismos y por eso se restringen a lo que pueden comprobar. Pero las redes sociales han democratizado la opinión, además de abrir ventanas infinitas al control de la vida social desde distintos ángulos. Allí hallamos descarada la Sodoma y Gomorra trumpista de la que hablé en un texto pasado. Leía, también anoche, acerca de Trump Models, empresa del magnate que se encarga de traer modelos (mujeres) de otros países, incluidas menores de edad, para el negocio de la moda y modelaje, mientras en la penumbra se habla de trata de blancas, de prostitución en beneficio de las apetencias sexuales de una casta de ricos. De fuentes similares viene la Primera Dama de Estados Unidos, del puterío importado para venerar el falo dorado cuyo pedestal mayor se encuentra acá. En el business estaría activamente involucrado el mago Putin por medio de allegados y testaferros, ministros y etcéteras, con la complicidad de la sílfide tonta, Ivanka Trump, y los dos asnos cazadores que fungen de hijos del chulo mandril.

La sociedad norteamericana nunca ha sido niño inocente. Pero aun así trata de proteger sus instituciones que hoy se encuentran asediadas por el fascismo vicioso de Trump y la escoria blanca, analfabeta pero fuertemente armada, que desea apropiarse de todo, aunque luego, sin inmigrantes, no sabrían qué hacer y se hundirían en su propio fango. La legalidad y la justicia contra el falo, ese obelisco que el presidente se desvive por construir con violenta retórica y que adora la plebe vestida de camuflaje. Quien venza decidirá, ya para un futuro inestable por el advenimiento de China como poder mundial, si los Estados Unidos se degradan a un tercer mundo o manotean para extender su poderosa supervivencia en el siglo venidero.

El falo representa a los autócratas. Chávez, en Venezuela, que no era muy varonil (igual que Evo Morales), basó su vida de ladrón en la efímera erección de su -probable- pequeña verga, supuesta tragedia masculina que ha mantenido insomnes a quienes intentan eternidad mediante ofrecerse al pueblo como machos preservadores de la especie, monarcas de la tribu, quienes ejercen dominación y obtienen sumisión femenina (y de patria, nación, como hembras) gracias al título que detentan. La virilidad indisolublemente ligada al poder: Rafael LeónidasTrujillo, los caudillos helenos y sus esclavas troyanas en Eurípides, Trump y su afición a manosear sexos, Morales y el sueño pedófilo de retirase a sus cuarteles con “una quinceañera”. Y así…

El caño de un fusil de asalto, el bastón de mando, el micrófono que da órdenes, representaciones de delirios sexuales de gente insatisfecha, miedosa, insegura, que solo se siente bien -o mal, depende- cuando a momento de orinar suponen que tienen la sartén por el mango.
30/10/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 31/10/2017


Imagen: Estatuilla en terracota mochica representa a un ser dotado de un gran pene por lo que resulta semejante al mítico Kurupí de las creencias avá (Museo de La PlataBuenos Aires). (Wikipedia)

Friday, October 27, 2017

Ser novelista...

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Definirse como novelista... A pesar de considerar el género como el más libre, creo que también es el más difícil, no por la complicación que hay en contar una historia sino el hilo con que se la va manejando. He leído, y muchas inéditas en Bolivia, novelas con grandes historias, pero narradas en tal forma que lo único que queda es anecdótico, nada literario. Una buena comida, y un buen libro, se definen por las porciones de especias mixturadas, incluso en aparente irracionalidad. Bolaño en su Cuaderno de Chile narra, perora, discursea, en un inmenso párrafo que constituye una magnífica novela, una que a primera vista da la sensación de pérdida de tiempo y que termina perfectamente coordinada. Thornton Wilder creó otra soberbia con cartas de sus protagonistas: César, el poeta Catulo. No hay fórmula, pero hay dosis. Armado y trabajo. Definirse como parte del género tiene implicaciones de rigor, que no necesariamente lo limitan.

