Tuesday, June 27, 2017

Árboles, plantas, drogas/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Trabajando mi padre para el Cuerpo de Paz, aquellos años en que los universitarios atacaban las oficinas y destrozaban las puertas, conoció a muchos voluntarios que tuvieron luego importancia y peso en la vida nacional: un par de embajadores y así… El más pintoresco por su indumentaria y tupida barba, en oposición a la corbata y el afeite de otros entre los hombres, fue Vick Ridley, si mal no recuerdo el nombre porque el individuo en figura no se me ha borrado de la memoria. Venía a casa, luego de sus incursiones rurales y hablaba en quechua con mi padre, idioma que Joaquín le había enseñado desde los entrenamientos de voluntarios en Columbia, Missouri, y que había desarrollado más en su campo de trabajo, en Tiquipaya u otras regiones bolivianas. Vestía poncho y pijchaba. Era la encarnación new age muy adelantada de los oenegenistas que vendrían en el futuro. Se hizo de ahijados y compadres y se mimetizó, pelirrojo, como era, en el gentío campesino de entonces.

Años después de que acabara aquello, tiempos de Ovando, Torres y el septenio, Vick regresó a Bolivia. Prestó la consabida visita a su maestro de quechua (ya para entonces estábamos en la calle José Quintín Mendoza). No sé si ya habían matado al Che, si era el 67 o el 68, o hasta el 70, no me acuerdo. Vick contó que regresaba y se iba al Chapare a casa de un compadre, que allí estaban fabricando cocaína y que les iba de maravillas. Decía mucho más tarde mi padre, cuando se sentaba a tomar el té y contemplar la “casa grande” desde el ventanal de la pequeña, que Vick había sido uno de los pioneros del tráfico, que le había dado al negocio característica multinacional. Vino otra vez, siempre vestido de indio, bonachón y contento, cargado de juguetes norteamericanos y bombones para los seis hijos de su amigo. Luego desapareció. Hoy he decidido poner su nombre en google y buscarlo. Es un nombre común para un tipo que de común no tenía nada, que del Flower Power fue a la exploración y seguido al business, que trashumó entre el trópico, la coca-cocaína y casi seguro New York. Memorias fragmentadas, dispersas, de un hilo que hilvanamos muy tarde porque conocer, saber, siempre viene en las postrimerías, cuando lo pasado cuenta como estadística y poco se puede hacer.

A raíz, estas palabras sueltas, de haber leído algo de míster Evo Morales, la DEA, la droga, y las mentiras suyas y de los gringos al respecto. Este, como dice Saviano, es el mayor negocio de la tierra y nada lo parará. Quizá otra droga, más letal y más barata, pero la cocaína permanecerá como elixir de élites, para uso de los jerarcas Trump y Morales y las cortes de empresarios, ricos y fascistas de cualquier laya. A qué hablar, malditos, mentir y despotricar sobre la nada. La coca es el oro del fin del mundo y seguirá brillando para beneplácito de imbéciles y usufructo de cabrones.

Y también leyendo alegatos de defensores del árbol en la ciudad que los odia: Cochabamba, que fue verde, arbolada, jardín y jungla y hoy representa lo mejor de la estulticia gubernamental y desnuda las taras bolivianas en cuanto a los árboles, la sombra que dan, las raíces que levantan casas y demás avatares del crecimiento y la muerte.

Desde arriba, de la silla presidencial, se decreta la ejecución de parques nacionales, reservas de la biosfera, acuíferos, reptiles, mamíferos, humanos, en aras de la diosa coca, puta sacralizada. Guillotina a todo lo que crezca y a llenarse los bolsillos.

Otro asno, Leyes, alcalde, tiene el mismo prurito destructor y similar vanidad. Es el máximo orgasmo para tales felones de retratarse en cada vértice de las ciudades. Ahora sale con el pretexto funesto por lo absurdo de que en Coña Coña se encontró una planta de marihuana. Esta, que ni del olor soy afecto, es pues mejor, señores míos, que todo el asqueroso concreto que quieren arrojar sobre la tierra. Bien simple. Carajo.

26/06/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 27/06/2017

Monday, June 26, 2017

La canciller sapito

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Gail Collins, columnista del Times, escribía hace poco un artículo que como pregunta tenía elegir al peor de los del gabinete Trump. Luego de un delicioso deambular por la tragicomedia norteamericana, quedaba en claro que estos tartufos eran, cada cual, un espécimen de laboratorio. Buenos para la disección que tras la cirugía solo mostraría miserias “humanas” dignas de los estratos incendiados del Dante.

América Latina ha sido pródiga en ejemplares semejantes. Todavía activo, vivito y “culeando”, el Trump de Orinoca, afamado Evo Morales, que a decir de la Hiena, amante, madre, odalisca y casquivana personal, viene siendo único, Homo Unicus, el inefable. Otros cachorros del averno siguen o han traspasado ya las fronteras que separan los universos claros y oscuros. El último en cruzar la ventanilla hacia la intemperie del olvido fue el comandantico Hugo, conocido llorón y cristiano de los postreros días. Lo habrán perdonado, me imagino, esos seres divinos de los comics que habitan aquello que llamamos cielo, un sinfín de figurines multicolores, hechos de imaginación, que crearon a imagen de los miedos consuetudinarios de los que temen quedarse solos. Hacia allí fue, arrastrando su sable y con gorra de heladero el grande Chávez que creyóse inmortal y sobrevivió como mueca de macaco de circo. Asomé el oído al espejo y me pareció que todavía lloraba.