Pero, ahí está Arlt, que dicen que no sabía escribir. O Viscarra, para nosotros. ¿Barre eso esta simple opinión? ¿O en la “torpeza” también se tejen estructuras?, suponiendo que lo dicho vale y que estos dos escritores similares y dispares no fuesen duchos en arte y sí en memoria o imaginación. Entonces a veces no bastaría un buen entarimado y se realzaría el talento. Esto nos mete en una confusión peor a las 24 horas en la vida de una mujer, de Zweig, pero a la vez hace parte del encanto. Adjunto aquí un breve artículo mío del 2006 porque me parece interesante respecto a la novela como género. Recurro a Kundera.

Dónde se genera la novela, o, mejor, dónde nace el novelista parece ser la pregunta introductoria del autor checo. Recurre a la imagen del poeta lírico, como la contraposición esencial al escritor de novelas. El poeta lírico, afirma, se genera y se contempla en sí mismo; incluso cuando se relaciona con el mundo exterior e intenta un lapso de "exterioridad" termina cayendo en su propia imagen.

Cuando Flaubert escribe "Madame Bovary" la crítica lo acusa de prosaísmo. Y ese decantamiento flauberiano, según Kundera, refleja el paso de un estado al otro, el abandono de la reflexión lírica. Una suerte -continuamos con la tesis del ensayo- de maduración donde el novelista pierde aquella esencia única del poeta y se infiltra en el devenir colectivo.

Flaubert decía que el artista para permanecer debe hacer creer a la posteridad que nunca ha existido. Proust, adentrándose más en la creación de la novela, y señalando a En busca del tiempo perdido, aseveraba que todo lo que contenían sus páginas era ficción, a pesar de que sabemos que el libro está indisolublemente ligado a su vida. La artimaña del novelista y de ahí su posible eternidad está en hacer que el lector crea que el argumento es el suyo también, que se está escribiendo sobre él, lo cual no es de modo alguno cuestionable. Kundera cuenta que creció en la ilusión amatoria de Albertine. Luego, cuando supo que Proust había modelado el personaje en un hombre al que amaba, le pareció que habían asesinado a "su" Albertine.

Después de la cuestión inicial, diferenciativa, entre el poeta lírico y el novelista, Kundera prosigue con digresiones interesantísimas que ya no muestran tal contradicción sino que se insumen en los detalles de lo que es la novela y quien la escribe. Recupera a Cervantes, habla de la crítica del joven Ionesco a Víctor Hugo, y, apoyándose en la grandiosa fama que aquel alcanzó, dice también de la megalomanía del creador de novelas como elemento esencial -y provechoso- de su carácter”.
octubre 2006

De esta nota introductoria salto hacia el tema propuesto, el de uno mismo, su obra, en el escenario local.

Partimos de un drama: que en Bolivia no se lee y no porque no se quiera leer. No se enseña a leer ni hay interés en hacerlo. Ya la cuenta, de entrada, tiene números rojos porque carecemos de políticas que excedan aquellas de simple alfabetización. De ahí la preocupación de que la literatura, el ensayo, el periodismo, alcancen apenas a un minúsculo grupo de adeptos, entre ellos los mismos que escriben, con conciencia elitista de ser pocos, caldo ideal para cultivar pavos reales, de mocos largos y plumas esotéricas, que se erijan en mandamases de opinión y modelos no desarmables. La rosca como icono boliviano, incluso en literatura.

Recibo escritos de jóvenes dispuestos a poner su obra inédita ante quien creen, falsamente, alguien idóneo para juzgar. Digo falsamente porque me considero un optimista de las letras, además de advenedizo, y veo en todo texto lo rescatable antes que lo malo. Vuelvo, y lo repito sin cansancio, a que el éxito, no en términos colectivos sino personales, no solo radica en la libertad de escribir lo que se quiera sino en lograr gracias al trabajo de relectura, reescritura, autocrítica, solidez literaria.