Los retratos de estos los hacen a la acuarela, no al aceite, ya que su historia es siempre aguada, difusa; nunca son lo que dicen ser. Cristinita Kirchner (qué cara de puta tiene, decía Joaquín, denigrando a las meretrices sin motivo) se mece en el panteón pendular de los posibles reos. Todavía aspira, y quién sabe dada la estupidez general, a sentarse en el trono, a creerse Semíramis siendo una fugaz cabaretera sin talento. Ya se comió a Boudou, a Kicillof, a una pléyade de asnos con cargos públicos. Su voracidad vaginal se tornó mítica, la desdentada que devora todo. Así consumió al país obligándolo a elegir al pequeño Macri. Tristes pueblos nuestros, de tanta epopeya de Belgranos y Bolívares, para terminar así.

Dicen que Correa el docto se jubiló. Puso a un cojo en su lugar para caminar por él. Asegura que es listo, que suele darle vueltas a la historia en su favor. Un notable caricaturista de entre su paisanaje, Pancho Cajas, lo dibujó como el temible, y verde, Hulk. Supongo que lo llevarán al coro de niños cantores de Viena. Esa voz de castrati merece un destino mejor que la burocracia bananera (en mis tiempos de mercado en Washington DC muchísimas de las inmensas cajas de plátanos venían del Ecuador). Lecciones de solfeo, pues, que ya puede costearlas. Aunque será difícil olvidar la gloria de sentarse en la cumbre, de cambiarse camisitas semiautóctonas a cada rato, de jugar al economista perspicaz, al genio político. Por un momento pensé que íbamos a tener una feria de vanidades en las tierras del sur, entre el peluquín de Morales y este Chimborazo de papel; eso fue cuando el comandante Hugo Chávez gastaba el presupuesto nacional en pañuelos para secarse los mocos y en crucifijos. Gritaba el coronel a un sordo Jesucristo que le permitiese un ratito más. Igual se lo llevó la chingada. El delfín estaba entre estos dos lúbricos e indecentes matachines. No sucedió: creo que comprendieron que la burla colectiva había ido ya lejos y prefirieron recular a sus pedantes individualidades. Dejaron en el purgatorio a Huguito desamparado, cagados sus pañalicos.

La fila, y la lista, de notables revolucionarios llenaría varios estadios de fútbol por su tamaño. En Bolivia están el mataperros, que habla como marica y degüella como matarife, la Achacollo, el dúo las Gabrielas, el eunuco, el gringo pollerudo, Gollum y… Tantos que se me cansa la mano.

Pero la flor de la canela viene desde Venezuela, Delcy Eloína Rodríguez Gómez, canciller. De niño leí demasiadas fábulas de animales, Esopo y La Fontaine, y desde entonces miro los rostros de los hombres, y las mujeres –añade la ética igualitaria plurinacional-, como tales, y veo a esta mínima señora graduada en París como un sapito. No un rococo (Rhinella schneideri) o rana toro (Lithobates catesbeianus) que amedrentan por su tamaño y cantan con ronca voz. Este sapito sonríe cuando da puñaladas, sonríe cuando habla de los jóvenes muertos en las protestas, sonríe cuando insulta al pobre de Luis Almagro en la OEA, sonríe cuando caga y cuando tira (lo creo), a pesar de que en ambos casos se justifica. Animalito salido de la ficción rosa de la ilusión infantil y cuyo apodo debiera ser estricnina, calza tacos de a mil dólares y se viste de lo mejor. Hoy rebuznaba abandonando la organización americana que poco ha servido, cierto, mientras yo pensaba en el cuento de hadas donde la princesa besa al sapo para transformarlo en príncipe apuesto y fin feliz de la narración. Pensaba, digo, si al besarla se convertiría en mujer, en una gentil damisela loca, sencilla, humilde, que sonriera con alguna tristeza ante los males del mundo. Creo que no. Este sapito carga colmillos y se aleja croando hacia el palacio.

20/06/17

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Publicado en ADELANTE BOLIVIA, junio 2017

Friday, June 23, 2017

Marine Le Pen y el fútbol

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cuando el joven futbolista togolés Kokou Guy Acolatse firmó para el FC Sankt Pauli alemán en 1963 hubo conmoción. “La gente tenía miedo”, cuenta un cronista. ¡Y cómo no! A pesar de la derrota alemana en la guerra, o las dos guerras, el sentido de orgullo racial permanecía incólume. Debacle no implica razonamiento, y la aparición de un jugador de color tocaba algo que no estaba en la costumbre. Por tanto, produjo rechazo. Quedémonos allí, en esa primera impresión.

Hace unos días, en un partido amistoso y notable, jugaron Inglaterra contra Francia. Ganaron los últimos por 3 a 2, cosa que no tendría mayor importancia que la estadística si no pensáramos en que fue año electoral en la Galia y que, por un momento, se temió la victoria de la derecha bajo el mando de Marine Le Pen. Esta señora representa los intereses de la Francia que se creyó decapitada el 93 (el de Hugo) y que pervive, y muy sana, más de 200 años después. Muchas pueden, y suelen, ser las razones esgrimidas para conservar una “pureza de raza” que no existe, peor en un continente asolado por conflictos e invasiones constantes. ¿Pueden los alemanes declararse puros sin examinar si en el trasfondo hay algún soldado ruso que tomó las instrucciones de Zhukov antes del embate final al pie de la letra? Ideología, absurdidad o pura estulticia. ¿Por qué, me pregunto, los Le Pen y sus afiliados no conforman, o luchan por conformarla, una selección francesa sin extranjeros? Por la simple razón de que la hibridez, la nueva sangre, son motores de desarrollo y que el aporte de los inmigrantes en cualquier país del mundo es siempre mayor que los desmanes que causen.