La última o últimas décadas han traído al estrado una suerte de banalidad, relacionada al nexo entre academia y arte. Se cree que estudiando literatura ya se ha conseguido el oficio de escribir. Claro que no. El escritor no es una invención académica, al contrario. Esta supuesta superioridad se ha adjudicado el escenario y desdeña la labor para la que fue creada, importantísima además, la de la crítica. Fenómeno latinoamericano relacionado a la larga historia de verticalidad social, donde en la sociedad pobre el letrado adquiere una posición por encima de otros. Pareciera que hablamos del siglo XIX y está presente, no se la ha superado, e incluso se inserta más en incomprensible paradoja en la globalización que debiese hacer tabla rasa con las diferencias. No lo observo en la literatura anglosajona, donde no se relaciona al escritor con su profesión, menos con la de las letras. El riesgo es la apropiación de un espacio por una oligarquía escribiente, que a veces no tiene mucho que ver con la posición económica de sus participantes sino con la actitud rosquera de su desempeño. En situación semejante, dadas las características de Bolivia, se estaría vetando de plano y de lleno el ingreso a este parnaso a muchísima gente que escribe porque quiere escribir, porque necesita hacerlo, no porque lo aprendió en doctorales sesiones de gente cuya capacidad creativa está en entredicho. Hay que democratizar la literatura en el país, crear bibliotecas, conversar acerca de temas y autores, analizar estilos, ser vehementes e irreverentes. Publicar. Que exista la dinámica que luego llegará la estética. Sobre todo leer.

¿En este contexto, mi presencia en las letras bolivianas a qué se reduce? Soy, y me considero, un escritor boliviano nutrido en muchas fuentes. Aislado porque lo prefiero, sin decir por ello que los cenáculos son malos. Acabo de afirmar en el párrafo anterior que no. Nada tengo contra clubes de lectura y opiniones compartidas. Es una base que sirve. Pienso que en algunas novelas mías lo de la bolivianidad es obvio; en otras no. No creo importante esclarecer para el lector el origen étnico, nacional, racial de quien escribe. Buscar con énfasis “la” novela “boliviana” induce al error. Hay que dejar fluir las letras. Ellas se acomodarán a la conciencia y reflejarán en el papel lo que crean conveniente y válido, hasta si de identidad se trata.

¿Metas a lograr? Está bien si se decide hacerlo. Lo mío va con el gusto de escribir. Sin embargo no está mal fijarse recorridos y fin. Suele ayudar en el armado del rompecabezas novelesco. Va con el carácter del creador, con sus costumbres y hábitos. ¿Manías? Las hay sin duda. En mi caso, en donde la literatura se ha escrito cuando he podido, cuando se ha abierto un resquicio en medio de la lucha por sobrevivir y otros intereses, no. Da lo mismo escribir con o sin zapatos, de noche o de día, con vela o con foco, con una mujer dormida u otra colgada del cuello, con un emparedado de mortaleda o un café sin azúcar. Exteriores que decoran o molestan el instante, pero no definitorios para nada en el proceso creativo.

Los preferidos… ese es ya un dilema. Los antiguos, inconmovibles, siguen: Homero, Víctor Hugo, Sienkiewicz, Gogol… Es paradójico que no siendo yo cuentista, o pésimo cuentista, mis autores favoritos lo fueran: Schwob y Babel. Se admira lo inalcanzable, lo que no se puede lograr. Y, claro, Cervantes, Rabelais, Rulfo, Andreyev, Dostoievski, Borges, Solzhenitsin, Bashevis Singer, Vasily Grossman, Shalamov, Werfel, Musil, Schulz, tantos otros. Aparte de los ensayistas, de la literatura de viajes: Frazier, Kaplan, Chatwin, los cronistas de Indias, los navegantes ingleses y su bitácoras, los exploradores; la crónica actual, dispersa en su mayoría en revistas, la narración literario-periodística que tan bien han desarrollado los anglosajones. Y el cine, ese gran quehacer literario que llena al menos dos horas de cada día mío. La literatura de la imagen que sirve además para escribir como si se estuviera filmando. Felizmente el cine, aun restringido, tiene alcance masivo; no así los libros.

Casi todo lo que leo hoy de Bolivia está inédito. Es motivo de tristeza porque casi con seguridad quedará así. Nos priva del proceso que de la creación va a la crítica y retorna. No se puede comentar lo que no está presente. Entonces se reduce a un intercambio mínimo entre amigos. Aparte que la literatura boliviana como tal no interesa afuera. Hay cupos, cuánto de Bolivia se puede aceptar en el mercado, a no ser que hablemos de una obra soberbia, monumental, que todavía no existe, y no existirá ante tamaña precariedad. Y las roscas, elementales grupúsculos de clase o de emblema, cerrados, esquivos, intocables. Apoyo los certámenes literarios auspiciados, con todas sus deficiencias y limitaciones. Suelen ser la única ventana.