Bret Stephens escribía en una columna de opinión del New York Times (17/06/2017) que a los Estados Unidos solo podía salvarlos la deportación en masa, parafraseando, pero en sentido contrario, a Donald Trump, y aconsejando que se deportase a los “americanos” de siempre para dar paso a los inmigrantes que según las estadísticas son los que proveen al país cada vez más con pequeños negocios, que intentan progresar y aprovechar las ventajas de que carecían en sus países de origen. Pujanza versus indolencia. Dinámica contra negligencia: esa es la presencia inmigrante en un país en que la gran masa votante de Trump poco hace para que EUA sea “great again”, y que espera, como maná del cielo, que el gobierno blanco alinee las estrellas en su favor y borre el sacrificio y traiga la alegría. Así no son las cosas. Trabajar como sus antepasados, inmigrantes también, es la única posible solución.

Volvemos a ese 3-2 contra los ingleses, que también tienen su parte en esta historia de hibridajes y ciudadanos negros, mestizos, indios y otros que patean la pelota bajo el emblema de los 3 leones (uno de los Plantagenet y dos desde Ricardo Corazón de León). Los goleadores de Francia no apellidaron lo que Marine Le Pen hubiera querido para una victoria “nacional”. Fueron Umtiti, Sidibé, Dembelé, sonoros nombres africanos originados entre Malí, Senegal, Mauritania y Camerún (aunque esta última región fuese originalmente colonia alemana y no francesa). No es que no haya jugadores de calidad en Francia cuyo nacimiento y ancestros no los remontan a la historia que se quiere reivindicar, pero el universo es dinámico y no podemos aislarnos de tal manera que terminemos siendo obsoletos. África en las últimas décadas ha dado un soberbio influjo al fútbol europeo, así como los extendidos árabes. El espectador, y el deporte, han ganado con ello. Dejó de ser –África- esa especie de souvenir que fue Camerún en el mundial de Argentina, 1978, para convertirse en un pilar que a no mucha distancia de hoy producirá un campeón mundial.

La Alemania que derrota hoy a Australia, en Rusia, a pesar de ser calificada como el equipo B, tiene nombres que no suenan en extremo sajones. Hay turcos: Emre Can; albanos: Shkodran Mustafi; Antonio Rüdiger, de Sierra Leona. No podría ser diferente. O lo aceptamos o que la señora Le Pen se ponga los cachos y marque goles para Francia. Poco faltaría para echar el fútbol que dio a Platini y al gran argelino Zidane al basurero de la historia.

19/06/17

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Publicado en INMEDIACIONES, REVISTA DIGITAL, 22/06/2017

Fotografía: Selección francesa de fútbol con Zinedine Zidane de capitán

Tuesday, June 20, 2017

Hablando de Bolivia con mis hijas/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

La juventud… Dos chicas, historiadora una y socióloga la segunda, hablan acerca de Bolivia con un amor que creo no tengo, ni tuve estando allí, jamás. Me pregunto por qué. Que Bolivia crece sin parar en la memoria, la vida, en mi literatura, no tengo dudas, y me alegro por ello. Que no necesito confesar amores ni alegatos de patria, también. Basta con su presencia y la mía, indisolubles. Saber que nací allí y allí moriré, que no tendré enterramiento alguno porque ya dejé instrucciones que en el spiedo de la cremadora me convierta en polvo que arroje alguien, ellas de ser posible, desde las alturas de Puka Puka, donde había qhewiñas, sobre el valle que fue de eucaliptos y que hoy es pasto de la anti-plurinación.

Ayer fue día del padre. Concuerdo con el mío ya ido que ese es invento de comerciantes, como todos los otros, como el de Cristo niño bien vendido en el mercado de la espiritualidad contante. Concuerdo con el poeta negro Nicomedes Santa Cruz que cualquier domingo de mayo escogido para idolatrar a la madre “vergüenza debiera darme”. Dicho eso, cuento que “festejamos”, que ellas quisieron traerme regalos: Emily una biografía del pistolero Wild Bill Hickok, que llenó la infancia de épicas en el semidesierto del oeste norteamericano, y Aly un Jameson de 12 años, whisky irlandés. A leer y a beber; quizá el sol no salga mañana y no conversemos ya con los amigos muertos.

Bolivia vino con el sabor; construí una llajwa cochabambina con los recursos del norte; no estuvo mal. Porque tosté las papas como se las tuesta para el sillpancho y ahí supimos la gloria de haber nacido yo tan lejos, tan cerca del corazón de mis hijas, donde el recuerdo tiene olor a molle. Nada mejor que la papa para acordarse del color de las montañas de Lípez, el verde adormilado y terroso de Anzaldo. Siempre me tiro hacia el valle y el cerro. El trópico no me tuvo de adicto, ni por aguas de ríos caudalosos y menos por calor. Prefiero los terrones duros y la lluvia que siendo escasa es adorada cuando cae. El embeleso “del Chapare” no ha nunca formado parte de mi necesidad vital y ese fue el país que les mostré, el único que conocen. Del que ahora hablamos.

Toro Toro. Tuvieron que pasar 50 años para que el interés de muchachas curiosas y patriotas en el buen sentido, de un país que ni siquiera es suyo directamente sino de soslayo, me obligaran a emprender esa larga marcha. A qué decirlo, gocé. Me reencuentro conmigo mismo y mi historia familiar cada vez que dejamos la zona urbana e indagamos el campo. Si no hubiera sido que el chofer nos torturaba una y otra vez con las atrocidades de los Kjarkas, el viaje hubiera sido perfecto. Inolvidable la vista del río Caine desde la altura y bordeando sus orillas con líneas de preciosos papayos enanos. Como en Humahuaca, el Jujuy quechua y argentino, en el Caine, la tierra se pinta multicolor: gris, verde, amarilla, roja. Me vino la historia, Goyeneche cruzando el río, Esteban Arze y sus lanceros. Todas las sangres mi sangre y decidí, entonces y ya de atrás y largo, regresar. Dije que tendría que recorrer los caminos del sur, que no veía el Chorolque desde un lejano 1984; el Sajama desde el 80; Siete Suyos, Quechisla, Betanzos y Villa Abecia. Hay letras que escribir allí. Me esperan. Callejas y pajas bravas, diablos y morenos. O el silencio, pavor en las heladas paredes de la iglesia de Curahuara de Carangas.

Emily y Aly afirman que apenas venga el consulado ambulante boliviano por Denver otra vez, sacarán sus papeles, el que la constitución les concede como hijas mías. Envidio su cariño por el sol que quema en la calle José Quintín Mendoza, la de los abuelos. Sé que he de regresar pero me gustaría hacerlo así, con espíritu alegre y sorpresa. Tal vez.

19/06/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 20/06/2017

Fotografía: Pico Tunari/Douglas von Hollen

Sunday, June 18, 2017

Cien años de soledad

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pues cómo ha cambiado el mundo. Ahora, en mis cincuentas, ando perdido porque el suelo que pisaba en mis veintes no existe más. Parafraseando a Nicanor Parra ¿o era Neruda? diría que “no soy el mismo del año 20”. Por supuesto que no, porque esa fecha, que traía con dramas propios una vida que en su dureza conllevaba ideales, no existe más. Y no son, o no solo, los años.

Aclaremos. El libro icono de Gabriel García Márquez no era en propiedad uno sobre ideales, ni sobre política a pesar de la historia de cien años dentro de otra historia de mil días, y otra y otra acumuladas hasta desvanecer las líneas que dividían la realidad de la ilusión, o el drama del sueño. Pero era algo sólido, el recuerdo, siendo etéreo como es por lo general. Pero ya no.

Habitamos, dentro de nuestras tristes, atávicas y pobres prácticas, lo cibernético. La humedad de la sangre pesa menos que ayer, sin que el retrato del mundo que habitamos haya mejorado un ápice. Nos hacen creer que sí; nuestros intereses están en el espacio exterior simbólico, en una nube, no tanto aquí, como si lo dramático del universo convulso no contara lo suficiente, como si fuera un mal sueño en medio de la futura felicidad universal.

Digresiones confusas para alegar que Cien años de soledad es un libro que debe leerse como documento a la belleza de la vida plena, plagada de odios, muertes y desaires, donde al menos parece que las riendas están bajo nuestras manos y que pase lo que pase intentamos no perder la capacidad del asombro y el goce que nos depara. Páginas-rastros de un mundo que fue, afirmándolo no con la usual nostalgia que el presente debe al ayer, sino como manilla salvadora ante una muerte desesperada, acelerada en un mundo que se ha recreado casi  como una paranoia vil, sin memoria.

03/17

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Publicado en REVISTA CASA DE LAS AMÉRICAS, 06/2017
Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 18/06/2017

Fotografía: Guerra de los Mil Días, Colombia

Tuesday, June 13, 2017

Domingo sin Donald y sin Evo/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Profilaxis. Busqué un sauna finlandés para sudar el objeto de mis odios, el destilado inmundo de la realidad con que los autócratas nos castigan. No lo hallé y decidí enroscarme entre libros, con un tango que otro para matizar la paz.

Me privé de televisión, de prensa. El Denver Post quedó envuelto en su plástico naranja y el New York Times en azul. Colores de bolsa diferencian los diarios que reciben los suscriptores. Transparente para el Wall Street Journal, amarillo para el USA Today. Rosado para el Financial Times que ya no se reparte. Poco a poco se van agotando, escondiéndose en la nube virtual, las publicaciones en papel. Puede que para bien. Pero extraño.

El silencio fue una aspirina, aquella que alivió el mareo de ver a los dioses revoloteando impúdicos, creyéndose querubines aunque ni peso ni imagen los acompañan en ese trastrocamiento de lo real. A pesar de que ello no cambia nada, que la transformación es sustantivo ajeno al acto en sí, decidí hacerlo, agarrarme de la modorra de un domingo, casi como si fuera el de ramos, en Jerusalén y ocuparme de las ollas en busca de la esencia africana del feijão caseiro, sin hocicos ni patas como la pobreza obliga, pero con el ferviente deseo de impulsarme hacia mundos suaves que me alejaran más que del caos del esperpento. Caí en la cebolla picada fina, en el humo gustoso de la cecina tostada, en el color medieval del frijol, tan oscuro como las cuevas de Piranesi. En el ajo. El alho.

Me pregunto, então, si el frijol negro no importa más que Donald Trump, si el cardamomo que “el” Evo. Me respondo que sí y muevo el palo ya renegrido y gastado con el que cocino desde hace veinte años. Puse cebolla verde de cama y cuando la frijolada estaba casi lista añadí trozos grandes de cebolla y pimentón rojo para que quedaran crocantes al sacar el plato y servirlo. Sacamos una foto porque el recipiente hondo, mitad relleno de feijoada negra y mitad de arroz blanquísimo, con tintes de verde oscuro y rojo profundo era un Miró en movimiento, burbujeante, humeante, vivo.

Profilaxis.

Debiera hacerlo seguido. Me decía a veces si aguantaría vivir el martirio de tener de amo al presidente Morales. Seguro que no. Me fui antes que él y viví la angustia de los gobiernos Bush en los Estados Unidos, que hoy parecen pequeños rufianes de los Picapiedra comparados con Trump y Pence, el porno y el inquisidor, en una dualidad impensable y que hoy forman el corazón de este país ya entregado a la perversidad y la perversión que antes solo latían y se sospechaban y que se han soltado como perros del apocalipsis.

Nada mejor que refugiarse en el entrevero de sartenes y copas, en agotar los restos de un garnacha ya de varios días o recibir una cerveza hefeweizen de mi Emily por un día del padre que será el próximo domingo. Cerveza alemana y queso azul irlandés. Me conoce; sabe que adoro juntar la fortaleza del queso podrido con el dulzor del trigo retostado. Mientras la tarde recula y se va reclinando junto a la luz del sol.