No siempre fue así. Hubo tiempos en que Bolivia era publicada y leída afuera, En Buenos Aires y Santiago. Hay que buscar el punto de retroceso. Que al menos para eso sirva globalizarse. Quizá esa fue la época dorada, la de Céspedes.

¿Quienes se perfilan? Un muro de desconocidos que escribe a pesar de todo. Santa Cruz y El Alto como productores masivos. Polos económicos, polos culturales. No hay maestros hoy, a pesar de que algunos merecen serlo y se desvanecen en la mezquindad del medio. Cuesta decirlo, pero en una sociedad como la nuestra tal vez tenga el impulso que venir desde arriba. No me gusta la idea pero bien valdría el espaldarazo inicial. Aun sabiendo que los creadores de inmediato se pondrán en contra de la mano que los alimenta, lo que está bien, muy bien. Independencia ante todo.
Junio 2015

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Texto leído en la Feria del Libro de La Paz, Bolivia, agosto 2015

Imágenes:
1 Gustave Flaubert
2 Sigrid Undset
3 Manuel Scorza
4 Leo Perutz

Thursday, October 26, 2017

los porcentajes del poeta

PABLO CEREZAL

Al igual que los fieles de los distintos credos monoteístas, yo creo en un único dios, y su nombre esHenry Miller. Por supuesto, acorde con los tiempos y esas derivas cool que agasajan las religiones orientales, soy capaz de comprender que dicho dios se puede transmutar en otros muchos que adopten nombres como Neil YoungFrancisco UmbralDavid BowieScott WalkerMarc Chagall, Gian Lorenzo Bernini o Francis Bacon, por poner sólo un puñado de ejemplos. Pero Miller dicta los designios de todos ellos y de sus escasos fieles, entre los que orgullosamente me cuento. 

La estupidización a que sometemos la historia y las letras y el pasado y la memoria nos harán recordar al escritor neoyorkino (si es que le seguimos recordando) más como pornógrafo que como filósofo, más como vividor que como literato… signo de los tiempos, ya digo, estigma de Caín… en fin… el caso es que si algo me hizo caer atrapado en las redes feligresas de Miller fue su capacidad para aunar en la misma prosa el más feroz realismo con el más sublime romanticismo. Eso, ya digo, no lo comprenderán quienes sigan acudiendo a su prosa en busca de procacidades y excesos. Para mí, me van a disculpar, el poeta norteamericano, el más grande después de Walt Whitman, siempre fue y será ejemplo inequívoco de la equívoca dualidad del ser humano… al menos del ser humano que siente: 50% romántico, 50% realista.

Lo de 50% y 50%, obvio, es por igualar, que ya sabemos que los porcentajes son demasiado de ciencias, y estas no son tan exactas como los puñaladas que da la vida y que, en demasiadas ocasiones, vienen cifradas también en porcentajes: los de los ínfimos ingresos por la venta de tus obras, por ejemplo…

Pero hoy no quiero enredarme, que sé que tiendo a ello. Lo que quería decir es que los porcentajes de romanticismo y realidad que los literatos portan en su flujo sanguíneo son más mentirosos que su propia literatura. Es así que varían y fluctúan con mayor facilidad que los numeritos del IBEX 35, y un día te despiertas con el romanticismo invadiéndote el 70%, para acabar la noche sorprendido ante el hecho de que el realismo ha ganado terreno y se acerca peligrosamente al 90%. Somos (los que lo somos) letraheridos, y de tanto contradecirnos a nosotros mismos acabamos contradiciendo nuestros componentes vitales: realismo y romanticismo. Si algo puede asegurar quien se dedica al vacuo oficio de la escritura debería ser su carácter contradictorio. 

Y así se proclama Robert, el protagonista a que Emilio Losada ha decidido asignar la dulce tarea de conducirnos sin descanso (y casi sin aliento) por esta virguería literaria que es su novela Aviones de fuego. Un protagonista que le toma prestados, al autor, sus contradicciones, para mejor lanzárnoslas a la cara o disparárnoslas contra el pecho a los extáticos lectores.