Profilaxis. Televisión de peces espantosos y de búsqueda de un demonio con cuerpo de cerdo y cabeza de perro en las montañas de Laos. Por la persiana abierta entra una brisa y hace sonidos casi místicos. Sorbo el limón que flota en un tenue marrón de alcohol de las Antillas. Espero a las cinco por las seis y a las seis por las siete. ¿Por dónde andarán los amos, arrastrando cadenas y creyéndose libres? Peluquines, pelucones, entre juez británico, prestamista flamenco y cortesano francés. Dónde andará mi “andina y dulce Rita de junco y capulí” (César Vallejo). Luego me duermo.
12/06/17

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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 13/06/2017


Monday, June 12, 2017

A JORGE MUZAM, DE CUMPLEAÑOS

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pues, el Ñuble, río, y nombres de mujeres y una mujer tan suave como las piedras del río. De cumpleaños el escritor escondido, el escritor líquen, viento, sangre de mezclas exóticas a quien leo y lee mi pareja, ambos sentados cada uno en una silla que mira a su lado y a quien escuchamos teclear y “textear” mientras de a ratos conversamos. Nabokov, Joyce, la nieve, cerro, polvo, y la recua ignorante, animal y humana, que pasa y rebuzna, que corta el aire y se asfixia en amaneceres de San Fabián de Alico, sí, allí mismo, de los Parra y la parra, la música y el vino.

Podría escribir mucho, no los versos más tristes esta noche porque son precisamente las 10:14 en el estado de Colorado, de mañana y sin tristeza, y me adecúo a que, en machismo atávico, no debe un hombre escribir del otro con demasiado énfasis. Me limito entonces a un abrazo, a cierta envidia también porque no cultivo como Muzam especias en mi jardín, para decir que estoy cansado del concreto, que necesito un retiro ruso a lo Tolstoi, o la locura de Gogol pero sin dioses.

Pero me gustaría, y mucho, sentarnos “al borde de una mañana eterna”, a decir de César Vallejo, con un grupo de amigos y licor de uva, de maíz, de cebada, de quinua y de ciruela, y de papa rancia ¿por qué no? Invitar a Miguel, a los tres Pablos, al otro Claudio, a Lorena y muchachas que por ser bellas no dejan de ser poetas. Y a Lander para que pinte el futuro con trazos tan antiguos que remiten a Callot.

Bueno, maestro Jorge Muzam, un soliloquio para agradecer lo tanto que disfruto mis lecturas de usted, y que goce hoy y se emborrache, y se caiga hasta que la mita en la acequia lo despierte, que cuando usted nació no nacieron todas las flores como dice -creo- una canción, sino los petardos. A encenderlos…

12/06/17

Sunday, June 11, 2017

Ladran los perros de Rulfo

JORGE MUZAM

Avanza esta fría mañana de junio en la cordillera andina. Los ventanales siguen empañados. Los tallos de las rosas han crecido portentosamente. Me quedo reflexionando en ese asunto. ¿Qué pasaría si no las podo? Preparo cebada caliente con miel. Mi celular silencioso. Tom Rosenthal en los parlantes. Ayer comencé otro intento de novela. A Romina no le pareció apropiado que ventile ciertos asuntos personales. Le respondí que lo usual es que los escritores narren sus propias experiencias, que las literatulicen exudando demonios y nostalgias que lo atormentan. Mi argumento fue desestimado. Continuaré escribiendo. Qué más podría hacer. Es el único talento que me distingue de la manada. Me he propuesto leer Francamente, Frank de Richard Ford. Ya devoré algunas páginas. Retomar algo de Bashevis Singer. Beber mate tardío con Nabokov, Ferrufino, Sánchez-Ostiz. Amigos permanentes en el bar de mi mente. Leer Polikushka de un envión fue accidental. Tolstoi es un dios laico, un dios por defecto de los expulsados del paraíso. Ladran tantos perros a la redonda. Perros de Rulfo, gallinas provincianas de Teillier, ánades salvajes de Robert Frost. Se vive en tantas dimensiones. La cultura universal, la historia de la infamia, el silencio de los hombres buenos, la humanidad como un garrote predispuesto y un morral de panes frescos para ofrecer, la ética única y personal, los personajes que nacieron y crecieron y siguieron caminando por sí mismos desde esas mentes geniales que me antecedieron, y que hoy son parte de mí, de esto que a veces olvida su peculiaridad corpórea, que se desvanece, que se sumerge, que observa desde una nube el tecleo de estas palabras con sentido discutible.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 10/06/2017


Thursday, June 8, 2017

Platillero de la banda (por Claudio Ferrufino-Coqueugniot)

por msostiz

Cierta vez me preguntaron qué me hubiese gustado ser. Pensaron que mi opción de quién, más que de qué, estaría entre Günter Grass y García Márquez, pero no. Contesté que platillero en una banda. ¿No lo oyeron? Platillero, haciendo piruetas con los platos dorados, girándolos entre mis manos como si fuesen mariposas, en la celebración del Señor del Gran Poder, o del Gran Joder, vamos.

Lo recordé este amanecer lluvioso -llueve menos que en Macondo- mientras la casetera tocaba La Motilona, cumbia de Los Alegres Diablos. Chas, chas, que aquí viene el ritmo, platillo en la cabeza, media vuelta, giro y contragiro, arriba, con los dedos, igual a los negros basquetbolistas norteamericanos que de la pelota hacen un mundo que da vueltas sin parar. (Sigue, en el blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Lo coq en fer, aquí enlazado)

Ese golpe (golpazo) de platillos que pone en marcha el cortejo, la entrada... en mi caso una diablada de papel, trasladada de Oruro a La Paz, pero con sus Chinas Supay de reglamento, sus diablos, sus pecados capitales y virtudes, su san Miguel, su banda de bombos, tubas, trompetería y platillos, todos mediados, baldados... ¡Platillazo! ¡Tuba!... si como escritor no arriesgas a cada intento o no intentas caminos nuevos, estás perdido.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog de Miguel Sánchez-Ostiz), 08/06/2017


Monstruo opaca a monstruo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

George “W” Bush fue objeto de mi ira por un largo período. Tanto que mi primera reacción ante el derribo de las torres gemelas fue de alegría. Serían las seis, o algo así, mientras subía por la avenida Alameda hasta la casa en Aurora. Cesó la música en la radio para dar la noticia de que un avión se había estrellado contra una de las torres de Nueva York. Me apresuré, pisé a fondo, en ese momento policías y ladrones habían detenido actividades para mirar con pasmo lo que ocurría en la pantalla de televisión. Llegué a tiempo, despertando a mi esposa y conectando el aparato, para ver el segundo avión que penetraba como cuchillo el acero. Pronto, un tercero y un cuarto: Pentágono y el campo abierto en Pennsylvania. Este, según comentó un conocido comentarista que no volví a ver, había sido derribado por cazas norteamericanos, narrativa que no se volvió a mencionar. Jamás. Muchos años después leí los comentarios de Chomsky: los había pensado entonces, no todos y no calcados. Parecidos.

Bush siempre fue un campo de guerra, estupidez y guerra, soberbia y guerra. Hoy George Bush semeja un formal caballero comparado con el bruto mayor que ha poblado la tierra: Donald Trump. Entre los dos hubo un delicado mulato ilustrado, que aunque no lo hizo del todo bien, sirvió. A ambos lados: para abrir, en el lado bueno, y para desnudar todo el mal que estaba escondido por el otro.

Recuerdo Falluja, que comparé entonces a Argel. Recuerdo mi nota sobre al-Zarqawi ¿Quién podía imaginar que en él nacía ISIS? Caminitos que el tiempo ha ensangrentado, donde no se borran las huellas, se marcan en sangre fresca y perduran cuando está seca.

“Mi” monstruo norteamericano dio paso a uno nacional (que se convirtió en plurinacional y plurimonstruo): Evo Morales Ayma, el Bien Amado. Al menos Georgie no se pensó como extensión divina mientras que el nativo de Orinoca sí. Los gringos de las oenegés machacaron tanto que con greda lograron levantar un ekeko que pervive por ya más de una década. Corrieron a los gringos, tan buenos e inocentes ellos, y hoy reina Evo rodeado de eunucos, baja calzones de “cada una ministra”, hace parir sin distinción de edad ni rango y se muestra ante el público con manitas de mujer y meneos feminoides. Extraño caso de hermafroditismo ¿político? O simples veleidades de autócrata que lo hermanan a Trujillo y a Idi Amin.

Pobre Evo, como pobrecitos los gringos: suizos, suecos, alemanes, belgas y cuánta bandera rica se aunó para conformar un tirano, además de los consabidos, y violentos, jesuitas que a pesar de que hablan con suavidad guardan un punzón asesino entre las faldas. Algunos notables, sabemos, con méritos pero jesuitas igual. Pobre, digo, porque su estrella se despintó ante el arribo de su sosías norteamericano: el otro millonario (porque Morales es millonario), Trump.

La geografía del curaca aymara se ciñe alrededor de dos lagos, uno mojado y uno seco, Titicaca y Poopó. Este último pronto se olvidaría de los mapas si no lo rescatara la poderosa banda del mismo nombre que arrebata en este momento, con soplido y bombo, la diablada. Quedó chico el monstruo local, el Frankenstein que inventaron los gringos (ayudados por “españoles”) ante la aparición de la ballena rosada, el Moby Dick que lanzó al mar el Partido Republicano de los Estados Unidos y que hoy preside la Unión y tiene bajo el pulgar la guerra atómica. Avatares del Tercer Mundo; a pesar de que el dinero los iguale, los equipare, los fraternice, siempre algo los dividirá.

Tienen, los dos postreros esperpentos, el mismo tipo extravagante de cabello, o pelo para precisar, los mismos dengues de bailarines de burundanga y vanidad de bolero. Nacionalistas, moralistas, revolucionistas cuando les conviene. Lo opuesto si no, todo vale, mientras llene la bolsa. Pero uno se superpuso al anterior. Qué pena, “mira como son las cosas, ya ni me acuerdo de ti”, cantaba Yaco Monti…

29/05/17

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Publicado en ADELANTE BOLIVIA, periódico digital, 06/2017

Tuesday, June 6, 2017

Nicolás Maduro: matar a todos/MIRANDO DE ABAJO

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Tercer “plantón” ya en Venezuela. Personalmente no me gustan ni Lilian Tintori, ni Leopoldo López ni Capriles Radonski, pero los chavistas han hecho que ellos sean la opción, la única, para una salida que podría haber sido mejor. Los políticos captan las inquietudes del pueblo, vocean el hambre de las calles y obtienen, a no ser que ocurran desgracias, el premio del poder si actúan bien. Esto, por lo general, da un lapso de paz hasta que el rodillo de la corrupción continúa su marcha. Pero..., repito, el PSUV ha hecho de la vida de López un martirologio del que ya no puede escapar. Tendrían que matar al preso y eso implicaría su fin, más rápido del que se viene.

Sin embargo leo en redes y prensa que la izquierda recalcitrante sigue defendiendo la matanza, la bufonada de la revolución de Caracas, otra repartija infame al estilo de la piñata sandinista. Pues ello, sépanlo, no tiene perdón. Corrió demasiada sangre en tantas décadas. La retrata Galeano en su breviario latinoamericano como para olvidarla. Significa erigirse por encima de los muertos, gracias a los cadáveres que de mártires pasaron a tontos útiles. A pagarlo entonces, y no con piedad cristiana ni menos: Maduro tiene que caminar al cadalso, no queda otra, y su cohorte de sátiros y putas también. Cierto que fusilar no cambia nada ni lleva a profundos arreglos, pero al menos está la satisfacción del circo, que es donde los pobres alivian pesares, en el dolor ajeno. Seguimos siendo primitivos y esta suerte de violencia antigua carga por igual conmigo. Unas balas bien puestas, “pa que  se les quite lo pendejo”.