Robert inicia su epopeya metropolitana con un % de romanticismo y otro % de realismo. Pero, a las pocas páginas, casi antes incluso de que el autor nos lo advierta por boca de su antihéroe, los porcentajes se han deteriorado y han moldeado sus cifras, entre la realidad y el deseo, que dijese aquel otro poeta… como cualquier escritor, cualquier letraherido, ya digo… 

Pero no, permitidme hacer acto de fe y recordar a Miller… no como cualquiera, quiero decir: sólo como aquellos que portan en su latido los atributos de la gran Literatura, esa que se escribe con esperma o flujo, con bilis y estómago. Y es que así considero que debe escribirse, al menos si la pretensión es que el lector amplíe su bagaje vital, que ya no cultural -eso de la cultura es una entelequia, y bien lo sabe Emilio Losada, que se ríe de lo nos hemos acostumbrado a denominar cultura para mostrarnos que las verdaderas acciones que deberíamos englobar en dicho concepto nacen, crecen, fornican, se multiplican y mueren, como las cucarachas, en los bares, en las calles, en aposentos vacíos que hay que llenar con un fantasma para no sentirnos solos, para sentir que tiene sentido sentirse como ente aún vivo-.

¡Y tan vivo! 

Porque si algo habita y se retuerce entre las páginas de Aviones de fuego -estos genocidios de papel que juegan a los dados con la muerte- es la pura vida y el deseo inalienable para aquellos que no se pliegan a los dictados de la moda (sea esta textil, informativa, política, o de consignas correctas, qué más da) de seguir adelante apurando en cada copa o cada quinto la vida que amenaza desbaratarnos el entendimiento: ganas de beber, de pasear, de hablar, de follar, de enamorarse, de sufrir o de ser el lazarillo de un fantasma perdido en su pasado de gestas sexuales y guerrilleras, en sus guerrillas de sexo, en sus gestas de guerrear hipodérmicas y labios. Evadir los fantasmas del romanticismo invitando al fantasma de la realidad a entrar en tu vida (o viceversa). Favorecerle todas las comodidades posibles en tu propia casa… aunque sea la de una antigua amiga. Y pasear las calles de una ciudad en ruinas que, pasado el tiempo (poco), simboliza la ambición cateta que conduce a sus ciudadanos hacia el vórtice en que naufraga hoy, ahora, ya, la sociedad hispana en pleno: la mediocridad. 

Emilio Losada aborrece de naciones y consignas. Emilio Losada puede ser cualquier cosa, pero jamás será mediocre. Y, como él, su prosa: un portento de tensión y pulso que, pertrechado de las armas más infalibles del narrador que merece tal nombre, nos introduce en su mundo con una capacidad de seducción imposible de evitar, y nos lleva de la mano -o de la entrepierna- por los vericuetos de la noche y su envés a lomos de un lenguaje que fluye como lo deberían hacer los relojes si nos olvidásemos de su tictac: revitalizando el latido de la Literatura (sí, con mayúsculas, no hablamos aquí de superventas ni superhits ni superladrillos destinados a enladrillar los veranos de todo aquel lector de verano que invade las costas mediterráneas llegado el estío con el libro como armadura que impida a los circundantes reparar en las lorzas blanquecinas que porta su cuerpo), practicando una deliciosa respiración artificial rica en salvias y salivas a esa prosa que hoy languidece perdida en las redes sociales, las ansias de epatar de quienes acuden a cursos de escritura creativa como lo hacen las parejas en desuso a los de bailes de salón, y las directrices mercantiles que obligan a desarrollar una trama rica en asesinatos, intrigas, maldiciones góticas o giros imprevistos como si de un guion de teleserie se tratase (sí, ahora que tanto nos gustan a todos las teleseries, ahora que las películas ya no existen). Emilio Losada sabe desarrollar una historia, no queda duda ninguna a quien haya tenido el honor de leer sus obras. Pero Emilio Losada, me consta, ha leído y sufrido y gozado a Henry Miller y, por tanto, como él, presta idéntica atención a cómo cuenta esa historia que a la propia historia en sí. Ya lo dejo dicho Miller, más o menos así: la vida de cualquier persona, por gris que pueda parecer, resultará épica si se lleva al papel con la dignidad suficiente. Cualquier evento puede ser una obra literaria, siempre que un literato de verdad sea el encargado de narrarlo. Y Losada toma entre las manos y las piernas una coyunda de historias que tiemblo sólo de pensar en qué habrían quedado si cualquier juntaletras las hubiese encarado, para darles forma de orgasmo. 

Aviones de fuego habla de amores, heridas, muertos vivientes, vivos muy muertos, letras que duelen, adicciones que adolecen de adiós y beso, rock’n’roll mudo, bares que aúllan, migrantes sin patria, patrias sin ciudadanos y calles que los mapas ni siquiera intuyen. Aviones de fuego habla de una ciudad que puede ser todas: una Barcelona que estamos perdiendo (y no me refiero al esperpento político de los últimos tiempos) como estamos perdiendo todas las metrópolis que algún día significaron algo para sus habitantes. Aviones de fuego seduce con páginas que se han dejado seducir por los ecos de Fonollosa Calders, de Juan Goytisolo Gil de Biedma… también los de Lou Reed, claro! Aviones de fuego habla del amor que nunca muere porque jamás existió más allá de esa constelación de conexiones neuronales que, a los que escribimos –también a los que leemos-, nos resultan incomprensibles por ser demasiado científicas. 

Y es que la Literatura está más cerca de la ancestral pasión por la divinidad y lo sobrenatural que por los guarismos y las raíces cuadradas que quieren cuadrar nuestro existir. Por eso, decía al inicio, creo en dios, y se llama Henry Miller. Por eso y por su maleable relación de porcentajes entre el romanticismo y el realismo y por la gloriosa exacerbación de la lengua… ese órgano del amor que también lo es de la comunicación. También, por eso, quede claro, amo y admiro a Emilio Losada que, junto a muy pocos -Claudio Ferrufino-CoqueugniotPepe Pereza, son otros-, a día de hoy, me confirma que Nietzsche estaba equivocado... no, Federico, amigo, dios no ha muerto… simplemente escribe como dios, oiga. 

(para saber más de esta genialidad de novela que es Aviones de fuego: lean... para saber más de este magnífico personaje que, a pesar de parecer de ficción, es real, ese tal Emilio Losada, les remito a esta magnífica entrevista que ya de por sí es Literatura... salud!)

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De VISLUMBRES DE EL DORADO (blog del autor), 26/10/2017

Fotografía: Pablo Cerezal

Primera noche/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Febrero de 1989. Invierno. Las hileras de camiones en el mercado esperan las frutas, los vegetales. La ciudad duerme.

Estoy entre trabajadores negros. Trato de ser amable y encuentro miradas hoscas. No entiendo su dialecto…

Mi capataz, un negro de cincuenta y voz profunda, no me quiere. Se llama Joe Day y más adelante seremos amigos. Ahora me intimida con dos largos cuchillos e insultos que reparte. Pero es divertido, los negros lo son. Amenazan, muestran navajas, mentan madres y después ríen.

Las cajas de broccoli, con hielo, me congelan los dedos. Un calentador a diesel, al lado de Joe Day, bota llamas para secarnos. El nombre de la noche es frío.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 05/09/1991

Cintas amarillas/CUADERNOS DE NORTEAMÉRICA

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Emily se fue a dormir. Tan pronto es grande, y solo ayer se acostaba, en Arlington, en la mitad de mi brazo.

Era mi segundo trabajo en los Estados Unidos. Mi hora de salida, las seis, casi anocheciendo, o noche en invierno.

Enero y febrero. Norteamérica está en guerra. La gente, en éxtasis patriótico, cuelga cintas amarillas. Las cintas significan que se apoya a los soldados.

Hay una iglesia en Arlington, en la calle Key. Cada noche que paso, de regreso a casa, arranco un gran moño amarillo de su puerta. No me gusta que en la iglesia se ore por la muerte; y día a día lo renuevan. Y es nuestra guerra privada, la de un fraile con lentes contra mí.

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Publicado en OPINIÓN (Cochabamba), 04/09/1991