Hay un francotirador, el gobierno, y cree con absurdidad que podrá matarlos a todos. Cuando se ha juntado, la masa pierde su capacidad de miedo y ahí el peligro latente, la condena y ejecución de la jerarquía mal dicha “bolivariana”. Algunos escaparán; a otros les espera la cárcel gringa, que es fría y sola como fríos y solos son aquellos. Tábula rasa, además, sin distinción de género, al mejor estilo del fin de Ceaușescu. Luego a hacer películas humorosas como hicieron en la tragedia rumana, a reírse de semejantes desmanes y el inconcebible aguante. Film de Kusturica con sabor a joropo.

La suerte está echada. Como siempre en el continente marrón, el que crece sin condones, el determinante está en el ejército. Venezuela no es la excepción. El discurso opositor apunta a eso, martillea de manera constante acerca de los castigos que vendrán a los culpables de crímenes de lesa humanidad, a los uniformados que condonen y ordenen la siega sangrienta; y, por supuesto, el premio a quienes se deslinden de los criminales, que apuesten por la “constitución” aunque en realidad lo que les importa son impunidad y seguridad. Les recuerdan, día a día, hora a hora, que habrá flores para los “patriotas” e inquisición para los obcecados.

Se pone carne joven en el mercado. Mientras más joven, mejor. Los pueblos aprenden a odiar a través del dolor, y ver morir la esperanza, perecer el futuro en la tersa piel de los hijos asesinados aviva el fuego del castigo. Ay, de ti Maduro, ay de tu esposa y de las hijas de Chávez. Más les valiera salir corriendo a ponerse a recaudo de Kim jong un que frecuentar la muerte espantosa. Pero, como sucede, pesa más el billete que la razón. Seguramente es, cuando se ha sido rico, difícil dejar el sosiego del oro y la satisfacción del poder. Si ya lo han decidido, bien. Tal vez les valiera ponerse ungüentos para evitar el calor de las balas, o potentes analgésicos que obvien el filo de los machetes. Si no, si ya lo decidieron, pues al circo y que las fieras tengan festín. Igual amanecerá el sol y los poetas cantarán a la luna en adormilados brazos de princesas encantadas y sirvientas pegadas al novelón; que hay que vivir, pese a todo.
05/06/17


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Publicado en EL DÍA (Santa Cruz de la Sierra), 06/06/2017

Sunday, June 4, 2017

Platillero de la banda

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Cierta vez me preguntaron qué me hubiese gustado ser. Pensaron que mi opción de quién, más que de qué, estaría entre Günter Grass y García Márquez, pero no. Contesté que platillero en una banda. ¿No lo oyeron? Platillero, haciendo piruetas con los platos dorados, girándolos entre mis manos como si fuesen mariposas, en la celebración del Señor del Gran Poder, o del Gran Joder, vamos.

Lo recordé este amanecer lluvioso -llueve menos que en Macondo- mientras la casetera tocaba La Motilona, cumbia de Los Alegres Diablos. Chas, chas, que aquí viene el ritmo, platillo en la cabeza, media vuelta, giro y contragiro, arriba, con los dedos, igual a los negros basquetbolistas norteamericanos que de la pelota hacen un mundo que da vueltas sin parar.

Contemplo las bandas, uno de los espectáculos impresionantes del universo, esa mixtura, de aparente caos en que multitud de instrumentos aúlla al mismo tiempo en angustiosa fraternidad. He pensado, leyendo novelas tradicionalistas y mirando fotos de las sociedades geográficas, que nos han registrado en la historia -a los bolivianos- como nativos taciturnos mirando el horizonte. Por detrás crece la hirsuta paja, se levantan peladas tetas/colinas de piedra implacable y un hato de llamas pasta en los confines del mundo. Pero Bolivia es país alegre, despiadado en el desenfreno, incluso entre aquellos taciturnos amoratados por el frío que cubren la melena de cabra debajo de chullus de lana con increíbles colores y diseños. Tan alegre que me parece que la mejor representación del país, si tuviésemos que ponerle una concreta apariencia física, sería esa del platillero con un terno brilloso, blanco, gris metálico, rojo, algo chillón, discordante, que hace movimientos sensuales y cabriolas al mismo tiempo que produce música. Síntesis de un mestizaje que uno y otro lado tratan más que desdeñar, evitar.

Desde los platillos de la batería, que acompasan con suavidad las canciones y a veces se acarician con un ramillete, hasta los personales, algunos tan grandes como de un metro de diámetro; dorados, eso sí, porque hay que preciarse de una profesión sin duda más antigua que la de dar trasero por dinero, la de golpear dos objetos planos sin ritmo al principio y luego seguidos ya por otros sonidos que acompañan su básica y elocuente voz.

Cierto que el diablo, la diablada, son imponentes, que cuando salen del socavón o de cualquier bar de la avenida Siles donde festeja el pasante, en medio de estruendo de cohetes, poca cosa se les puede comparar, pero si alguien no ha visto un platillero de Bolivia, tronado por el alcohol más que por la veneración del virginato o señorío, sudado en su piel de cobre que brilla con el agua, no ha visto nada. Porque si este platillero ya asimiló el infierno del ritmo y alucina con un opio, el de la música, que nos lleva a Baco o, más antiguo, al fuego mismo primigenio, nada lo podrá parar hasta que caiga rendido, sonido de metal al suelo, y duerma cubriéndose del sol con un plato que se calienta al rojo y lo despierta para continuar. ¿Dónde? Siempre hay dónde y siempre hay cuándo y nunca por qué. Como la patria que ríe pero no se la puede ver. Ni tampoco cuando llora.

Entrecierro los ojos porque no he dormido, no por veleidad de poetastro infeliz y exiliado que no soy. Por el sueño, y sabiendo que a través de él, de tanto pensar, de repetir una y otra un vinilo o un compacto inundado de platillos, he de convocar los fantasmas de ayer, cuando Bolivia pasaba penosamente de sociedad rural a esbozo urbano. Diablos, morenos, kusillos podrían ser los espectros de esa inevitable transformación. Si acaso la modernidad los acucia para renovar vestimenta, glorificar el milenio con aberraciones de mal gusto o lo que fuere, hay un espíritu que permanece incólume, anciano, que se sobrepone al tiempo y nos renueva a tiempo de devolvernos atrás.

Incluso en un entierro, cuando la banda toca un lento huayño de pena o ataca un bolero de caballos de guerra, suena el plato, espaciado, no enloquecido, de cuando en cuando, como una ráfaga de recuerdo con ruido de vidrio roto. Tubas, trombones, sensatos tambores apenas tocados y chas, chas, de a ratos, ya no el platillero con terno sino uno modesto, de camisa blanca, pantalón negro, avejentados zapatos de charol y olor a jabón de tocador con dejo de almizcle. Luego la pala deja caer la tierra encima del cajón, chas, chas, y el libro de horas se ha cerrado.

Platillero hasta el fin del mundo, obviando públicos y dioses, ensimismado, entusiasmado con dos soles amarrados a las muñecas como guantes de boxeo. Llevar el platillo a veces de sombrero, otra de abanico, y estrellarlo contra el otro y disfrutar como de cópula el temblor del bronce, mayor mientras mayor sea el diámetro, dorado porque tiene que ser, y fundido con sudor de herrero, gota de oro, pizca de plata y orín de burro.

13/05/17

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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 04/06/2017

Foto: Banda Pagador

Thursday, June 1, 2017

El fin del mundo

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Un amigo evangélico, peruano, me telefonea cada mañana, a las cinco, con las premoniciones del fin del mundo. No deja de tener razón, pienso, aunque le quito la connotación religiosa, el miedo, y también la esperanza del más allá que para mí no existe. Sé que el jueves, día después de hoy, me contará lo que he visto en un noticiero fugaz: la bomba de Kabul. Agujero de veinte pies de profundidad y ochenta de ancho, boca del infierno, por cierto, camino por el que se han ido despedazados cien tipos. Mictlán, me digo -recuerdo-, y el agujero escondido en el municipio de Cocula, Jalisco, por el que se entraba al infierno.

Me siento a escribir y es tal la dinámica, el frenesí, que debo detenerme y rectificar el texto de acuerdo a lo nuevo, nunca esperado, inestable mundo alrededor. Como era siempre, solo que ahora la inmediatez le ha dado un muy acentuado gusto amargo, sin ambages. Ya no podemos mentirnos.

Esto va a que tenía un texto a medias que terminó en el basurero. De pronto se hizo obsoleto. Será que -filosofemos- ha llegado otra vez el tiempo de las grandes ideas, de pensamientos profundos como raíz de eucalipto. Llegar a ellos en medio del caos del siglo veintiuno y un futuro incluso peor, parece difícil sino imposible. Pienso en la literatura y en un artículo que leí en un blog acerca de cómo el hoy ha resultado en la muerte de los libros voluminosos, las novelas de Hugo y de Balzac, las mil páginas de Vida y destino de Vasily Grossman. El escrito es en sí un consejo a noveles escritores. Diría, sin afirmarlo el autor, que una novela no debiera exceder 200 páginas. Hay una malévola y gigantesca tijera, más dramática y temible que el Gran Hermano, que corta lo que se le cruza al paso: vidas, palabras, significados y significantes. Y ese corte, bienvenido sea porque obliga a apresurarnos, es el brillo de la realidad.

La explosión de un coche bomba, camión cisterna esta vez, en la capital afgana, trae de retorno tal realidad, no excluyente de otras realidades en este multifacético panorama. Imaginar que lo que se construye no tiene ya el peso de los monumentos de Luxor. Paradigmática la liviandad del presente, como si viviésemos dentro de un holograma que en cualquier momento se puede apagar. El concepto de sólido vale mientras se lo toque y perciba. Puede de un momento a otro desaparecer. Llego a pensar que la guerra de hoy no es ni entre religiones ni economías, sino entre el hombre que habita y aprehende la tierra y el que la exige; el que retorna por sus acciones a un pasado salvaje (tal vez la única forma de preservarnos como especie) o aquel otro que acompañado de la ciencia ha entrado dentro de los límites prohibidos entre vida y muerte. Escoger viene a ser una opción; reflexionarla es otra cosa.

Y así pasó media hora, llenándome de preguntas y ninguna respuesta. Una página y media de papel garabateado, pensamientos inconexos, inconclusos, irresponsables. Mientras anoto en una pantalla en la otra miro el Facebook, una discusión acerca de la literatura boliviana. Me pregunto si he leído lo suficiente de lo mío como para opinar y sé que no. Recuerdo, si se recuerda es porque quedó un rastro, La candidatura de Rojas, de Armando Chirveches y veo con tristeza que ese nombre se convirtió en impronunciable en la geografía de Bolivia. Quizá algún viejo se acuerde de sus años escolares, que lo leyera por orden de una maestra con palo en ristre y listo. Dudo que los literatos de la época, de la moda y la modernidad, se interesen siquiera siendo un libro exquisito, tan nuestro, tan contemporáneo como el presidente actual y tanto también de la guerra eterna entre lo que viene y lo que nos anima, lo por aprender y lo básico…

31/05/17

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Publicado en INMEDIACIONES-Comunicación y periodismo, 31/05/2017

Imagen: Salvador Dalí